El cierre de la ecléctica y acertada programación del 37º Cartagena Jazz incluyó una fiesta latina con Zenet, el denominado Tony Bennet español, y el sobresaliente pianista cubano Roberto Fonseca.

El malagueño Zenet es un auténtico animal escénico con un enorme poder de evocación, un 'showman' de pies a sombrero; salió al escenario con una seguridad y solvencia que trasladó a los asientos. Su concierto resultó un viaje interior y exterior, una degustación de múltiples sabores que van a la perfección con los maravillosos textos que Javier Laguna ha escrito para sus canciones, y que se sienten tan cercanos al oírlos en la voz e interpretación de Zenet, un artista que cautiva a su público allí donde le toque lidiar.

En Cartagena se encontró Zenet un público con muchas ganas. Aunque lo suyo suene más a club y cabaret, tampoco le viene mal ejercer en un festival de jazz tan ecléctico como este. Martillo pilón pegando en pared de hierro: así comenzaba el show, presentando Fuiste tú, de sabor caribeño, y deshojando los temas con ese deje tan suyo, más andaluz que flamenco, de crooner castizo. Es música de toda la vida. La presenta con atuendo elegante y actitud canalla, de seductor algo picarón, siempre coronado por su sombrero. Acompañado de su formidable banda de jazz, las piezas cogen vuelo y dejan salir la pulsación jazzística. Y es que esas historias de almas y cuerpos rotos, corazones frágiles y amores de final de película en blanco y negro, con personajes montados sobre ondulantes habaneras, swing de cansado piano, chanson, tango, copla, son, 'filin', bossa, canzone... resultan de una sencillez y una eficacia impresionantes, se cuelan por las rendijas del alma.

Con un muy buen sonido y entrega total de los músicos, el enorme Pepe Rivero al piano, el ex Irakere Manuel Machado a la trompeta, Raúl Márquez al violín, Irvys Méndez al contrabajo, Moises Porro a la batería y, por supuesto, José Taboada a la guitarra, crearon el ambiente que Zenet necesitaba para exponer las canciones, una sucesión de éxitos en la que tuvieron cabida sus temas más emblemáticos, como Estela o Soñar Contigo -que cerró el concierto-, junto a piezas de su nuevo disco ( Si sucede, conviene), del que presentó Pura envidia, Mereció la pena, Mil veces prefiero, o Fue por casualidad, un auténtico delirio en directo que dio pie a la presentación de sus músicos. Una peculiar propuesta, bailes incluidos, en la que confluyen de forma promiscua la distinción del jazz de club, la guasa del flamenco de taberna costera, el dramatismo de los amores tormentosos que describen los boleros y el tono chulesco y arrastrado de los tangos de arrabal. Un mestizo lienzo que dibujó Zenet, un gigante sobre el escenario, que domina sin sobreactuar, sin histrionismo sus músicos. Y el discurso de este Sinatra sureño se recibió con una naturalidad incontestable.

Cuba es la sangre caliente

Roberto Fonseca es un sobresaliente pianista cubano de la nueva generación - la siguiente a la de Chucho Valdés-, jóvenes establecidos la mayoría en los EEUU y Canadá, muy al norte de la isla donde el Jazz y la contradanza se reflejaron en el Caribe. En muchos aspectos, Fonseca es el más influido por África, pero también es el más 'cubano', si es que hay un estilo que se pueda llamar así.

De apuesta figura, vistiendo sombrero y traje azul, Fonseca comenzó con su reinterpretación de Cubano Chant, una pieza del pianista jazz estadounidense Ray Bryant , con todo el sabor de los años 50, que tiende puentes entre el jazz y la música cubana, plagada de guajeos geniales, ese toque repetido y constante en las orquestas y conjuntos de salsa, con el vigorizante impulso que le proporcionó una compacta sección de viento. Luego se pasó al hammond en Family, donde el cubano se mostró travieso y encantador sacando a los metales al centro del escenario para desplegar divertidas coreografías de poses junto a sus músicos, y animó al público a dar palmas antes de volver a cambiar de onda. Esos dos primeros números fueron termonucleares, liberando una energía increíble: El saxo barítono sonaba muscular, mientras el tenor casi intimidaba sugiriendo la grandiosidad de esta música , que puede sonar explosiva, sombría o espiritual. El batería, con el añadido de un percusionista, y el bajista son el pegamento que une la sección de viento al piano de Fonseca. Ambos estaban siempre pendientes de la rápida progresión de sus ideas, ya sea jugueteando, en momentos introvertidos o en explosiones apasionadas. Contradanza Del Espíritu echó mano de algunos efectos electrónicos, y el bolero Bésame Mucho comenzó con Yandy Martinez insinuándola solo en el escenario oscuro, arco en mano, majestosamente acariciando su contrabajo mientras elaboraba transiciones sombrías, encantadoras, serenas. La interpretación instrumental de Fonseca sonó intenso y voluble, como si fuera el bolero definitivo.

Los solos de piano fueron generosos y expresivos. Cuba es la sangre caliente, y Fonseca, el pianista cubano más en boga, ha regresado a sus raíces; se ha concentrado en la cultura de lo que llama «la Tierra Santa de Cuba», de espíritu santero, en su último álbum, ABUC, que predominó en el estimulante caleidoscopio musical que fue su concierto. En él sugiere una mirada de hoy a estilos como el bolero, la guajira, la contradanza, la habanera y diferentes formas afro-cubanas. En su concierto siguió las líneas principales del disco, pero por rutas más del jazz. Del jazz a Cuba; de Cuba al jazz, y en una impresionante variedad de estilos, donde no faltó un frenético mambo ( Afromambo) que imitaba el sonido de los años 50 con algunos efectos electrónicos contemporáneos. A veces daba la impresión de que se escuchaba a la vez jazz, síncopas cubanas y música clásica, todo bien encajado.

Fonseca sabe ser íntimo, deja respirar, y sabe dejarse llevar por la espiritualidad, quizás emulando a Coltrane, pero provoca numerosos contrastes y anticlímax. El cierre del concierto lo puso él, introvertido al piano, demostrando poder, fluidez y ritmo. Terminó tocando uno de juguete y haciendo cantar al público. Roberto Fonseca sigue su búsqueda, aunque diera la impresión de no ofrecer todo su talento.