En la cabeza de un escritor no se escuchan disparos. Sólo hay bosque de monte alto y a refugio en cuya densidad de árboles y maleza se pierden los cartuchos. Rojos, verdes, con baso de color oro, cargados de perdigones que no impacta en nada. Son igual que palabras de segunda mano, sin fuerza, incapaces de hacer diana, de abrir en la página una herida por la que la historia y sus personajes sangren. Sobre todo si uno escribe o intenta hacerlo acerca del conflicto en Euskadi durante los años ochenta, y sentir que lo que escribe tiene cuerpo, aliento, verdad, todo lo que una buena historia necesita para que un libro se sacuda el peso del éxito de uno anterior, rompa el bloqueo del miedo y reconcilie al escritor con el autor que lleva dentro.

Desnudarse es el secreto, pero para ello encontrarse a sí mismo es lo primero. No sólo a solas con la taza de café en una mano y frente a la ventana a cuyo pie aguarda una página muda en una pantalla. También con la mujer con la que se ha creado una familia y en la que se deposita la evaluación de la escritura, la brillantez o la censura de lo literario y de lo que no sirve, y de la que se admira su talento de lectora con el mismo ahínco con el que se niega su talento de escribir a la misma altura. Y con las hijas que ya no son niñas y por las que un padre teme cuando lee la violación de una chica como ellas en las calles normales de la vida de todos los días. Y con los padres que ya han perdido su condición de independientes y con los que nunca deja de haber cuestiones sin resolver. Demasiados secretos consigo mismo, con su mujer, con sus hijas, con su padre, con su madre, con el editor que espera que en la cabeza del escritor se escuchen disparos y los mismos se cobren una buena pieza.

De esto va mucho la novela La casa del padre de Karmele Jaio, y en cuyo relato no dejan de verse las cosas de los hombres con ojos de hombres, las de las mujeres con ojos de mujeres y lo más importante con los ojos con los que las segundas enseñan a los primeros a mirarse y a mirarlas. Una lección sin dogmatismos, muy humana en su sencillez y en su hondura, en la piel que se siente, en los derechos que reivindica, en la sinceridad de las emociones que agita.

Nada es peregrino ni frívolo ni efectista. Suenan los argumentos a persona que ha vivido, a ideas que se comparten y que demandan, a puentes en los que reencontrarse para avanzar de manera más justa, más valiente en otros aspectos, más real y acorde al presente de los miedos, de las debilidades, de las nuevas estructuras sociales, de la liberación de herencias y de culpas, de silencios ocultados y de violencias que en su eco no han sabido curarse de rencores, de desencuentros, de cegueras. En lo político, en la relación de pareja, en el dominio de lo patriarcal, en las renuncias impuestas, en los fracasos.

Su latido, brillante en el negativo social que retrata y en cómo sutura heridas sin querer dejar cicatrices, es lo que subyace en el vientre de la trama en torno al bloqueo de Ismael Alberdi, incapaz de sacar a sus personajes a la calle y en su relación con Jasone, liberada de su bloqueo literario por no dañar al marido al que le mejora su mundo y su literatura, y en la hermana Libe, activista abertzale y homosexual, que a su vez es la mejor amiga de la mujer del hombre que ha de cuidar al padre con quien tiene una relación en blanco, lo mismo que con su escritura.

Y de fondo la madre enferma, y la cima de Olarizu donde los recuerdos, los miedos, los celos, los traumas, son raíces del mismo árbol del que escuchamos su savia a tres voces. En primera persona del femenino y en segunda del masculino, con mucha carnalidad y magnetismo, con metaliteratura y radiografía sociológica que le confiere a la novela credibilidad y cercanía.