El verano de 2020 fue distinto para todos. En general, todo el año (no cabe duda), pero cuando el calendario alcanzó la quincena vacacional y las playas reclamaron la presencia de los bañistas, las restricciones sanitarias se hicieron más pesadas de soportar. La covid nos obligó a reinventarnos, en cierto modo; y lo hizo en un momento en el que, tras el desconcertante sopapo inicial, el futuro se veía algo más claro. «Había luz al final del túnel», recuerda la profesora y poeta Rosario Guarino, doctora en Filología Clásica por la Universidad de Murcia. Incluso, confiesa que, en aquellos días, dudaba que las limitaciones duraran tanto como el mes de agosto. Se equivocó, pero el tímido hálito de esperanza que aquel pensamiento desprendía le acompañó durante aquellas semanas; tiempo (y energía) que aprovechó para, entre otras, escribir un diario personal que, bajo el título A la intemperie, se publicó originalmente en las páginas de este periódico para, ahora, ver de nuevo la luz editado por La Fea Burguesía. El resultado es una colección de reflexiones independientes –en forma de pequeños relatos– que construyen un viaje interior en el que los pensamientos de la autora se funden con la experiencia del necesario reencuentro con los otros y con la naturaleza. El libro se presenta mañana, a las 19 horas, en el aula Antonio Soler del Campus de La Merced.

No queda tanto para que se cumpla un año de aquel agosto de 2020... ¿Lo siente lejano o todavía muy presente?

Pues mira, sí. Porque viví aquel mes como un verdadero paréntesis, y solo pasado el tiempo me he dado cuenta de hasta qué punto lo fue. Aunque entonces todos teníamos esperanzas de que esta situación pasara pronto, ya ha pasado algo más de un año y todavía seguimos muy limitados por culpa del virus; y, claro, lo piensas y te desanimas. Ves cómo la gente se pone nerviosa, cómo cada vez hay más gente que se relaja, que infringe las normas... Pero aquel mes de agosto fue diferente: sabíamos que esto todavía no había acabado, pero veíamos la luz al final del túnel; es una sensación que ya no he vuelto a vivir... Pero no podemos perder la esperanza.

Imagino que con motivo de la edición de A la intemperie tuvo la oportunidad de revisitar los textos que escribió entonces para LA OPINIÓN. ¿Cuál ha sido su sensación tras releerlos?

[Suspira] Diría que una sensación como de intentar vivir la vida intensamente (aunque siempre dentro de las limitaciones). Casi que no nos podíamos relacionar con nadie, pero aquellos días me sirvieron para establecer una especie de contacto estrecho con la naturaleza, que si bien nunca va a poder suplir al físico o, más bien, al personal, sí puede ayudar a mitigar un poco esa sensación de aislamiento.

Se lo preguntaba porque, en cierto modo (si me permite la reflexión), A la intemperie parece un pequeño ‘oasis’ dentro de todo lo que fueron aquellos meses de pandemia. Es un ‘diario personal’ –como usted le ha llamado– de un verano frenético y fatídico para muchos, pero que leído en sus textos transfiere cierta sensación de calma. ¿Esa era su idea, ofrecer un pequeño soplo de aire fresco, salirse de los márgenes de la covid?

Sí. Mira, si te soy sincera, yo realmente pensaba que no íbamos a pasar el mes entero coartados por las medidas anticovid; creía que del quince no pasaba, pero pasaban los días y... [Risas]. Empezamos a leer en la prensa que hasta para ir a la playa iban a poner mamparas, o que ibas a tener que coger número (como en la carnicería) para meterte en el agua; era una situación ya no distópica, sino directamente surrealista. Pero a mí en verano me encanta madrugar para vivir el día desde los primeros rayos de sol; para escribir, para leer..., para intentar buscar un momento para mí, para estar en comunión con la naturaleza. Fue muy especial para mí, y más en un año tan extraño como el pasado... El mes de agosto de 2020 no lo voy a olvidar nunca por muchos motivos: por esa rareza, pero también porque disfruté muchísimo de espacios, de lugares, porque pude reflexionar mucho... Agradezco a José Antonio Molina y a Ángel Montiel [jefe de opinión de este periódico] que me animaran a escribir este diario, porque aunque hubo momentos en los que resultaba algo difícil encontrar algo sobre lo que hablar, me permitió responder a una necesidad inconsciente de expresar algunas cosas que tenía dentro dando vueltas. Y eso, por supuesto, de alguna manera me ayudaba a, como decías, mantenerme al margen de todo lo que nos estaba (y está) ocurriendo. Ojalá al lector también le sirve para ello.

En cualquier caso, me da que este diario fluyó de manera muy natural. Tengo la sensación de que la Charo Guarino más filóloga acaba dejando paso gradualmente y casi sin pretenderlo a la Charo Guarino más personal. No sé si está de acuerdo.

Tal vez sí. Confieso que a veces tengo un poco ese escrúpulo de que me surgen referencias clásicas y no se hasta qué punto mutilarlas o dejarlas salir, porque no las busco, surgen sin más. Pero es cierto que, en algunos casos, esa referencia se desdibuja tanto que desaparece, dando lugar a una introspección más profunda que no tienen tanto que ver con ese apunte literario pero que igual me permite ir más al fondo del asunto, y eso es bueno.

Al hilo de lo anterior, las ‘palabras’, digamos, van dejando paso a los paisajes o a las postales, a las fotografías. ¿Diría que son los dos pilares de A la intemperie?

