Se vieron por primera vez cuando Henriette d’Angeville estaba recogiendo las mieles del éxito. Acababa de subir al Mont Blanc, la hija de una familia de aristócratas que se había asentado en la región de los Alpes. Desde niña acostumbraba a asomarse a la ventana y contemplar la cima de la montaña más alta de Europa. «Algún día subiré hasta allí arriba», decía, mientras observaba a los montañistas tomar aire antes de empezar la ascensión.

Los cuatro viajes de Colón a América. Fuente: Wikipedia

La mujer que estaba de pie, con una postura erguida pero cansada (las manos arrugadas de campesina, la tez troceada y costras en los labios), la miró con cierta satisfacción. Se llamaba Marie Paradis y había sido invitada por Henriette d’Angeville al homenaje que conmemoraba su ascensión al Mont Blanc. «La primera mujer en coronar el techo de Francia», rezaban las crónicas, pero la cronología impone su justicia, aunque sea con siglos de retraso. La historia de la primera mujer en ascender el Mont Blanc trae consigo dos nombres y treinta años de silencio. El resto lo comparten el olvido y la frustración.

Todo comenzó cuando en una mañana de 1808, al pastor de ovejas, Jacques Balmat, recibió la visita de una mujer jovial que cuidaba del ganado del pueblo. Apenas tenía unas cabezas a las que alimentaba a duras penas. Era pobre, pero no al estilo de las necesidades de la época, como padecían más o menos todas las personas. La suya era una pobreza genética. Se le notaba en el afilado rostro, que acusó en la infancia falta de alimento. Marie Paradis vivía de sus manos y de lo que crecía del interior de la tierra, pero ella estaba interesada, sobre todo, en conquistar los cielos. El montañismo era una religión que a ella le había llegado de forma espontánea. Descubrió desde joven que se le daba bien subirse a los riscos para buscar las cabras. Mientra que el resto de pastores se apoyaban en los bastones, ella caminaba con una agilidad nunca vista por esos lugares.

Por aquel entonces, el ser humano aún no había convertido en costumbre el noble oficio de escalar montañas. Décadas antes, un obispo suizo había mandado exorcizar la montaña sagrada del Mont Blanc, creyendo que la naturaleza no podía mostrarse tan bella y exuberante. Pero Marie Paradis se lo tomó en serio y decidió escalar la cima de aquel paisaje familiar que todos llamaban ‘el techo de Europa’. Convenció a Jacques Balmat y los dos emprendieron la ascensión, que fue penosa. No iban preparados. No contaban ni con alimentos suficientes ni con la indumentaria precisa. Marie Paradis desfalleció unos metros antes de llegar a la cima y sintió el mal de altura, así como la falta de oxígeno. Pidió al pastor que le hacía de guía que la abandonase. Encontraría la muerte entre las nieves perpetuas, contemplando las depresiones de Italia en forma de valles hasta el Mediterráneo.

Libros

Mon excursion au Mont Blanc. Henriette d’Angeville.

Pero Marie Paradis se repuso. Pudo llegar hasta la cima y respiró el poco oxígeno que le cabía en los pulmones. Descendió tras unos minutos de pausa, en los que el mundo silenció cualquier lamento. Volvió a sus oficios, a la juventud perdida entre ganado y cultivo de remolacha y nadie supo de su hazaña, porque los sucesos extraordinarios acaecidos a la gente pobre siempre repelen la fama. Muchos años después, Alexandre Dumas, de viaje en Chamonix, escribiría su historia y el mundo la conocería por sus hechos. La primera mujer en escalar el Mont Blanc llevaba falda y tenía las manos hechas a la tierra.

Ella aún estaba viva cuando Henriette d’Angeville celebró una fiesta para conmemorar su subida al Mont Blanc. La proeza había tardado treinta años en volver a emularse. En esta ocasión, había sido una aristócrata la que se había lanzado a la conquista de las nubes. Henriette llevaba consigo seis guías experimentados y seis portadores. En la cima, uno de ellos abrió una botella de champán y sacó de una jaula una pareja de palomas que volaron juntas para firmar con el símbolo la proeza. Fueron muchos los periódicos que anunciaron que una mujer acababa de coronar el Mont Blanc. Los tacones también pisaban la nieve, pensaron en la corte de París, en las largas sesiones de tertulia de los principales cafés de la capital.

Pero Marie Paradis vivió lo suficiente como para que sus huellas no las borrase la ventisca. Henriette d’Angeville no había sido la primera en subirse a las espaldas del Mont Blanc. El mundo obviaba el pequeño detalle de que, treinta años antes, una campesina se había valido por sí misma para realizar una expedición en la que habían muerto tantos hombres experimentados. Marie Paradis no convirtió su viaje en algo extraordinario. No llevó champán, ni plantó una bandera, ni fue a los periódicos a relatar su experiencia. No reclamó el lugar en el mundo que le pertenecía. Volvió a su cabaña. Se pegó al trabajo y al esfuerzo, del que nunca había salido, y miró desde abajo la cima del Mont Blanc como un viejo amigo. Henriette d’Angeville supo valorar el gesto. Ella no solamente subió al Mont Blanc, sino que pisó las huellas que Marie Paradis había dejado sobre la nieve.