Cuando se cumplen cincuenta años de la publicación de Pameos y meopas, la poesía de Julio Cortázar –«todo en él era poesía»– no ha hecho sino crecer en la consideración de lectores y críticos. «Visionario, social, apocalíptico, intrépido, desgajado, ebrio, desarraigado, cáustico, antiburgués, amargo, elegíaco, tierno, expresionista, el Cortázar de Pameos y meopas es el germen de quien escribirá Le ragioni della collera y Salvo el crepúsculo», señalan desde la editorial Visor Libros. Ellos son los responsables de la publicación de El árbol del lenguaje (2021), un ensayo del albaceteño Andrés García Cerdán, doctor en Literatura por la Universidad de Murcia, en el que se analiza la relación del argentino con el verso, así como con el mundo que le tocó vivir. Su autor estará este jueves (21.00 horas) en la librería La Montaña Mágica de Cartagena para presentar este texto en coloquio con Vicente Velasco.

 

¿Cuál es su relación con Julio Cortázar?

Cortázar es un dios. Mi relación con él solo puede ser la de un mortal con un ser divino. En su poesía y en sus relatos entramos siempre a un lugar sagrado. Leí Rayuela cuando tenía 20 años, en París, y eso es algo que te cambia la vida. Con él solo puede haber una relación espiritual, esto es, erótica.

Dice que era «una luz en el desierto». Explíquese.

Fue y es una «luz en el desierto», pero una luz de las que te iluminan por dentro, de las que son capaces de empujar las rocas en mitad de la nada. Su obra está hecha de espejismos, de verdades mágicas y de oasis. Contra la abulia en que vivimos, sus palabras nos mueven y nos impulsan hacia los terrenos de lo desconocido, lo hermoso y lo distinto. En cada uno de sus poemas escapamos de la simpleza, de la vulgaridad y del aburguesamiento. Sus ideas imponen una verdad nueva cada vez.

Se le suele relacionar con un descubrimiento literario juvenil. Usted, sin embargo, vuelve a él muchos años después de ese descubrimiento con este ensayo. ¿Cómo ha sido?

Cortázar tiene el encanto de lo que es para siempre joven, como cantaba Bob Dylan. Y, por supuesto, el encanto de lo que redescubre el mundo en cada página al tiempo que te descubre a ti mismo. Leyéndolo somos mejores y más jóvenes. Y esa juventud, que no sabe de edad, es lo que hace de su literatura, como en Borges, en Octavio Paz, en Nicanor Parra o en Alejandra Pizarnik o Ida Vitale, algo excepcional y siempre necesario. En cualquier caso, El árbol del lenguaje, se ha ido gestando desde entonces en idas y venidas.

¿Queda algo por descubrir en su poesía?

La poesía de Cortázar sigue siendo a día de hoy muy desconocida. Es cierto que se hizo una magnífica edición de Poesía y poética en Galaxia Gutenberg al cuidado de grandísimos especialistas y amigos suyos. También ha sido muy leído Salvo el crepúsculo y sus textos circulan por las redes sociales e Internet. Con todo, en unas ocasiones por exceso y en otras por defecto, estas selecciones no dan una imagen apropiada de su producción. El Cortázar más suyo, el de más alta poesía y el más comprometido guardan sorpresas increíbles. Parece absolutamente necesaria una antología cabal, en la que quepan todas sus direcciones estéticas, que son muchas e interdependientes.

¿Por qué cree apenas publicó poesía?

En realidad, su primer y su último libro fueron de poesía: Presencia (1938), publicado como Julio Denis, y Salvo el crepúsculo (1984), de aparición póstuma. El primero de esos libros es un poemario juvenil, mallarmeano, y muy anclado al simbolismo. Los críticos cayeron sobre él sin demasiada compasión. Cortázar, sin embargo, siguió escribiendo en silencio, para sí mismo, y llenando cuadernos. Unos años después es uno de los autores más conocidos de la narrativa hispanoamericana, tras Bestiario y Rayuela. Supongo que sus éxitos como narrador relegaron al poeta a la intimidad. Pero saldría de nuevo a la luz con Pameos y meopas, ya en 1971.

¿Cuál es la relación entre su poesía y su prosa?

La raíz de la prosa cortazariana es totalmente poética. Hay un venero subterráneo, una «sinfonía que se remueve en las profundidades», que hace del suyo un lenguaje siempre poético tanto en las formas como en la música o en la capacidad de sugestión. Los grandes temas de la poesía son los grandes temas de la novela. Por lo demás, sus personajes son pura poesía: La Maga, los cronopios, Oliveira, Johnny…

¿Por qué su poesía sigue vigente?

En Cortázar se encuentran tres grandes atractivos: la reflexión sobre la palabra y su valor, la búsqueda de nuevos lenguajes para el arte y el relato ambicioso del mundo social y existencial de su tiempo. Se puede decir que su poesía está viva y que, además, es una poesía con un pie en el mundo. En ese sentido es una poesía órfica: rebelde, viva, liberadora y con la vista puesta en la otra orilla. «La verdadera cara de los ángeles / es que hay napalm y hay niebla y hay tortura», decía en 1967.

Él hablaba del «fuego interno» de la poesía como una especie de antídoto a la moral burguesa. ¿Cómo cree que habría evolucionado la escritura de Cortázar, de seguir vivo?

Él aconsejaba prestar atención, con palabras de Rainer Maria Rilke, al «altísimo árbol de poesía interior» que nos sostiene. Ante el ruido de los medios y el caos informativo, buscarse a uno mismo. El instrumento para ello es el lenguaje. Por otro lado, la poesía de Cortázar, como la de Rimbaud, es una revolución en sí misma, un intento de cambiar «no inútilmente el mundo». Una palabra de verdad es una palabra que remueve conciencias, que nos levanta del suelo. No sé muy bien qué habría hecho hoy, aunque imagino que estaría denunciando las desigualdades contemporáneas, la manipulación mediática, y en contra de la literatura que se ha convertido en basura comercial y que nos infantiliza. La suya fue la obra de un utopista, de un revolucionario, de un «homme revolté», en palabras de Camus.

En El árbol del lenguaje utiliza al argentino para hablar de la literatura del siglo XX. ¿En qué sentido es su figura, tan singular desde todos los puntos de vista, un buen vehículo para hablar de la literatura del siglo pasado?

Cortázar fue testigo en primera persona de la literatura y el pensamiento que van desde los años treinta a los ochenta del siglo pasado. Esas cinco décadas son años de profundas revoluciones creativas. Fue testigo del crepúsculo del modernismo, de la literatura que surge en la inmediata posguerra mundial, del existencialismo, de las segundas vanguardias, del regreso al compromiso político y social de la literatura y, finalmente, de las primeras olas de la postmodernidad. La historia y la literatura van de la mano en su caso: es importante el mayo francés, como lo fue la Segunda Guerra Mundial, la Revolución Cubana, las dictaduras del cono sur, los movimientos sociales latinoamericanos o la guerra de Vietnam.

Hoy está considerado un clásico. ¿No es extraño, siendo alguien que fue punta de lanza de la vanguardia?

Habría que redefinir la idea de ‘clásico’, que en absoluta está reñida con la idea de vanguardia. Gran parte de la literatura que se consume en la actualidad deja mucho que desear. Tal vez un clásico sea ese escritor que como Sófocles o Henry Miller o Cervantes o Anna Ajmátova o Baudelaire aún recuerdan con justicia qué era aquello a lo que en verdad podíamos llamar literatura.