Cine de verano

La historia interminable

La historia interminable, Wolfgang Petersen, 1984.

La historia interminable, Wolfgang Petersen, 1984. / L.O.

Héctor Uroz

Es, junto al dúo Modern Talking, lo más popular que nos dio la Alemania occidental en los ochenta. El libro de Michael Ende (más digestivo, pero no menos simbólico, que el de Momo) es uno de los primeros que me consta haber leído (y/o haberme enterado de lo que leía), y el recurso de la bicromía fue un gran hallazgo narrativo. Todos quisimos un Áuryn, y la película es mi segundo recuerdo de un cine, después del de El Retorno del Jedi, pero, con el tiempo, no entendí por qué se quedaban a mitad de la historia, desaprovechando la oportunidad de cerrar la trama con las dos, y muy inferiores, secuelas.

La película atesora no pocos hallazgos en su puesta en escena, con ese Fújur (mitad dragón de peluche, mitad Cocker Spaniel) a la cabeza, pero resulta imperdonable la conversión del preadolescente regordete del Bastián de la novela en un niño delgado y monísimo, pervirtiendo la naturaleza del bullyng que sufría en el mundo real, y que desembocaba en ese hambre de evasión, desde la soledad de la lectura, que ofrecía el mundo de la fantasía, presidido por la niña más bella inimaginable (la Emperatriz fue otro prematuro crush).

La canción de The NeverEnding Story, escrita por el gran Giorgio Moroder, uno de los principales impulsores del sintetizador y el techno por estas lides (ganaría tres Oscars, por la BSO de El expreso de medianoche, y por componer las canciones de What a Feeling de Flashdance y Take my Breath Away de Top Gun) es lo que más poso ha dejado, y es una de las sintonías de los ochenta.