Seguramente. Es que, mira, es verdad que yo me considero filóloga en el sentido estricto (amo las palabras), pero, por otra parte, también a nivel amateur me gusta mucho la fotografía. Y este verano, con una libreta y una cámara a mí ya no me hacía falta nada más [Ríe]. Son, digamos, mis dos pasiones (además de leer, claro). Intentar capturar esas imágenes, esos paisajes... Sobre todo me gustan los detalles, aquello que pasa desapercibido. De hecho, me pasa una cosa curiosa: yo soy una persona muy despistada, pero cuando miro a través del objetivo me descubro a mí misma reparando en cosas que a lo mejor parecen banales o superficiales pero que puede ser una puerta abierta a algo más, a una reflexión más profunda. La verdad, no sé si hay una progresión, pero desde luego las palabras y los paisajes o la fotografía son dos de los pilares de este libro.

Esas estampas o postales sobre las que diserta en A la intemperie también son, en ocasiones, recuerdos. En este sentido, llama la atención que en la introducción del libro asegura que esos pequeños viajes al pasado surgieron de manera casi sorpresiva.

Sí. Pero, es curioso: mira, en el último año he participado como jurado en varios concursos de relatos; uno de ellos, por ejemplo, el que organizó Mar Albero para el Aula de Mayores de la Universidad de Murcia. La idea era sacarles un poquito de todo eso que nos rodea, que aunque fuera por un rato no estuvieran demasiado centrados en sí mismos y en la covid. Pues cuando pusimos en común nuestras impresiones sobre los textos nos llamó poderosamente la atención el hecho de que casi todos se habían retrotraído al pasado para escribir sus relatos, pero tiene sentido. Creo que la memoria es una especie de salvavidas. Yo por naturaleza soy bastante nostálgica –tengo siempre un vinculo con el pasado que no termino de soltar– , pero en general es una reacción bastante natural: con el presente tan escurridizo y el futuro tan incierto, mirar al pasado nos sirve como asidero. Y con estos certámenes –con todos, no solo con el del Aula de Mayores– me he dado cuenta de que es un recurso bastante común, como una constante. Así que no soy muy original en ese sentido [Risas], pero es verdad que yo más bien suelo tender a la simbiosis entre el pasado y el presente, tanto por medio de las referencias al mundo clásico como con recuerdos de mi biografía personal. En un momento de dificultad, rescatar capítulos felices de nuestra vida nos puede hacer salir a flote.

¿El verano de 2020, con esto de mantener un cierto confinamiento, fue propicio para echar la vista atrás y para la reflexión sobre aquello que nos rodea? Usted habla mucho en su libro de la naturaleza...

Sí, puede ser positivo. Pero, como me comentaba un amigo, «los montes están deseando que abran los bares» [Risas]. Ahora menos, pero cuando todo estaba cerrado hubo mucha gente que acercó al campo, a la naturaleza; pero algunos, no porque les gustase, sino porque no había más cosas que hacer. Y la mayoría de la gente es muy respetuosa con el entorno natural, pero igual en algún caso no ha sido tan positivo este acercamiento a los montes... En cualquier caso, creo que, en general, este episodio sí que está haciendo que volvamos a darnos cuenta de la belleza que hay a nuestro alrededor, y también de que merece mucho la pena cuidar de nuestro entorno y, también, de la relación entre las personas, de la familia. Hay muchos padres tal vez antes de la pandemia no se fijaban tanto en lo importante que puede ser compartir momentos con tus hijos, y aunque las pantallas nos dominan, se ha encontrado un hueco para compartir vivencias con ellos. Y eso me retrotrae a la infancia –como decíamos antes–, a cuando nuestros padres nos cogían un domingo y nos llevaban a pasear por el campo.

¿Qué ha extraído Charo Guarino de esta experiencia, de escribir este diario?

Pues ha sido un fantástico ejercicio de introspección y de síntesis. Yo a veces soy un poco perifrástica [Ríe], me cuesta centrarme y concretar; por eso me gusta tanto la poesía, porque además de para expresarme, me obliga a sintetizar. Y con estos textos, que son reflexiones en forma de relatos breves, me ha pasado algo parecido. Y aunque suene un poco cursi, me ha ayudado a conocerme un poco a mí misma. La escritura, en general, es una gran herramienta para llegar a ese intento de saber quiénes somos; porque siempre se queda en el intento: ni siquiera nosotros mismos nos conocemos nunca del todo.

Por cierto, aunque da alguna pista (sobre todo con esos versos que encontramos nada más abrir el libro)..., ¿por qué el título A la intemperie?

Porque es así como me sentía escribiendo estos textos. Además de que es una palabra que me gusta mucho, ese ansia por disfrutar del aire libre me dio un buen pie para el título. Porque aunque la expresión ‘a la intemperie’ tenga connotaciones negativas (sin un lugar en el que cobijarte), también refleja a la perfección esa necesidad de salir al exterior y dormir bajo las estrellas sin las limitaciones forzosas que habíamos tenido semanas atrás. Eso, por un lado (‘físico’, digamos). Por otro, está la idea de exteriorizar mis emociones, mis sentimientos, eso que bulle dentro; de ponerlo ‘a la intemperie’.

Por último, parece que esta primavera nos va a tocar verla otra vez «desde la ventana». ¿Tiene esperanzas de que el próximo mes de agosto lo vayamos a poder vivir de otra manera?

Pues la esperanza la tengo, pero conforme pasa el tiempo... Por un lado, ves el final más cerca, pero, por otra parte, echas la vista atrás, ves que llevamos así y es fácil caer en el desánimo... Luchamos entre esa esperanza que no debemos perder y ese hastío, tedio y malestar que genera la situación, y que al final se refleja en nuestras relaciones con los demás, en la situación política...