Me contaba una persona muy cercana que en su infancia, allá por los años sesenta, llegaron a la ciudad de Murcia tres personas negras procedentes de Costa de Marfil traídas por los hermanos Maristas. Era la primera vez que en la ciudad se veían personas de color, nunca nadie había visto un negro en directo y aquello causó un cierto revuelo. Los niños los miraban con una mezcla de recelo y curiosidad y todas las tardes acudían a la misma esquina, justo en frente del trabajo de uno de ellos, para poder observarlos de cerca; para ellos era como una especie de atracción.

Las cuestiones de discriminación racial son una de las peores manchas de nuestra historia. Hasta hace bien poco la presencia de personas de raza negra en occidente era algo extraño e inusual, nunca fueron tratados desde un sentido igualitario de la dignidad, aquella que toda persona merece, eran simplemente negros. En esa escala de la inferioridad, la alargada sombra de la discriminación se vuelve mucho más densa si además eres mujer y con pretensiones de ser artista, una combinación de fatales ingredientes con los que cada día tuvo que luchar la primera escultora afroamericana, María Edmonia Lewis.

Nacida de condición libre, su padre, un afroamericano, y su madre, una india chippewa, murieron cuando ella apenas tenía cinco años, por lo que no le queda más remedio que ir a vivir con la tribu nómada de su familia materna hasta que en 1859 uno de sus hermanos, que había ganado dinero en las minas de oro, la ayuda y se matricula en el Oberlin College con quince años. Allí descubrirá su pasión por el arte.

Ese mismo año, el abolicionista John Brown proclamaba un levantamiento armado contra la esclavitud, motivo por el cual es ejecutado por el gobierno de los Estados Unidos. El ambiente entre los estados esclavistas y los estados libres es insostenible, los oprimidos han decidido luchar por su libertad, así que la vida de una chica negra en una comunidad mayoritariamente de blancos fue todo menos fácil.

El día a día se convirtió para Edmonia en un constante campo de batalla, sufría humillaciones continuas, bullying lo llamamos hoy, hasta que finalmente fue acusada de envenenar a dos de sus compañeras de cuarto blancas con la única intención de que fuera expulsada. Tras un juicio al que se le dio mucha publicidad, fue absuelta, pero un grupo de radicales, no contento con esta resolución, la acorraló hasta darle a la joven una brutal paliza, golpes que no disminuyeron sus ganas de seguir aprendiendo a pesar de la hostilidad de todo aquello que la rodeaba. La siguiente denuncia, esta vez por el robo de material de arte, terminó con su expulsión definitiva y la interrupción de sus estudios.

Gracias nuevamente a la ayuda de su hermano, consigue marchar a Boston, donde después de las negativas de tres escultores, que no estaban dispuestos a tomar como aprendiz a una mujer negra, conoce a Edward Brackett, quien le enseñará sus primeras nociones de escultura gracias a las que comienza a dar forma a sus primeras obras: bustos y medallones con los retratos de los más conocidos abolicionistas que tuvieron una gran aceptación, sobre todo los de John Brown, uno de los héroes de la causa, hasta el punto de que le permitieron financiarse su viaje a Europa para conocer la obra de los artistas clásicos. «En la tierra de la libertad no había espacio para una escultora de color», se lamentaba.

Tras pasar por Londres, París y Florencia, Lewis se instala definitivamente en Roma donde se relaciona con un grupo de escultoras estadounidenses que no estaban tan preocupadas por su color de piel. Allí toma contacto con el mármol, material en el que encontrará el medio perfecto para combinar ese estilo de corte neoclásico donde sus raíces afroamericanas y aborígenes se entremezclan con la mitología o la religión. Abrió su propio taller y mandaba toda su producción a Boston, consiguiendo importantes beneficios (la prensa de la época cita cantidades como 50.000 dólares), así que su nombre se hizo más que conocido, esa alusión a sus orígenes nativos y hacia la esclavitud la convirtieron en una referente, era algo así como la influencer del momento, todos los antiesclavistas querían conocerla, hasta el punto de que su estudio era visita obligada para muchos de ellos.

De las muchas obras que consiguieron el reconocimiento de la crítica dos son perfecto ejemplo de su arte: Libre por siempre, protagonizada por una pareja que rompe las cadenas de su esclavitud, y La muerte de Cleopatra, obra expuesta en Filadelfia en 1876, que debido a su peso, cerca de dos toneladas, la artista nunca pudo recuperar pues los gastos del transporte eran demasiado elevados.

A partir de aquí todo es un misterio en la vida de Edmonia Lewis. Su fama se fue apagando poco a poco hasta desvanecerse en el camino. Al igual que parte de su infancia es todavía una incógnita también lo son sus últimos años de vida. No se sabe exactamente qué le sucedió. Durante mucho tiempo existía la creencia generalizada de que murió en 1911 en Roma, pero el trabajo reciente de una investigadora ha descubierto que fue en el año 1907 en Londres, donde descansa bajo una tumba, hasta ahora anónima, en el cementerio de Santa María, hoy bajo un bloque de mármol negro que recuerda el nombre de la primera mujer negra en conseguir la fama y el reconocimiento, su historia y su lucha ya nunca más permanecerán en el olvido.

Para rememorar su nombre, cada vez que alguien visite su tumba debería saludarla con la palabra africana ‘sawabona’, pues le estará diciendo: «Yo te respeto y te valoro. Eres importante para mí». Seguro que desde el otro lado ella responderá: «Shikoba» (‘Entonces, yo existo para ti’).