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La Opinión de Murcia

En su rincón
José Miguel Marín Guevara Artista Plástico

Marín Guevara, el brillo ácido del silencio

Marín Guevara en su estudio de Murcia. Javier Lorente

Quedo con el artista José Miguel Marín Guevara en su nuevo estudio de Murcia. Acaba de exponer en la galería belga de Bruno Van Caelenberg, con el comisariado de Pedro López Morales. Todo un éxito que viene a sumarse a otras muchas exposiciones en distintas ciudades españolas y europeas. Hace años que sigo a este artista natural de Fuente Álamo, cuya obra multidisciplinar, tan personal, desbordante de creatividad y colorismo, siempre sorprende por su trascendencia en cualquiera de las técnicas que domina: pintura, escultura, fotografía, instalaciones o videoarte. Hemos colaborado en algún proyecto colectivo y he de reconocer que estaba deseando compartir una charla con él en su flamante rincón, aún por inaugurar públicamente, en la murciana calle San Antón. Comparado con el almacén anterior, es más pequeño, coqueto y ordenado. Me gustan las luces ácidas de neón, que transforman el ambiente en los colores tan personales de muchas de sus obras. Me dice que no cuente su formación y su faceta de psicólogo, que su trabajo artístico es diario y vital. Le hago caso, aunque hablamos un rato de su gran labor con los ancianos de su centro y le digo que ello se merecería otro interesante artículo. Miguel en un poco retraído y nada pretencioso, pero tiene un no sé qué que te transmite inteligencia y te provoca cercanía y ternura.

Me cuenta sus estudios de Historia del Arte y sus ganas de aprender, que continúan intactas. De adolescente fue, junto a sus amigos, uno de los pioneros en los inicios del grafiti regional y, aunque él tenía en la cabeza ser arquitecto o filósofo, siempre iba con una mochila cargada de botes de colores y un blog en el que no paraba de dibujar bocetos. También me habla de unos años en los que fue a clases de dibujo y pintura: «Yo era muy impaciente y me aburrí de dibujar al carboncillo. Luego me volqué en los concursos de pintura y poco a poco empecé a gustar de trabajar con el acrílico muy diluido y, ahora sí, mezclarlo con el carboncillo. De siempre me han gustado la expresividad de las cabezas, tanto en la pintura como en la escultura». Y hablamos sobre su paleta tan personal, con sus fondos planos y su ausencia de rojos y de verdes y de cómo cada vez tiene más presencia en su obra la escultura y las instalaciones, pero «ante todo, lo que más me gusta es experimentar con técnicas, materiales y procesos nuevos, los usos de las resinas, las siliconas o las maderas. Me interesan mucho las variaciones, como las variaciones musicales, que son mucho más que meras repeticiones», me dice. La verdad es que sus exposiciones son cada vez más como adentrarte en otro mundo, en un espacio lleno de magia y tal vez de una espiritualidad pagana, algo así como traspasar el umbral a un país de las maravillas donde se mezclan la revisión de lo vivido con los sueños. «Soy muy visual, me inspira mucho el cine y de pequeño me impresionaban las imágenes religiosas que veía en casa y en la de mis abuelos, las vírgenes de las iglesias, los cuadros bordados de gallinas de mi madre, un San Sebastián con los agujeros en el cuerpo pero sin flechas… todas esas imágenes se me fueron quedando grabadas y luego han vuelto a salir en mi obra».

Hablamos de su evolución artística, que ha ido a la par de los cambios en sus gustos estéticos: «Al principio me obsesioné con los expresionistas alemanes, pero poco a poco me ha ido interesando más el minimalismo, la Escuela de la Bauhaus o artistas como Donald Judd o Louise Bourgeois, cuya exposición Islas Celdas, que vi en el Guggenheim, me impactó, me emocionó, me hizo un nudo en la garganta y creo que me marcó, tal vez para siempre. Creo que, sin duda, ha sido la exposición de mi vida». De hecho, le comento que esta influencia la observé cuando él expuso, en 2018, Cucharada en Casas Consistoriales de Mazarrón, con aquellas jaulas azules y rosas y aquellos espacios que recreaban las distintas estancias familiares (la habitación del padre, la habitación de la madre, la habitación del hijo). «Me centré en la idea de la protección que todos necesitamos, como la postura de la cuchara, de dormir abrazados, pero también hablo de la soledad, la incomunicación, el dolor o el silencio, que no siempre es negativo sino una protección ante tanto ruido que nos rodea».

Su última exposición se llama Heligen (Santos) y le pregunto si la abundancia de iconografía religiosa en su obra es reflejo de su preocupación o creencias y me contesta que es una visión estética, tal vez pagana y puede que un poco espiritual, «aunque ya sabes que Dios y puede que el propio universo, son unos maravillosos hologramas», me dice, pero se nos ha pasado el tiempo volando y tendremos que dejar esta conversación sobre lo divino, lo humano y hasta la del «principio de incertidumbre» para otro momento, una charla con unas cervezas. Me reconoce que está muy enclaustrado desde el inicio de la pandemia. Al levantarme, echo otra mirada a las piezas que hay en una de las estanterías y me dice respecto a una: «Me interesan los procesos y técnicas industriales, me interesa mucho el brillo pero, paradójicamente, también lo roto. Una vez se me rompió una escultura y me interesó tanto el efecto que ahora lo busco a propósito: a martillazos también se arreglan muchas cosas». Se me hace raro en él, lo veo tan reflexivo, educado, ordenado y perfeccionista… tan espiritual o misterioso... Pero tan buena gente.

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