Pudiera parecer que el otoño sea la estación de los premios literarios por antonomasia, aunque en realidad se fallan numerosos premios a lo largo del resto del año. Quizá sea porque, coincidiendo con el inicio del nuevo curso literario, en este trimestre se concentran algunos de los más importantes. Principalmente, desde luego, el Nobel, que este año, contra lo que apuntaban las casa de apuestas, ha vuelto a dejar descolocados a decenas de agentes literarios/as y responsables editoriales de medio mundo al recaer en el tanzano (pero refugiado en el Reino Unido, y que escribe en inglés) Abdulrazak Gurnah, por su «conmovedora descripción de los efectos del colonialismo», según reza el acta de concesión, y del que -hasta donde se me alcanza- sólo tres obras están traducidas al español, Paraíso, Precario silencio (1997 y 1998 respectivamente, ambas en el sello El Aleph del Grupo Planeta), y En la orilla (Poliedro, 2003).

También algunos de los más importantes del ámbito hispano, empezando por el Planeta (se falla cada 15 de octubre), o el Loewe y el Adonaïs entre los de poesía. Este último, decano de los premios españoles de poesía (creado en 1943), lo obtuvieron con sus primeros libros algunos de los nombres más señeros de la Generación del 50 en sus primeras décadas de andadura. En la de los setenta, en cambio, con el advenimiento y mayor pujanza editorial de los novísimos, una serie de factores editoriales y/o el desplazamiento del foco mediático hacia aquellas nuevas propuestas poéticas, terminaron por restarle algo de su atractivo, aunque muchos/as jóvenes poetas siguieron teniéndolo en cuenta, y varios nombres importantes de la poesía murciana cuentan entre los ganadores (Eloy Sánchez Rosillo, 1977; José Martínez Ros, 2004), accésits (Antonio Aguilar, 2003; Alberto Chessa, 2010; José Alcaraz, 2018) o finalistas (Luis Escavy, 2020), y quién sabe si alguno/a más cuando se falle este mismo 2021.

En cuanto al Loewe, quizá el más codiciado por la cuantía y la difusión de la editorial que lo publica, este año (por alguna razón adelantado de principios de noviembre a los primeros días de octubre, unos antes incluso que el Nobel), acaba de obtenerlo el mexicano Orlando Mondragón, de 28 años, siendo la primera vez en sus 34 años de existencia que el premio absoluto se otorga a un menor de 30 años. Parece (se comenta) que también con polémica, aunque por ahora sólo diré que entre la docena de libros finalistas de menores de 30 estaba este año el de un jovencísimo y prometedor poeta murciano (por el momento callaré su nombre, puesto que la Fundación convocante sólo hace públicos los títulos, no los nombres de sus autores) al que habrá que prestar mucha atención en el futuro…