Comienzan a ser habituales las imágenes de puertos colapsados con montañas de contenedores. El mundo se ha paralizado y vive a la espera de tener un hueco disponible en el siguiente barco que se lance al océano. Da miedo pensar la cantidad de personas que tienen sus sueños sepultados bajo esos acorazados de hierro, por no mencionar el tsunami económico que se nos viene encima por la escasez de productos. Parece que el Apocalipsis que padecemos desde el arranque de 2020 todavía no ha sido derrotado.

Yo no fui consciente de que uno de esos contenedores llevaba mi nombre hasta hace unas semanas. En julio dejamos Estados Unidos y contratamos una empresa de mudanzas para mandar nuestros objetos personales a nuestra siguiente parada en Italia. En estos cuatro meses siempre tuve la impresión de que nos habían estafado, que aquellos señores tan simpáticos que vinieron a por nuestras cajas se largaron con ellas a alguna casa de empeños de la extensa geografía norteamericana. Reconozco que solo me sentí aliviado cuando supe de esta crisis. Ese mal de muchos que tanta paz deja a su paso.  

La siguiente dosis de esperanza la recibimos hace unos días en forma de correo electrónico. En él se nos informaba de que nuestro contenedor había llegado al puerto de Róterdam. Ahora tendremos que batirnos con un nuevo pelotón de metales varados y confiar en que el camión que acoja nuestras cosas supere los Alpes sin ningún problema. Desconocemos si estamos ante otros cuatro meses, pero nos consuela saber que mi coctelera o los juguetes de Toy Story de mi hijo ya andan por Europa.

Después de tanto tiempo tengo la sensación de que voy a encontrarme con un viejo amigo. Me muero por saber si mis libros han sobrevivido a esta odisea. No creo que ninguno de esos polizontes sea un apasionado de la lectura y se haya quedado con mis novelas. Quién sabe. Mientras tanto pienso en cuál terminará primero entre mis manos. Unos días me inclino por Las partículas elementales o Plataforma de Houellebecq, otros por En un lugar solitario de Dorothy Belle y, también, por el ensayo de Eugenio Trías sobre la película Vértigo. De esta manera me engaño y soporto mejor la espera.

Sería una tragedia personal que mis libros no llegasen a su destino. Sobre todo por la colección de literatura cinematográfica que he ido acumulando en Estados Unidos. Echo de menos especialmente Who the devil made it (Quién demonios lo hizo), las conversaciones de Peter Bogdanovich con los grandes directores de la historia, y las revistas que fui encontrando en el supermercado de al lado de casa que van desde un especial de Lo que el viento se llevó de Hollywood Legends hasta unos ejemplares dedicados a John Wayne. La pérdida del resto de pertenencias duele menos. Incluso la falta de ropa de invierno ahora que el termómetro acaricia los cero grados se supera sin grandes aflicciones. Ya me he acostumbrado a su ausencia y es como si pertenecieran a otra persona.