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La Opinión de Murcia

Entrevista
José Antonio Molina Gómez Historiador

"Atila no era un bárbaro, sino un hombre muy inteligente; yo no jugaría una partida de póker con él..."

"La imagen que tenemos hoy en día de los hunos la han generado sus enemigos; es decir, fuentes chinas y romanas, principalmente"

José Antonio Molina Gómez posa con un ejemplar de ‘El imperio huno de Atila’. juan carlos caval

A finales del pasado mes de marzo, José Antonio Molina Gómez (Murcia, 1972) tomó posesión como nuevo decano de la Facultad de Letras de la UMU; algo que no le ha impedido continuar con su labor como historiador. De hecho, acaba de publicar El imperio huno de Atila (Editorial Síntesis, 2022), en el que arroja algo de luz sobre un pueblo sumido en las sombras y cuyas leyendas fueron escritas por sus enemigos. Así que, si se disponen a leer este texto, empiecen por borrar de su cabeza que los hunos –y en particular su gran líder– eran simples bárbaros.

¿Por qué sabemos tanto del Imperio Romano, por ejemplo, pero tan poco sobre los hunos?

Es complejo, pero si tengo que dar una respuesta rápida diré que porque el Imperio Romano generó una administración, un sistema burocrático y un aparato jurídico que, en gran medida, es el que seguimos utilizando hoy día (con las aportaciones y cambios lógicos que se han hecho a lo largo de los siglos). Pero, sobre todo, porque el mundo clásico y la civilización romano-cristiana es una civilización de la escritura, mientras que el Imperio Huno de Atila –que, en realidad, no llegó a ser realmente un imperio en el sentido estricto– nunca llegó a tener un aparato administrativo de esa índole, y lo que sabemos de ellos, en gran medida, procede de la tradición oral, de los mitos. Digamos que es un mundo en brumas al que nosotros hemos respondido –ante la falta de cultura escrita– a través de cantares y leyendas

De hecho, en El imperio huno de Atila deja caer que igual quienes escribieron su historia (los romanos y los chinos) no fueron del todo justos con ellos...

No, en efecto. Pero no se trata de caer en un escepticismo patológico. Hay cosas que sí sabemos. Hay cuestiones relacionadas con sus rituales o incluso con su organización a nivel político que hemos podido comprobar mediante restos arqueológicos y otro tipo de documentos. Dicho esto, no es menos cierto que la imagen que tenemos hoy en día de los hunos la han generado sus enemigos; es decir, fuentes chinas y romanas, principalmente. Así que lo que nos queda es un arquetipo, una imagen negativa de aquel (que no soy yo) y que ha servido de molde y que ha derivado en retratos muy primitivos de los hunos. Que, ojo: esta imagen salvaje que se tiene de ellos está justificada por un trasfondo real; no en vano, hablamos de una civilización a caballo que perfectamente puede recordar al imperio comanche norteamericano (a nivel organizativo, de hecho, no eran muy diferentes). Pero sí, claro, no podemos perder de vista que las fuentes que nos han transmitido cómo eran lo han hecho desde los prejuicios y entendiendo a los hunos como archienemigos. Amiano Marcelino (300 d. C. - 400 d. C.), que era un historiador de referencia, un hombre bien documentado, creía que los hunos no conocían los metales y que comían carne cruda porque no conocían el fuego, y eso es radicalmente falso, pero también es parte de ese arquetipo y es la descripción de ellos que ha llegado al cine. Si nosotros somos la civilización, la barbarie siempre son los otros.

Pero eran más que bárbaros...

