Es época de reencuentros. Con nuestras primas, tías, abuelas; con los teatros, conciertos y otras actividades cercanas a gente. Hace unos años se vivió este boom, pero televisivo. Por nombrar algunos: la quedada de OT, la casi quedada de UPA Dance, Ana Obregón volvía a abrazar a Chechu de Ana y los Siete. Este año Buenafuente junta al Chikilicuatre, Silvia Abril o el señor Palomino para recrear a Shakespeare y Lucrecia se reencuentra 13 años después de su estreno en TVE con sus adorados y adorables Lunnis. Ante la desolación de una generación de niños embobados frente a una tablet por dibujos animados de baja factura que consumen a tragapavo desde que abren los ojos, he de decir que igual sí era un evento trascendente, al menos como contrapunto de la decadencia cultural que vivimos y viviremos [o no]. En 1973, investigadores del MIT apuntaron a 2040 como año en que la eclosión social se hará efectiva. No me cabe duda de que a las 23:59 de la Nochevieja de 2039 se oirá una voz agradecida agonizar: «¡Gracias Lucrecia, madre de todos los Lunnis, amiga de los infantes!»

Y como es de bien nacidos ser agradecidos, podemos agradecerle algo más que su compromiso con la infancia: sus reverencias. Si en algún momento a alguien se le ha ocurrido comparar a Lucrecia con Celia Cruz, igual no iba del todo desencaminado. Para honrar a una de las grandes voces de la música cubana, Lucrecia ha tenido el valor de meterse en su piel y arrugas para encarnar a la artista en un musical que narra a través de sus grandes éxitos su vida y lucha. A este enorme referente que Lucrecia hace suyo, le dedica con amorosa y advocada admiración el tema Canta, Celia, canta contenido en este último álbum de madurada salsa que trae bajo el brazo: De mil maneras. Así lo lanza en esta gira de presentación, que ha titulado Lucrecia es música. ¿Qué otra cosa iba a ser? Ni las campanas de la Iglesia de San Javier le molestan al interpretar Madrecita. Mientras toca el piano las agradece emocionada. Más o menos como la de Antonio Machín en esta misma canción pero de estudio, pues un avezado ingeniero de sonido le sacó la voz de una vieja grabación para acompañar a la polifacética artista. Supondremos que el genio de las maracas estaría de acuerdo en aupar el tema más dramático de todo el concierto. No me extrañaría, pues cuenta que su madre apeló a su partida de Cuba como la flor que viaja para esparcir su perfume. La acabó pidiendo perdón: «Perdón por la nostalgia».

No se le puede pedir a Lucrecia que se embuta el traje de Bola de Nieve, pero disculparse por dejar de sonreír un rato no debería ser un problema. Es una cuestión de aire. La energía que demuestra durante todo el concierto es de un volcán burbujeante que amenaza pero no erupciona.

Los cambios de registro son arriesgados, los suele acompañar la edad. No hay una suave pendiente, es ver el 30, el 40, el 50 sobre la tarta y darte de bruces contra un escalón. A su banda formada por Félix Ramos (piano), Robin Reyes (bajo), Bárbaro Torres (percusión) y Guillermo Calliero (trompeta) le pasa lo mismo. Son músicos de primer nivel. Están tocados por ‘la clave’, ese compás que va de los cielos a la tierra y de la tierra a los cubanos. Aun así, si la música les agita es solamente las entrañas, puesto que, salvo los abrasivos solos de Jimmy Jenks (saxo), las únicas gotas de sudor las transpiraron unas señoras bailando bajo el escenario.

Los siete primeros temas fueron íntegramente los que componen este último álbum. Un trabajo fino y emotivo compuesto durante los mayores azotes de la pandemia en los que, valores como la solidaridad, dicen haberla inspirado. No es ambicioso, ni arriesgado, ni nuevo, carece de esos dobles sentidos, pillos y reivindicativos que gastan las trovas cubanas, pero sobre una sólida y macerada salsa proclama como senda de vida la alegría y el valor de ser uno mismo sin herir al prójimo. Esa combinación permite que un festival de jazz pueda salir a la plaza y congraciarse con sus ciudadanos. No faltó el pegajoso Mi gente quiere bailar, que usó para cerrar y poner al hasta este año director, Alberto Nieto, a bailar sobre el escenario.

No se me ocurre mejor crónica que la de un análisis extremidad por extremidad de las señoras -y señores que bendicen el reconocimiento de la feminidad masculina- que se apostan incrédulas a lo que una noche de paseo les regala su alcalde. Un entretenimiento rico y sano que algo tendrá que ver con el eslogan que promulgaba el gobierno cubano: «Más deporte y menos vicio».

Cuba va fue otro. El objetivo de Fidel era proclamarse primera potencia en exportación de azúcar. Tengo un amigo al que le tocaba ir a cortar caña de buena mañana, y a cada machetazo se empapaba de agua congelada. Lo que salía por su boca al escurrirse la camiseta era lo que habría cabido escuchar de una artista cubana non grata que ha gritado «¡Cuba Libre!». Sin embargo, su mensaje apenas se escucha y antes de que se acabe, se olvida. Cuando Lucrecia es música también debería ser un arma, no un cuento infantil. Ambos mensajes son igual de importantes, aunque el público sea distinto.