No hay descripción alguna de los ‘ángeles’ a lo largo de todo el desarrollo poético que integra las Elegías de Duino, son sólo un concepto, aparecen en las dos primeras y sólo emergen en alguna invocación del poeta a lo largo de las demás. El propio Rilke se sintió obligado, en 1925 a dar una ‘explicación’ del mundo simbólico de las Elegías, que ha dado lugar a posturas enconadamente opuestas. Dos de sus traductores, sin ir más lejos —Jaime Ferreiro Alemparte y José María Valverde— coinciden en su opinión contraria a lo expuesto por él en esa famosa carta a su traductor polaco Witold Hulewicz. Empeñado en sobrevalorar la importancia de los elementos cristianos, Ferreiro resta valor a sus declaraciones relativas a una interpretación no cristiana del ‘ángel’, señalando que «fueron hechas años después de las Elegías» y que han «desorientado a los críticos […] sembrando malentendidos». Como ejemplo de esa ‘desorientación’ cita a Torrente Ballester cuando este previene al lector «de interpretar la realidad del ángel con cristiana medida: el ángel de Rilke no es cristiano. Es el grado último y superior de la evolución humana».

Más aún: en una de sus muchas (a veces vanidosas y molestas) notas a pie de página a la biografía de Hans Egon Holthusen, cuando éste menciona el pasaje de la carta donde Rilke desmiente la relación de sus ángeles con los del cristianismo, Ferreiro apostilla que «en el estado actual de nuestros conocimientos, esta afirmación de Rilke, tomada al pie de la letra, es insostenible». Valverde, por su parte, zanja el asunto con este párrafo previo a la traducción de la carta a Hulewicz: «Se verá, por supuesto, que lo que dice el poeta no coincide con lo que hemos dicho nosotros. Pero […] no hace falta advertir que lo que diga un poeta sobre su propia poesía […] no pasa de ser una opinión más, y quizá la más engañosa de todas, porque es la única que no puede ser una ‘lectura’».

Me parece mucho más positivo y clarificador un ‘estudio de las contradicciones’ o inseguridades del propio autor con respecto al ‘ángel’ —su significativa ausencia a partir de la tercera elegía, y su aparición sólo en forma de invocaciones del poeta en las demás, así como la ‘sustitución’ de su figura en la décima por la de ‘la más vieja lamentación’— como el que llevó a cabo Furio Jesi en Rilke y la poética del Ritual. En opinión de Jesi, fue esa angustia la que tuvo realmente en vilo al poeta hasta el momento de su muerte, cuando —aun a costa del dolor— rechazó los tranquilizantes que podían haberle aliviado, pero también conllevado una pérdida de consciencia que no deseaba ni podía permitirse: para quien vivió la vida tan intensamente no podía ser un problema menor el de la trascendencia o no del ser humano a través de la muerte: ¿todos los hombres o sólo los muertos jóvenes, los tempranamente arrebatados, y los héroes, llegarán a los órdenes angélicos?

La novena elegía es el fin de la súplica que quedaba interrumpida en la segunda: ya no más súplica: es también la constatación, o la aceptación tranquila de que el ángel, angustiosamente invocado en los primeros versos del ciclo, pertenece a otro mundo, o a la otra vertiente del único mundo, y no puede prestarnos ayuda.

Y todos esos símbolos se cumplieron en él de forma única y relevante: él fue, en efecto, el héroe, el amante intransitivo, digno heredero de sus admiradas Luise Labé, Gaspara Stampa, Mariana de Alcoforado o la Magdalena; él sufrió los temores de la noche en su niñez y fue el gran solitario que contemplaba las cosas y las iba transformando para el otro mundo. Y las Elegías no serían sino el ultimo estadio en el cumplimiento de ese mirar «como un ángel ciego dentro de sí», de esa tarea de transformación de las cosas, de lo visible en invisible, la concienciación propiamente dicha de que se está trabajando para la ‘muerte propia’.