El mundo del cómic está ganando fuerza. Vivimos una era virtual en el que lo visual prima por encima de todo, y a eso se han agarrado dibujantes y, por supuesto, muchos escritores para narrar sus historias. Porque atrás quedó ya la imagen de los libros de viñetas como material de lectura para niños; no solo superhéroes en mallas y caricaturescos personajes de humor surrealista pueblan sus páginas (aunque, en ocasiones, estos puedan ser casi tan adultos como cualquier investigador privado de novela negra). Ahora, aquellos infantes que devoraban los tebeos de Ibáñez o Marvel han superado en muchos casos la treintena, han apostado por empezar a contar sus propias historias y este es el lenguaje que manejan, ya sea para hacer comedia o tratar cuestiones tan serias como pueda ser la precariedad laboral, las crisis endémica de la generación ‘millennial’ o las relaciones intergeneracionales. Este es el caso de Ángel Abellán y Alba Flores, guionista e ilustradora, respectivamente, de Temporada de melocotones (Andana Editorial, 2021), una historia con la que el año pasado conquistaron el Premio Valencia de Novela Gráfica y que tiene como escenario a la huerta murciana. Antes, en 2018, ya avisaron de sus intenciones con Si pudieras cambiar el flujo, primer premio en la categoría ‘Cómic’ del CreaMurcia 2018. Hemos hablado con ellos para conocer un poco mejor su último y laureado proyecto.

Hay varios focos de atención en esta historia. El primero, quizá el más evidente, está en la precariedad laboral imperante en nuestra sociedad; algo quizá más acusado todavía en el campo (de lo que en la Región sabemos un rato...). Y tengo entendido que no hablan de boquilla, sino por experiencia propia...

Ángel Abellán: Sí... Mientras estudiaba la carrera y generaba ansiedad a toneladas por aquello de la edad y la crisis económica, entré a currar en una fábrica de melocotones para sacar algo de dinero durante el verano. Y allí me di cuenta de la cantidad de historias que podía encerrar un sitio como ese: comedias, dramas y... también alguna de terror. Así que me guardé esa idea en la recámara hasta que diera con el momento oportuno para escribir el guión;y ese momento fue cuando me encontré con Alba. 

Alba Flores: Es cierto que Temporada de melocotones nace de la experiencia de Ángel en esta fábrica, pero para mí también era muy importante constatar y verificar que lo que se contaba en ese texto era real. Así que me dirigí a una amiga que había trabajado durante años en este tipo de sitios, y lo cierto es que me planteó un escenario bastante lamentable... Jornadas muy duras, muchas horas de pie, vapores y temperaturas elevadas..., y todo ello combinado con ‘encargados’ o jefes que te aplastan mentalmente cada día. 

Por supuesto, entiendo que ambientar esta historia en la huerta murciana era la única opción, ¿no? Quiero decir, hablan de lo que conocen, y pese a que este es un problema que excede los límites de nuestra comunidad (podrían haber localizado esta historia en un lugar más ‘cosmopolita’ sin problema), no merece la pena irse mucho más lejos para ‘denunciar’ esta situación, ¿no?

A. A.: Claro. Esta es una historia personal, basada en mis vivencias, y por tanto tenía que pasar en Murcia. Y, de hecho, Murcia tenía que tener influencia en la narración. Añade a eso que pretendía escribir una historia costumbrista, y si para ello quería personajes sinceros, tenía que quedarme aquí, en el ambiente que conozco. 

Otro de los aspectos que reflejan en Temporada de melocotones es la feminización de estos trabajos. ¿Por qué creen que esto es así?

A. A.: Supongo que por una cuestión de continuidad. No todas las fábricas son iguales, pero en términos generales, son lugares donde apenas parece que pase el tiempo. Y son terriblemente sexistas: los hombres manejan las paletas y las mujeres seleccionan los melocotones. De todas formas, yo trabajé con mujeres casi exclusivamente, y esta es la principal razón de ese enfoque femenino de la historia. 

A. F.: Se podría decir que aislar a los personajes en el género femenino facilita la denuncia, hace evidente la desigualdad entre hombres y mujeres y ayuda a definir las injusticias que lamentablemente siguen sucediendo a día de hoy. 

En este sentido, esta historia está protagonizada por tres mujeres de distintas generaciones que abandonan sus diferencias por sororidad (segundo gran punto de especial interés). Quizá a nivel humano –en lo ensencial– no estemos tan lejos de nuestros padres o de nuestros abuelos, ¿no?

