Ayer llamé otra vez al pintor Ángel Haro, pensaba yo repetirle la foto que le hice mientras montaba Reset, su última exposición en El Almudí. Tal vez era mejor hacérsela en su nave de Ceutí, que ahora compagina con su estudio en Madrid, pero él me lo quita de la cabeza, además, lo pillo en mal momento, se ha quedado tirado en medio de un secarral murciano, sin gasolina en la moto y sin efectivo para ir a parar a un autobús. Haro es como uno de aquellos dioses griegos que, de vez en cuando, se bajaban de jarana a codearse con los mortales, que todo no va a ser trabajar como un Titán, encerrado en la fragua de Vulcano. Me he ofrecido para ir en su rescate, pero ha conseguido llamar a un taxi. Por suerte tenía cobertura y batería en el móvil, que él reconoce que es de los últimos seres analógicos, lo vemos en su afán por trabajar con materiales reciclados, maderas, hierros o, como en esta última muestra: lonas de camiones, de sombrajes o de barcos, restos de un mundo que desaparecería si él no lo volviera a poner en órbita o en circulación por aquellas vías de tren.

Hablamos el otro día, le dije que cada vez me recuerda más a Goya, físicamente y en su empeño obsesivo por entregarse a la pintura, a la materia, sin pincelitos, con brochas y escobas, sin dejarse llevar por el canto de sirenas de lo digital, lo colorista, lo medido, lo planchado, ni lo complaciente. Me cuenta que, en algún momento de su larga trayectoria teatral como escenógrafo, le propusieron que interpretara a Goya, pero que no se atrevió porque llevaba demasiado texto. De las pocas cosas a las que no se ha atrevido, le digo, porque no hay reto, por inmenso que sea, al que no se haya enfrentado Ángel con todas sus fuerzas. 

«Las pantallas son como Saturno devorando a sus hijos, lo han fagocitado todo», me dice, y me cuenta que ahora todo se hace pensando en el formato cuadrado de Instagram, por eso avisa que «a mi obra no hay manera de reducirla a ninguna red de moda», de hecho, aunque también ha colaborado con la moda y el diseño, la obra de Ángel Haro navega, contra tormentas y mareas, libre de etiquetas y modas pasajeras. Me dice, además, que en esta expo «no pretendo dar ningún mensaje, no hablo de la identidad ni del tiempo, no hay nada personal, nada social… Lo que me interesa es enfrentarme a la anestesia contra las experiencias artísticas, reivindicar lo matérico y demostrar que el tamaño sí que importa».

«África me ha cambiado para siempre»

Dos horas hablando con Haro se te pasan volando. Hablamos sobre tradición, vanguardia y modernidad y me dice que «la tradición que no evoluciona muere y que la modernidad que no bebe en la tradición se agosta». Está deseando volver a África, donde tantas veces ha ido a pintar con Manuel Belzunce. Se pone a contar anécdotas y experiencias africanas y se crece, le brillan los ojos y le hablan las manos: «Viví mi infancia y mi adolescencia en París, y eso me formó, mi juventud la pasé en Puerto Lumbreras, en la forja de mi padre. Vivir los años 80 en esta Región me formó como artista y trabajador, pero desde niño veía el tatuaje, con la palabra ‘África’ que mi padre tenía en el brazo y sabía que ese era mi horizonte. África me ha cambiado para siempre».

Le pregunto sobre Mala mar, una de sus nuevas obras: «Es una esquela, no se ven caballitos de mar muertos, ni inmigrantes ahogados… pero están ahí». También le digo que me impresiona esa otra de Diamante Malo o esa espectacular lona de verdes imposibles, «esa pieza es puro África», me dice. Haro defiende que el compromiso y la solidaridad nos viene como ciudadanos, pero «detesto esas poses de artistas reivindicativos y que luego, con las ganancias, se vuelven a este acomodado mundo consumista en el que estamos todos». Tengo claro que Haro bien vale un libro.