El pasado clásico había saltado de los libros y se había convertido en realidad. Algunos viajeros habían escrito crónicas, apuntes nada más, sobre aquel país al sur en donde la gente vivía entre ruinas de palacios e iglesias luminosas, tan sugerentes que confundía la vista. A mediados del siglo XVII, cuando aún estaba fresco el cadáver de Bernini y su reforma urbanística en Roma, algunos hombres del norte de Europa decidieron atravesar los Alpes para descubrir Italia, el país de las mil repúblicas y de las guerras continuas. A aquella peregrinación se le llamó Grand Tour y fue la forma sutil que tuvieron los países protestantes de descubrir que la belleza residía entre las velas de Trento. Pero también significó la constatación de que entre europeos, fuese cual fuese la religión o la nacionalidad, existía un proceso común que unía a los pueblos: las ganas de viajar.

Ruta de Goethe en Italia. Fuente: Luis Morales

Al Grand Tour lo mató el tren. Cuando se popularizó el viaje en raíles y las diligencias y las casas de postas se quedaron obsoletas, como ruinas técnicas, los viajeros del Gran Tour defendieron el testimonio de un mundo pasado, anterior a la revolución industrial. Los viajes pasaron de ser aventuras y monopolio del hombre solitario a grandes concentraciones de curiosos. Aún les faltaba la cámara de fotos, claro. A los primeros viajeros que descendían de la Gare de Lyon, en París, se les llamó ‘touristas’, precisamente porque venían de Italia, en su anhelo por emular a los Byron y Stendhal de un siglo atrás. El término ya no puede estar más denostado, en un mundo donde todos añoramos ser viajeros pero en el que nos conformamos con un selfie casi improvisado.

Goethe llevaba consigo un cuaderno de notas y la seguridad de que todo lo que escribiese se publicaría a la vuelta a Alemania. Su viaje duró dos años, recorriendo Italia de norte a sur, deteniéndose en las pequeñas ciudades provincianas, las que siglos atrás habían constituido poderosas repúblicas, pero también dejándose llevar por las grandes metrópolis, avisperos de pobreza, reunión de maravillas. Inició su camino en 1786, estando al servicio de Carlos Augusto de Sajonia. Entró a Italia por Bolzano como los espías, con una identidad falsa e intentando ocultar el acento que lo delataría como un extranjero. La primera parte de su viaje se enfocó en la zona noroeste, en la desembocadura del Po, donde las ciudades se abren hacia el mar con canales. Visitó Trento, Verona, Padua, Vicenza hasta llegar a Venecia, la ciudad acuática por donde no pasan los siglos, pues vive siempre en una especia de letargo embaucador.

Libros


Viaje a Italia.

Goethe

Ediciones B


Elegías Romanas.

Goethe

Editorial Hiperión


El Grand Tour. Guía para viajeros ilustrados.

Daniel Muñoz de Julián

Editorial Akal

Posteriormente continuó su viaje hacia el interior de los Apeninos. Hizo parada en Ferrara, la ciudad que los Este habían convertido en una fortaleza de calles estrechas y palacios esbeltos. Hasta allí llegaban comerciantes venidos de Bolonia que comerciaban con mármoles que juraban ser de época romana. Winckelmann llevaba algunas décadas muerto, pero el florecimiento de las ruinas como valor artístico ya había alcanzado una trayectoria imparable. Italia era el país de las ciudades enterradas en la arena. Hacía pocos años que se habían descubierto Pompeya y Herculano y los sabios habían abandonado las bibliotecas para observar desde el terreno cómo el pasado clásico cobraba vida. Por eso Viaje a Italia es mucho más que la memoria de un viaje. Es un descubrimiento sensual de la belleza clásica, volcada hacia los primeros pasos del Romanticismo.

Tras pasar unas semanas en Milán, Goethe entra en Roma como los peregrinos, por la Porta Flaminia, entre las iglesias gemelas de Santa María del Popolo, el lugar donde se decía que por las noches el fantasma de Nerón atormentaba a los viajeros. Y es en la ciudad de los papas donde encuentra su escritura los mejores momentos. Roma para Goethe es un sueño cumplido. La constatación de que todas las imágenes leídas en los libros existían de verdad. Paseó por los Foros Imperiales, en aquellos tiempos llenos de vacas y pastores, con casas de gente humilde que convivían con mármoles antiguos y oleadas de malaria. La Roma de finales del siglo XVIII no es majestuosa. Es eterna, como lo son las grietas en la pared. Bella, caótica, sucia y enemiga de la razón, justamente lo que alguien como Goethe había ido a buscar tan al sur.

Su viaje siguió descendiendo hacia el sur. De Roma fue a Nápoles, la ciudad que duerme amenazada por un volcán al que subió, la más española de las urbes del mundo. De allí se embarcó hasta Sicilia, la isla de las cien culturas, donde los milenios se amoldan a los páramos pedregosos y los templos griegos crecen entre matorrales. Goethe viajó de una manera moderna, consciente de que su paso por la vida era efímero y que el legado de los hombres no es más que un templo derruido, un atardecer en Agrigento. A su vuelta a Alemania el mundo estaba a punto de cambiar, cuando en París el pueblo tomara la Bastilla. ¿Pero quién puede hablar de cambios en un mundo acostumbrado a los templos verticales, implacables en su tarea de permanecer, perfectos en su manera de estar a través de los siglos?