A. A.: Llevaba tiempo interesado en hablar de cómo las diferencias generacionales han ido creciendo con el paso del tiempo. Yo veo cada vez más gente joven mirando por encima del hombro a la anciana que va a misa porque «cómo mola ser ateo». O a mujeres no tan mayores rechazando el arte porque ni lo entienden, «ni tienen edad para entenderlo». Si nos esforzáramos, veríamos que tenemos muchas más cosas en común de las que creemos y, además, seríamos un poquito mejores.

A. F.: Para mí ha sido muy interesante abordar esta historia en la que tres generaciones diferentes se complementan. Es un tema que me interesa. En tu lugar de trabajo o de estudios es fácil que puedas cruzarte con personas que no son de tu edad, y escuchar y aprender de ellas es muy importante. 

Hay un tercer ‘pilar’ en Temporada de melocotones que parece casi innegociable en una obra de marcado carácter social hecha por alguien de su generación, y es (disculpad la franqueza) el marrón que nos estamos comiendo por haber nacido en el momento exacto para que nuestra incorporación al mercado laboral estuviera marcada por la crisis de 2008, ahora la covid y..., quién sabe qué será lo próximo. ¿Por qué lo hacemos? ¿Por qué somos incapaces de dejar todo eso a un lado? ¿Es por pura frustración y desahogo o hay algo más?

A. A.: Pues un poquito de todo: hay frustración porque esto es (disculpa la franqueza) una puta mierda, y hay desahogo porque para eso está el arte. Pero, además, hay una serie de secuelas generacionales que nos persiguen y nos perseguirán siempre, aunque sigamos avanzando en la vida.  

A. F.: Sin duda buscamos desahogarnos y soltar lo que nos frustra. Ese ‘quiero y no puedo’, las comparaciones, los miedos y la sensación de estar estancados –algo que va mucho con nuestra generación– son básicamente los motores que hicieron que este tema estuviera presente en el cómic.

En este sentido, dice, Ángel (y creo que Alba está de acuerdo), que somos la generación con «más falta de amor propio que ha existido». ¿A qué se refiere? ¿Tenemos que reivindicarnos?

A. A.: Me refiero a que nos pasamos muchos años preparándonos para Dios sabe qué, y luego saltamos al mercado laboral tarde y mal, comparándonos con los demás y sintiéndonos un poco inútiles. No digo que sea un factor común, pero desde luego creo que muchos estamos cortados por el mismo patrón (por desgracia). 

Temporada de melocotones, por cierto, ha ganado recientemente el Premio Valencia de Novela Gráfica, lo que demuestra que, más allá de lo que pueden pensar algunos, el cómic también puede ser utilizado para tratar temas muy serios, como es el caso, ¿no?

A. F.: Por supuesto, el cómic es un medio bastante llamativo para hablar de estos temas. De una manera visual podemos adentrarnos en temas complejos y llegar a un público que quizá no se había planteado ninguna cuestión al respecto. No sólo es un medio de entretenimiento, también de reflexión.

¿Y qué le aporta este género a una historia así? ¿La hace más fácil de digerir, favorece la empatía con los personajes...? Más allá de que este sea su elemento, ¿por qué contar una algo así como una novela gráfica y no como un tochazo de 500 páginas en Arial 9?

A. A.: [Risas] Es una buena pregunta. Es que yo manejo este lenguaje, que es más visual que literario, y es en el que me siento cómodo. Pero aunque sí es cierto que el cómic juega con la ventaja de poder consumirse en menos tiempo, puede llegar a ser tan poco accesible como cualquier medio. Ahí está From Hell, de Alan Moore y Eddie Campbell, que tiene un dibujo sucio y poco atrayente pero que, una vez te sumerges, te atrapa que da gusto. 

A. F.: Casi cualquier historia se podría contar a través de diferentes vías, pero la novela gráfica nos permite jugar con más elementos (no solo narrativos, también elementos visuales, compositivos y gráficos). Como ilustradora, veo más atractiva esta opción.

A todo esto, no es la primera vez que ustedes trabajan juntos. Ya lo hicieron (al menos) en Si pudieras cambiar el flujo, que se llevó el primer premio en la categoría ‘Cómic’ del CreaMurcia 2018. ¿Tienen nuevos proyectos juntos entre manos?

A. F.: Sí, así es. Hemos trabajado juntos en dos ocasiones, y aunque tenemos otros proyectos personales entre manos, estamos iniciando un tercer trabajo (muy interesante) juntos:una historia de ficción con raíces familiares y saltos temporales con un escenario impecable.