Homo viator

Yuri Gagarin, el campesino que viajó a las estrellas

Aquella madrugada del 12 de abril de 1961 en el cosmódromo de Baikour debió cambiar el mundo. Si el hombre había sido capaz de elevarse por encima de su propio hábitat y contemplar su creación, se dejarían a un lado las guerra

Yuri Gagarin en su módulo espacial

Yuri Gagarin en su módulo espacial

José María Pérez-Muelas

José María Pérez-Muelas

Klúshino era una aldea apartada del mundo al este de Moscú. Allí miraba al cielo por las noches el pequeño Yuri, mientras sus padres volvían del ‘kolijos’, la granja colectiva donde trabajaban a cambio de un salario que les permitía no morirse de hambre. La tierra se cultivaba con la paciencia de la miseria. Se esperaba del cielo una lluvia fina que inundara los campos y que la nieve durante el invierno no destrozara las cosechas. Los niños cavaban zanjas para compartir el trabajo de sus padres. Allí soñaban con ser soldados y solamente cuando desfallecían de cansancio contemplaban el cielo estrellado como un prado de velas.

El primer hombre que salió al espacio exterior y orbitó la tierra nació pobre. Se elevó por encima del mundo y de la historia familiar, que ata a las gentes y las obliga a tomar el arado como una religión exigente. Yuri Gagarin sostuvo las esperanzas de la Humanidad durante 108 minutos, el tiempo que tardó en observar, desde la escotilla de la cápsula espacial Vostok 1, los ríos del planeta como venas, las montañas como arrugas y los desiertos como charcos de agua sucia. Tenía 27 años y los ojos llenos de miedo. A esa misma edad, las manos de sus padres eran una extensión de la tierra, agrietadas y hechas al frío, pero él ya había logrado el sueño de un país entero. Había sido el hijo de un carpintero y una campesina que no conocían más alimento que la remolacha. La Unión Soviética enseñaba al mundo el camino del éxito.

Estados Unidos no se creyó en un primer momento la proeza. Un hombre en el espacio es un cosmonauta, según la palabra rusa, porque hasta en las palabras la Guerra Fría superó las expectativas. El primer ser humano en desgajarse de su sombra y ver la Tierra desde fuera sería un cosmonauta, y no un astronauta, de esos que ahora vemos en la películas americanas. Nada de esto pudo imaginar el pequeño Yuri, con menos de diez años de edad, cuando descubrió que una tropa de soldados alemanes invadía las tierras de la comunidad y prendían fuego a los campos, como había leído que hacían los cosacos y las hordas bárbaras. La patria estaba acabada, pero en menos de veinte años sería capaz de reconstruir el país y de mandar un hombre al espacio. Y no solo un hombre. Un campesino pobre.

Libros

Mi ovni de la Perestroika, Daniel Utrilla - Editociones del K. O.

La tumba del cosmonauta, Daniel Entrialgo - Editorial Planeta

Gagarin pensó, tal vez, cuando la Vostok 1 empezó a descender y a sentir la dictadura de la gravedad, que su vida estaba hecha para trabajar en la fundición. Dominar el acero y el hierro era algo mucho más serio que otear el perfil de la geografía desde 315 kilómetros de altura. Allí, las masas de campesinos se habían convertido en algo más ínfimo que el polvo. Solamente había agua, una superficie azul inmensa y borrascas salpicando la tierra. Pero aquellos 108 minutos le enseñaron al mundo mucho más que su verdadero rostro. Nunca antes se había visto la Tierra desde fuera. El viaje de Gagarin fue un milagro porque del cielo venían las luces de las estrellas y hacia el cielo se dirigían los hombres cuando se morían.

Aquella madrugada del 12 de abril de 1961 en el cosmódromo de Baikour debió cambiar el mundo. Si el hombre había sido capaz de elevarse por encima de su propio hábitat y contemplar su creación, se dejarían a un lado las guerras. Pero nada de esto ocurrió y al viaje de Gagarin le sucedieron otros, una carrera frenética por conquistar la Luna, por disparar el misil más potente. En definitiva, por tener la primacía en elegir quién vive y quién muere.

A unos pocos miles de metros de la tierra, accionó el paracaídas y se separó de la Vostok 1, que se estrellaría contra un campo cultivado. Gagarin se repuso del impacto y miró hacia los lados. Había aterrizado en la provincia de Sarátov, en la actual Kazajistán. Sus habitantes poco sabían de viajes espaciales y de carreras cosmonáuticas. Anna Tajtarova y su nieta de seis años fueron a recibirle, entre la incredulidad inicial. Ese hombre había venido del espacio y había caído literalmente del cielo, en el centro de su patatal. «No se alarme», dijo Gagarin, con la sonrisa de quien sabe que ha hecho historia. «Vengo del espacio, pero soy soviético».

El paracaídas no se le abrió años después, en 1968, cuando el caza que pilotaba se estrelló contra el suelo. Un año después, los americanos llegaban a la Luna. La primera caminata lunar la llevaría a término un ingeniero aeroespacial formado en las mejores universidades del país. A Yuri Gagarin le basto con saber arar la tierra para ser el hombre que más cerca estuvo de las estrellas.