Homo viator

James Cook, el viajero que quiso descubrir el sur

En su camarote, mientras atravesaba el océano Pacífico, delineaba las rutas que estaba por recorrer y ensayaba con la punta de un carboncillo los límites de los continentes. En su primera expedición, se embarcó en el HMB Endeavour. Corría el año 1768 y Europa estaba en guerra

La muerte del capitan James Cook, de George Carter

La muerte del capitan James Cook, de George Carter

José María Pérez-Muelas

José María Pérez-Muelas

La primera vez que James Cook llegó a las islas de Hawai fue recibido con flores y con sonido de flautas. Era una tierra de volcanes en mitad del océano. Los indígenas que poblaban la isla tenían fama de mansos. Se dedicaban a la pesca y a recolectar frutos de los árboles, selva adentro. El viajero empedernido que fue Cook no se sorprendió ante la belleza desmesurada de la naturaleza y continuó su expedición alrededor del mundo. Otras costas lo esperaban en los mares que el Imperio Británico. Sin embargo, esas mismas islas de Hawai, años después, le cerraron los ojos en una emboscada absurda. Un cuchillo kahuna clavado en el pecho durante una refriega. Tal vez la confusión de unos movimientos rápidos, las sospechas de estar engañándose mutuamente (los ingleses practicaban el noble oficio de estafar a los habitantes de todas las tierras del mundo) y la incapacidad para establecer una lengua común provocaron el desenlace falta. James Cook estaba muerto en una playa de Hawai. Era su tercer viaje.

Los viajes de James Cook. Fuente: Wikipedia

Los viajes de James Cook. Fuente: Wikipedia

Pero para llegar a la muerte de Cook primero hay que hablar de su vida. El navegante británico, militar condecorado, también había resultado ser un explorador voraz, con la sutil perspicacia para saber en todo momento qué lugares escoger en sus destino. En su camarote, mientras atravesaba el océano Pacífico, delineaba las rutas que estaba por recorrer y ensayaba con la punta de un carboncillo los límites de los continentes. En su primera expedición, se embarcó en el HMB Endeavour. Corría el año 1768 y Europa estaba en guerra. Cook había sido mandado para una expedición científica a las regiones al sur del Ecuador para observar el recorrido de Venus a su paso por el Sol. Eran tiempos donde la astronomía, que ya había dejado de ser espacio de elucubraciones y cartas del tarot, se abría paso a golpe de observancia en noches sin luna, con catalejos y telescopios.

Sin embargo, otros eran los motivos que llevaron a James Cook hacia el sur. Se trataba de una misión secreta. Le había sido encomendada la tarea de descubrir la Terra Australis Incognita, un continente ficticio al sur del Estrecho de Magallanes y por el que la Corona Británica suspiraba, sin más espacio colonial en América. El resultado fue evidente. No existía tal continente, pero a cambio el viajero pudo recorrer una a una la mayor parte de las islas del Pacífico, hasta su llegada a las costas de Nueva Zelanda, las cuales rodeó y cartografió con una exactitud fotográfica, descubriendo que se trataba de una isla separada de Australia. Este primer viaje de Cook supuso un descubrimiento de la vida al otro lado del océano, el lugar donde nacía el sol y de donde venían las especias. Duró hasta 1771 y siguió la ruta de Elcano para volver a Inglaterra.

Libros

Viaje hacia el Polo Sur y alrededor del mundo. James Cook, Editorial Espasa

Diarios. James Cook

El segundo viaje lo inició en 1772 y mezcló la dureza del frío con las playas tropicales. La Terra Australis Incognita, en realidad, podía existir más al sur todavía de lo que Cook había llegado en su primer viaje. Esta expedición supuso otro hito en la navegación, puesto que atravesaron por primera vez el Círculo Polar Antártico, a bordo del Resolution. Ante las cascadas congeladas y las montañas de hielo, Cook enterró para siempre el mito del continente misterioso. A la vuelta, ya despojado del frío, hizo escala en Tonga, en la Isla de Pascua y en otros archipiélagos tan alejados del infierno helado que parecían fruto de otros mundos en constelaciones distintas, unidos solo por la ambición del viajero.

En su último viaje asomaría la muerte, porque los grandes expedicionarios no pueden morir frente a una chimenea. Tienen el síndrome de Aquiles y sus vidas parecen forjadas para acabarse en el transcurso de una aventura, y no en un hogar colmado de vejez. En esta tercera odisea a Cook le encomendaron descubrir el paso del Noroeste, la delgada franja de mar de hielo entre el Ártico y el continente americano. Para ello se dirigió al sur, hasta llegar a Ciudad del Cabo y cruzar de nuevo el Índico, tan familiar a esas alturas como las praderas de Marton, su pueblo natal. Mar adentro, surcó todo el océano Pacífico hasta llegar al Estrecho de Bering, donde los brazos de América y Rusia parece que se juntan. Cook pasó por todos los climas sin salir del camarote de su barco, soportando fuertes heladas, lluvias tropicales y semanas sin nubes en el horizonte. Las costas de Alaska guardan memoria de aquellos días y una ensenada de costa verde y pedregosa lleva su nombre.

Murió sin heroicidad, en una refriega que se podía haber evitado. Había vencido a temperaturas extremas, a los casquetes polares y a olas que hacían crujir la madera de su barco como si fuese papiro, pero Cook subestimó a los habitantes de Hawai, que habían visto como los hombres blancos de sombreros con plumas de faisán raptaban a su rey y lo hacían desaparecer en el agua. Dedicó once años de su vida a medir y recorrer el mundo, a conocer cada rincón del océano Pacífico. El marino que soñaba con descubrir el continente al sur del mundo del que hablaban los griegos terminó diluyendo el mito a base de cartas de navegación. Cook asignó a su destino la fortuna de los héroes, pero sin salirse de un ápice del culto al conocimiento.