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Senza fine

Una historia de los tiempos de Cristo

Jesucristo es una de las figuras más apasionantes que han pasado por este mundo. Así lo demuestra su eterna presencia en cualquiera de las artes. El cine, como no podía ser de otro modo, también ha llevado su vida a la gran pantalla con resultados muy desiguales. El éxito o fracaso de una película que se enfrenta a Cristo comienza siempre por el actor elegido para interpretarlo. Debido a la enorme cantidad de imágenes existentes en nuestro entorno hemos asumido que se trata de un personaje con una fisionomía determinada y cualquier rasgo fuera de lo establecido nos saca automáticamente de escena. Este es el caso de aquellos ojos azules de Jeffry Hunter en Rey de Reyes o de los atributos nórdicos de Max von Sydow en La historia más grande jamás contada.

Una historia de los tiempos de Cristo

En este sentido resulta interesante la manera en la que las producciones se han inspirado en los distintos movimientos artísticos para darle a sus obras un tono concreto. El Nazareno que propone Pier Paolo Pasolini en El evangelio según San Mateo está muy cerca de esas tallas románicas que tanto abundan por el norte de nuestro país. No son solo los rasgos de Enrique Irazoqui. También ayuda la manera en la que está filmada la película con esos planos ligeramente contrapicados, así como su fotografía en un blanco y negro primitivo.

Muy distinto es el Cristo de La Pasión, una versión del personaje que tiene mucho que ver con el Barroco. Desde su estreno en 2004 se hace muy difícil no contemplar a Jim Caviezel en muchos de los pasos que en estos días transitan por las calles de nuestras ciudades. Mel Gibson levantó una obra alrededor del martirio de Jesús y, para ello, se recreó en la sangre con unos primeros planos e insertos emocionantes al tiempo que algo excesivos. Si el espectador es capaz de resistir la masacre cinematográfica exhibida tendrá la sensación, escena tras escena, de estar frente a uno de esos grupos escultóricos de Semana Santa que parecen a punto de romper la rigidez de la madera para cobrar vida propia.

Sin embargo, el Cristo con el que yo me quedo es el de Ben-Hur de 1959. Su presencia está siempre latiendo en la película y sirve de telón de fondo para elevar la trama a un terreno más épico si es que esto es posible. Uno de los grandes aciertos de William Wyler fue el no mostrar nunca su rostro creando un cierto misterio alrededor de su figura. La escena en al que Jesús acude a dar agua a Ben-Hur no puede estar mejor rodada. Basta con sus manos y la expresión confundida del romano para saber que estamos ante un ser extraordinario. Por último, ha quedado en la historia del arte la crucifixión con esos movimientos de grúa y esos planos traseros bajo la lluvia que tanto recuerdan al Cristo de Salvador Dalí suspendido en el aire fúnebre del Gólgota. Parece que todo el cine viviese dentro de los museos.

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