Mucho más. Incluso la información que nos llega de las embajadas romanas y orientales no siempre es tan negativa. Eran gente muy organizada. La corte de Atila, por ejemplo, estaba perfectamente estructurada, e incluso contaba con personajes de distintas nacionalidades (desertores romanos, germanos, etc.). Realmente, en aquella época estaban dando pasos en firme hacia la burocratización del mando. Si las campañas de Atila hubieran tenido éxito, probablemente hubiéramos asistido a la forja de una gran nación. Porque ellos ya estaban imitando y adaptando el aparato romano, pero fracasaron en la Galia, también en Italia, y Atila murió, lo que provocó que sus lazos institucionales –particularmente frágiles– quebraran enseguida.

Entre los logros del Imperio Huno destaca que fueron capaces de mantener su cultura, lo cual no era nada fácil por el contexto en el que se movían (con la preponderancia de la cultura germánica y mediterránea).

Es cierto. Si algo nos ha demostrado la historia es que es imposible mantenerte puro y fiel a unas tradiciones cuando tu pueblo entra en contacto con otros. Esto es algo que solo existe en la imaginación de los nostálgicos y de los políticos... ‘esencialistas’, por decirlo de alguna manera. Lo que en realidad ocurre es un intercambio de usos y saberes desde el minuto cero que es realmente asombroso. Además, los mecanismos de intercambio son muchos y muy complejos, no solo relacionados con la gente de a pie y el día a día. Cuando el emperador Teodosio II paga con oro la paz y manda dinero y tributos a orillas del Danubio lo que está haciendo en realidad es una inversión, una apuesta por la consolidación de la ‘clase media’ entre los bárbaros y, con ello, un movimiento político y económico encaminado indiscutiblemente al comercio y al intercambio. Y, efectivamente, en ese contexto es muy difícil mantener la pureza... Los Godos, sin ir más lejos, aceptaron el latín enseguida y luego apenas guardaron recuerdo de sus orígenes. Pero es cierto que esto con los hunos no pasó. Aunque, seguramente, fuera porque Atila salió derrotado... Si no, probablemente hubiéramos asistido a la creación de algo nuevo emanado de la fusión de momentos orientales, turcomongoles, con el mundo romano; sin duda, algo digno de ver.

Quiero preguntarle específicamente por Atila. El que quiera conocer al más famoso de los hunos tiene en este libro que acaba de publicar un documento bastante completo, pero le voy a pedir para nuestros lectores unas breves pinceladas sobre quién fue realmente (por aquello de ese arquetipo viciado sobre el que hemos construido su figura en occidente).

Pues es una pregunta muy interesante y, a la vez, muy complicada de responder. Porque la realidad es que hay muy pocos elementos de juicio para hablar sobre Atila. Sin embargo, yo diría que fue, ante todo, una persona muy práctica; un hombre que aprendió a sobrevivir en un contexto muy difícil. Evidentemente, no podemos saber cómo era –no hay testimonios fiables–, pero por sus obras se deduce que fue un hombre inteligente, muy hábil; vamos, sabiendo lo que sé, yo nunca hubiera jugado una partida de póker con él... Además, era una persona con planes muy complejos... Las relaciones que mantuvo con el Imperio Romano de Oriente y el de Occidente son dignas del mejor jugador de ajedrez de todos los tiempos. Y sí, además de un gran estratega también era un personaje de película, salido a caballo de entre las estepas, pero eminentemente fue un hombre inteligente y que, por encima de cualquier otra cosa, sentía devoción por su pueblo, al que consagró su vida.

La literatura y el cine, que tanto han trabajado su figura, ¿le han hecho justicia? A esto le dedica un apartado a esto en el libro: Atila después de Atila.

