No soy lo que se conoce por un mitómano, ni siquiera en estos tiempos en que la mitomanía se ejerce alrededor del vuelo de una mosca. No conservo fotos con famosos y cuando he tenido la oportunidad de hacerlas siempre me ha dado pereza y hasta algo de sonrojo posar en ellas. En cambio, sí he visitado discretamente en los cementerios las tumbas de algunos de mis escritores favoritos y perseguido su rastro por los cafés o los restaurantes que frecuentaron. Es, digamos, una mitomanía de baja intensidad relacionada con el espíritu del lugar, que los latinos llamaron genius loci. 

En el legendario New York de Budapest me dejé llevar por la ensoñación de que había derramado el café de una taza en el mismo lugar donde en otro tiempo estuvo el sillón gris en el que Frigyes Karinthy derramó la tinta de la pluma que el camarero le había facilitado. Hubo un tiempo en que algunos distinguidos clientes del New York pedían con el café servicio de pluma y tinta, además de lengua de perro, un tipo de vainilla silvestre que se mezclaba con el tabaco para potenciar su aroma. Según parece, la causa de que todo esto desapareciera fue el desliz de Karinthy. 

Al poeta y periodista Karinthy se debe eso del mundo es un pañuelo que nace de su teoría conectiva entre personas de los «seis grados de separación». En ella establecía que un pequeño número de enlaces es suficiente para que el conjunto de conocidos se convierta en toda la población humana. La idea, sin duda pionera en redes sociales, llegó a plasmarse en una película estrenada en 1993 que dirigió Fred Schepisi. 

A lo que iba, el New York, que se llamó de otras maneras a lo largo de su ajetreada historia, es un café de ensueño, probablemente el más bello y majestuoso que he conocido. Cualquiera que haya estado allí me dará la razón. Durante décadas acogió a la flor y nata literaria y artística de la capital húngara, a aristócratas y a pequeños burgueses. Entre sus clientes, la lista de famosos es interminable: Toscanini, Thomas Mann, Johan Strauss, Emil Jannings, Josephine Baker, Dezső Kosztolányi, Ravel, directores de cine como Michael Curtiz; Imre Kalmán, el rey de la opereta; Sandor Marai, etcétera, etcétera. 

Cuando fue concebido, su concepto era el de un edificio grandioso y de estilo ecléctico en el centro de la ciudad. A finales del siglo XIX, el arquitecto Alajos Hauszmann recibió el encargo de una aseguradora estadounidense de planificar el diseño y construyó el lujoso palacio de cuatro pisos con el Café en la planta baja. Los huecos de su opulento interior están separados por columnas de mármol en espiral, y las estatuas de bronce ornamentales situadas en el exterior son los catorce faunos siniestros creados por Károly Senyei como símbolos de sensualidad y burla. Nadie se resiste a su encanto y más de uno se ha quedado boquiabierto ante el hermoso espectáculo de nostalgia que ofrecen sus imponentes salones. El New York atravesó, sin embargo, momentos difíciles, reformas y transformaciones, e incluso llegó convertirse en una tienda de deportes. En los años 40 del pasado siglo los comunistas lo cerraron por entender que se trataba de un semillero de ideas burguesas y decadentes, frecuentado por antirrevolucionarios. De nada había servido el gesto del dramaturgo Ferenc Molnár de arrojar al río la llave del Café para que se mantuviera abierto a todas horas. En 1954, reabrió como Hungaria, y en 1990 recobró el nombre original.

En el New York que conocí a finales del siglo pasado habían transcurrido demasiadas cosas para no percibir la nostalgia de otro tiempo. Quizá no era demasiado distinto del Hungaria que frecuentaron Pablo Neruda y Miguel Ángel Asturias en el Budapest de la Guerra Fría, durante sus noches ebrias de opíparas cenas proletaria. Borges decía de ellos que el comunismo les había sido literariamente muy útil, ya que empezaron siendo unos poetas sentimentales mediocres y acabaron convirtiéndose en grandes poetas públicos, hijos de Whitman, al que tanto querían. Pero, yo creo, al menos en lo que se refiere a Neruda, que lo que más útil le resultó fue la propia vida y sus momentos más disipados.

En Budapest, tengo leído, Neruda y Asturias bebieron el Danubio: les daba igual el legendario y aristocrático tokay, que llegaba escoltado por cosacos a la mesa de Catalina la Grande, o ese mismo vino rojo que Béla Kun, presidente en 1919 de la República Soviética Húngara, obsequiaba a Lenin. Pero no solo libaban el afamado néctar licoroso, también hacían gárgaras con el popular y vigoroso egri bikavér, sangre de toro, con cuyo nombre se relacionan varias historias curiosas. La más extendida recuerda cómo las mujeres de la vieja ciudad de Eger, en la región del norte donde se produce, homenajeaban a sus hombres con enormes jarras de bikavér antes de sus batallas con los turcos, hasta que las barbas de los guerreros adquirían la tonalidad roja del vino derramado. De esta manera, los turcos preferían abandonar el combate antes que enfrentarse a los húngaros que bebían sangre de toro para fortalecerse. La derrota les llegaba antes de comenzar la batalla. En el restaurante del New York yo también bebí sangre de toro de las colinas de Eger, con unos medallones de solomillo de ternera y aros de cebolla acompañados de pörkölt, una salsa parecida a la del guiso del goulash que se cocina con tomate, paprika, pimienta y vino. 

Entonces ya conocía la anécdota sobre los inicios de uno de los clientes que más le debe al Café: Alexander Korda. Cuando la industria cinematográfica húngara era todavía incipiente, un productor en busca de talentos le preguntó a uno de sus contertulios si conocía a alguien que pudiera dirigir una película. El amigo señaló al joven periodista Korda, que no se hallaba lejos, enfrascado en sus asuntos. «Un tal Korda. Inténtelo con él…», indicó. De esa forma empezó la carrera en el cine del húngaro nacionalizado británico que terminaría produciendo junto a Carol Reed El tercer hombre, una película que no me cuesta incluir entre las diez mejores de todos los tiempos.