Con pinceladas abruptas y eufóricas surgen los paisajes que imagina Manuel Pérez, de 34 años. En los primeros meses de este año, su trabajo se ha expuesto en Madrid, Valencia, Cartagena y Murcia; y seguidamente sus cuadros se colgarán en importantes galerías de Italia y España. Pérez absorbe el paisaje cotidiano para convertirlo en transcendental. «Una obra sincera -afirma- se sublima y puede llegar a ser eterna». Su nueva producción aparece rebosante de siluetas de figuras humanas y otras «series consecutivas» de plantas cactáceas, que convierte en modernos iconos vegetativos.

La Editorial Godoy le ha publicado un bello libro, donde 430 páginas recogen más de 600 obras, bajo el enunciado Un buen día. Este mismo título le ha interesado a Floriana Tondinelli, directora de la galería Tondinelli, para denominar la colectiva de artistas europeos y americanos que se presenta en breve en Roma (Vía Quattro Fontane, 128), y en la que participa el murciano con dos obras en acrílico sobre lienzo.

Su pintura se ofrece vitalista. ¿Qué intenta transmitirnos?

Anhelo extraer la esencia del objeto, bucear en la realidad que me rodea y transferir a la superficie esa fuerza y energía. Procuro descifrar la magia del elemento cotidiano… Y todo este ejercicio lo codifico a modo de pregunta para que el espectador observe y se interrogue.

Ha vivido siempre rodeado de huertos y jardines. ¿Son determinantes sus recuerdos de infancia en sus producciones?

Sí, claro. Todas las experiencias se filtran y se convierten en presente al trasladarlas al lienzo. La naturaleza es un argumento recurrente y aquellas macetas con cactáceas, cactus... contempladas a la luz mediterránea del atardecer, me recuerdan momentos decisivos de mi niñez.

Trabaja frecuentemente sobre superficies de gran formato. ¿Se esconde alguna frustración?

No sé. Me hace pensar... También utilizo formatos medianos y pequeños. Soy consciente que el gran formato despierta más expectación. En un proyecto de grandes dimensiones me libero de tal manera que llego a ‘entrar’ físicamente en el cuadro y me convierto en parte de la escena; construyo desde dentro. El formato reducido, en cambio, me facilita una visión más distante.

¿Cómo converge la luz en su pintura?

La luz me llega mediante la aplicación del color. La sombra intensifica y también aporta luz; una luz complementaria. Las degradaciones del color van proporcionando vida a la imagen, porque la luz viene a ser la melancolía en el cuadro.

¿Pinta usted igual que piensa?

Me gustaría pensar igual que pinto. Creo que pinto mejor que pienso. Utilizo la pintura para reflexionar, para conocer mejor mi entorno y a mí mismo. Mi espontaneidad me lleva a expresarme con impulsos y arrebatos pictóricos.

Siendo aún un artista muy joven, se beneficia de la generosidad de un mecenas, como aquellos que antiguamente velaban por el arte y sus creadores. ¿Se considera un privilegiado?

Sí, me siento un privilegiado; primero, porque a los demás les gusta lo que realizo y, segundo, porque también puedo vivir de la pintura. Aunque resulte extraño en nuestros días, he encontrado una familia generosa que cree en mi trabajo de una manera especial y apoya el arte como los mecenas renacentistas.

La obra de este prolífero pintor se cotiza en alza y sus exposiciones se demandan dentro y fuera de España. No obstante, confiesa que se encuentra en «un cauteloso aprendizaje». Estos días, para un selecto grupo de clientes de la Galería Chys de Murcia, Pérez ha hecho en exclusiva una serie de cien cuadros de cactáceas. El artista continúa ilusionado porque asegura que está viviendo «momentos felices que favorecen a la pintura». Manuel se rodea de naturaleza, pigmentos y pinceles, que junto a su esposa Ruth y a su hijo de 20 meses, Ciro, son quienes le ayudan a seguir dibujando parábolas cromáticas sin convencionalismos ni prejuicios.