Pues depende. Hay casos en los que no, obvio, pero también tenemos que ser conscientes de que en torno a Atila se ha creado un mito, y, cuando esto ocurre, la justicia es secundaria. Pero en el Cantar de los Nibelungos, por ejemplo, se le presenta como un rey al que para ser perfecto solo hace falta ser cristiano. Y luego hay una novela húngara, El esclavo de Atila (Géza Gárdonyi, 1901), en la que, contrariamente a lo que podría parecer por el título, no sale nada mal parado (ni él ni los hunos). También hay una película italiana, Atila: Hombre o demonio (Pietro Francisci, 1954), en la que, lejos de ser considerado como un bárbaro o un genocida, se le ‘estudia’ psicológicamente para presentarle ante la cámara como un hombre con una gran vida interior, con afectos, con una extraordinaria relación con su hijo..., pero que vive en un mundo que es irremediablemente violento. Y luego, claro, hay otras en las que su traslación a la novela o a la pantalla ha seguido ese arquetipo del que hablábamos antes, por supuesto, pero creo que en general, tanto la literatura como el cine, han intentado tratarle con justicia.

Mencionaba antes el Cantar de los Nibelungos. A este texto –cuya veracidad está en duda– le dedica una líneas en las que divaga sobre la relación de Atila con el Cristianismo. Ahora que está tan de moda la recuperación del mundo vikingo y su acercamiento a la religión preponderante en Europa, ¿podemos decir que al gran ‘rey de los hunos’ le ocurrió algo parecido o es pura leyenda?

Por lo que sabemos, él nunca se salió de los límites de la religión tradicional huna, sea esta cual sea (sabemos que estaba vinculada a los cultos ancestrales, pero poco más). Ahora bien, ¿qué hay de verdad en aquella leyenda que dice que, tras dejar atrás una Italia conquistada, decide abandonar el país después de recibir la embajada del papa León y vivir algún tipo de revelación divina? Bueno, lo primero que hay que decir al respecto es que esta es una leyenda altomedieval –ergo, tardía–, con lo que, ya de entrada, genera dudas. El encuentro tuvo lugar, eso es cierto, pero no se puede deducir que en aquel encuentro pesaran más elementos que los puramente geoestratégicos. De hecho, él deja Italia y vuelve a su base porque el Imperio Romano de Occidente podía contraatacar y no tenía garantías de poder defenderse de una ofensiva así.

¿Y de dónde sale esa teoría?

La historia es que, un siglo después, y aprovechando tradiciones preexistentes, alguien se inventa aquello de que recibió un aviso o una revelación divina que le invitó a abandonar Italia. En aquel momento, había que proteger el papado contra las invasiones francesas, así que se rescató este encuentro histórico y se ‘adornó’ en función de los intereses católicos. De hecho, el propio Rafael pinta un cuadro en el que recrea aquella embajada y en la que se muestra a León magno rodeado de ángeles. Esto demuestra una cosa: que la historia siempre es actual y que también siempre deja un resquicio para el mito.

En cualquier caso, Atila fue un hombre curioso, y, como te decía, en su administración había no pocos cristiano-romanos, así que probablemente tuviera que vertebrar algún tipo de política de tolerancia religiosa. Pero, repito: seguramente no mirara más allá de términos absolutamente prácticos. Pues Atila no fue un hombre de ideas, sino de vida; y la vida en el siglo V era muy dura.

Por concluir, la importancia de Atila para el imperio huno se demuestra en que, a su muerte, prácticamente de disuelve.

En efecto. Hay gente que pensaba que se iba a constituir una dinastía en torno a Atila, pero esto nunca llegó a ocurrir... Porque hay que dejar claro una cosa: él nunca fue rey, sino el líder de una jefatura. Sin embargo, hay quien dice que estaba preparándose para que uno de sus hijos heredara el reino, pero la forja de una nación lleva tiempo... Al final, lo que ocurrió es que, con su muerte, se cumplió aquello de «¡A tus tiendas, Israel!», y los hunos volvieron tras sus pasos. Las instituciones que Atila había intentado consolidar no habían madurado lo suficiente y, a partir de ahí, las referencias a su pueblo se limitan a apariciones como tropas auxiliares al servicio del Imperio Bizantino, a alguna incursión puntual... Todo lo que fueron se diluye y pasan a formar parte de la leyenda nacional del nacimiento de Hungría, en cuyas tierras debieron de asentarse.

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