Los seiscientos pepenadores, también llamados hurgadores o escarbadores de basura, que trabajan en turnos de seis horas y media inmersos en desperdicios, con un descanso de media hora para comer, separan de los montones de restos los plásticos, cartones, vidrios, trapos, papeles, bricks y demás material aprovechable del simple desecho inútil, en el centro de separación del Bordo Poniente.

Éste es el vertedero más grande de Latinoamérica y está situado en Ciudad de México.

Mide 1.000 hectáreas, aunque en la actualidad están en uso tan sólo 420, y desde su inauguración en 1985 lleva acumuladas entre 50 y 60 millones de toneladas de basura.

En Ciudad de México, con 20 millones de habitantes, se producen 12.500 toneladas de basura diarias, 1,3 kilos por habitante.

"No somos rateros, no matamos, no hacemos daño a nadie", afirma Pablo Téllez, el líder de estos "profesionales" del Bordo Poniente, y pide que se trate con respeto a sus compañeros, ya que a menudo se les ha despreciado por "trabajar de la basura".

"Nacimos en una parte de la ciudad donde no teníamos nada", dice a Efe este anciano que comenzó a escarbar entre los desechos en la década de los treinta o cuarenta y cuya familia ya vivía de eso.

Conseguir que se les respete ha sido una lucha grande "de muchos años", señala Téllez, quien añade que, después de todo, ahora tan sólo son "un poco más" respetados.

"Casi todos nacimos en la basura, no estudiamos, no teníamos dinero, a veces ni siquiera comida", pese a lo cual rechaza que sean ignorantes y asegura que son unos esforzados trabajadores.

Téllez consiguió del gobierno en la década de los ochenta 500 viviendas para su gremio de pepenadores, lo que considera el momento cumbre de su lucha por los derechos de sus compañeros.

A finales de la década pasada el gobierno capitalino llegó a un acuerdo con los pepenadores para que se retirasen de las montañas de basura del vertedero de la capital, El Bordo Poniente, y se instalaran en tres "centros de separación" repartidos por la ciudad, el de Santa Catarina, el de Aragón y uno en el propio Bordo Poniente.

Los centros son semejantes a grandes fábricas, donde ponen la basura en cintas transportadoras para separar los residuos aprovechables.

El hijo de Téllez, Javier, destaca que en los últimos años ha bajado la calidad de la basura, en parte por la pre-pepena que realizan los trabajadores del servicio público recolector de basura.

Antes, las mejores épocas para la pepena eran Navidad, Año Nuevo, Reyes y el Día de los Difuntos, pero en los últimos años ha bajado hasta en un 20 por ciento lo que llega a las plantas aprovechable.

A pesar de ello, Javier reconoce que siguen llegando personas en busca de trabajo, porque lo que se gana de la pepena puede superar el sueldo mínimo mexicano, 50 pesos diarios (unos 4,5 dólares).

Sin embargo, Téllez explica que rara vez incorporan nuevos pepenadores a sus filas "porque lo que se saca de la basura es lo mismo, y tocaría repartir el dinero entre más".

Ante esto, gente necesitada se interna de forma clandestina en los tiraderos para sacar provecho de los más de 12 metros de altura de basura acumulada en el Bordo.

"Fuimos considerados los primeros ecologistas por nuestra labor de separación de los residuos", explica Javier, aunque técnicamente no dividen entre reciclable y no reciclable, sino entre lo que tiene mayor valor comercial y lo que no.

Javier Téllez reconoce que si la gente cumpliera con las normas de reciclaje que se impusieron en la ciudad en 2005, aún les llegaría menos material con que trabajar.

Sin embargo, asegura que él está a favor del reciclaje, que en Ciudad de México en la práctica no se hace.

"Ya nos adaptaremos a los nuevos tiempos si es necesario para que la sociedad mexicana avance, siempre lo hemos hecho", concluyó.