La llegada de la fotografía en 1839, con el proceso llamado daguerrotipo, fue un auténtico acontecimiento social pues supuso en gran medida la democratización del arte. Si hasta ese momento eran sólo las clases más altas las que podían tener acceso a un retrato propio, con este nuevo invento se posibilitó su apertura a la mayoría de ellos, pues frente a los altos precios de la pintura, la daguerrotipia tenía un costo mucho más asequible para cualquier estrato social.

Mientras que para unos fue el más notable invento del siglo hubo otros que sintieron cierto miedo y terror por su capacidad innata para atrapar la realidad con tanto detalle, y en ese clima de fascinación, por primera vez, las mujeres pudieron dedicarse a su práctica sin encontrar tantas barreras como en el ámbito de las artes plásticas, una libertad que iba en cierto modo ligada a la propia consideración de este nuevo invento como objeto no artístico, por eso se consideró que era una ocupación laboral respetable que no ensuciaba la reputación y honra de las damas, cuestión que tanto preocupaba a finales del siglo XIX.

Cuando las mujeres tenían casi prohibido pensar o expresarse con verdadera libertad, mucho menos tener una ocupación fuera del hogar, la almeriense Amalia López Cabrera sorprendió por su avanzado talante emprendedor y, en 1860, abrió un estudio de fotografía propio para dedicarse de manera profesional a este nuevo ‘arte’. Sin saberlo, esa hazaña la convirtió en una de las pioneras de la fotografía en España, pues aunque había otras muchas que en ese momento ya se dedicaban a esta ocupación, permanecían tras la sombra de sus respectivos maridos, mientras que ella, no sólo puso su nombre a su gabinete, sino que también lo gestionaba y era la creadora de cada una de sus imágenes.

Con tan sólo diecinueve años conoce a un viudo impresor de Jaén, Francisco López Vizcaíno, con quien se casó un año más tarde, trasladando su residencia a la ciudad de éste. Acostumbrada a la buena educación que había recibido en su familia, asidua lectora y de gran curiosidad, las expectativas en su nuevo hogar no iban a ser tan interesantes como quizás a ella le hubiera gustado, así que cuando escuchó las peripecias de un tal Conde de Lipa, recién llegado a la ciudad, aquellos comentarios pronto captaron su atención. El personaje en cuestión, un ex militar exiliado en Francia, amigo personal del creador del daguerrotipo, era fotógrafo transeúnte, como otros tantos recorría pueblos y ciudades ofreciendo sus servicios, y como se comentaba con gran expectación en aquellos lares, «enseñaba magia».

Poco tardó la joven Amalia en ir a visitarlo a su buhardilla para tomar unas primeras clases de aquel enigmático personaje, convirtiéndose así en su primera discípula.

Sus ganas de aprender y su capacidad pronto le hicieron alcanzar a su maestro, progresos que finalmente la animaron a abrir su propio estudio fotográfico. No era el primero en España, pero sí el único regentado por una mujer quien además firmaba sus obras.

Retratos, paisajes, las famosas tarjetas de visita, imágenes post-mortem y composiciones de cierta originalidad eran realizadas con la última tecnología por la almeriense no sólo en el interior de su estudio, sino también en el exterior, de hecho se sabe que viajó por diferentes puntos del país movida por esa inquietud personal que siempre la caracterizó. Considerada y respetada por sus compañeros de profesión, participó en el Concurso Nacional de Fotografía de 1868, recibiendo una mención honorífica por la calidad de su trabajo.

Cuando disfrutaba de un gran éxito profesional, una inesperada noticia cambió para siempre su destino: su marido recibe la concesión del Gobierno para imprimir La Gaceta Agrícola en Madrid, por lo que ella tiene que cerrar su estudio, y el matrimonio se marcha a la capital. A partir de aquí nada más se sabe. No continuó con su labor de fotógrafa, no volvió a regentar ningún estudio, no se tiene de ella ninguna noticia, su estela simplemente desaparece…, seguramente algo tuvo que pasar para que esa pasión por la fotografía se apagara en el trayecto de unos cientos de kilómetros hasta llegar a su nuevo destino, pero hasta ahora todo es una incógnita, hasta la misma fecha de su muerte es desconocida.

Es evidente que la historia que nos han enseñado está incompleta, no es del todo exacta, hay que volver a escribirla. Nos contaron que William Fox Talbot fue el inventor del calotipo pero nadie comentó que su esposa Constance fue la primera en tomar una fotografía, Anna Atkins fue pionera en la publicación del primer libro ilustrado íntegramente con fotografías, hecho que durante muchos años ha sido atribuido al mismo Talbot, recientes investigaciones realizadas por un historiador cordobés han demostrado que la española Sabina Muchart fue la primera persona en el mundo que tomó una fotografía de guerra… Si rascamos un poco sus nombres comienzan a salir por cada rincón deseosos de ocupar su lugar. 

Ellas también fueron incuestionables protagonistas: Jane Clifford en Madrid, Dolores Gil en Zaragoza, María Cardarelly en Santiago de Compostela, Josefa Plá en Valencia, Anaïs Napoleón en Barcelona, María Valdoví en Teruel, tantas son que se podría escribir una nueva historia de la fotografía en clave femenina.

No está mal recordar que desde hace unos años en Almería se viene reclamando una calle para Amalia López Cabrera… quizás sea por fin el momento de no volver a olvidar a la pionera de la fotografía en España, ni enterrarla en complejos, absurdos, e innecesarios trámites burocráticos.

¿Os habéis fijado qué pocas calles tienen nombre de mujer…?