18 de noviembre de 2019
18.11.2019
La Opinión de Murcia
Cartagena Jazz Festival

Cartagena Jazz Festival, Ángel o diablo

La elegancia dulce de Stacey Kent y la intensa, y a la vez sencilla, Mélanie De Biasio se apoderan del Cartagena Jazz Festival en su cuarta jornada

17.11.2019 | 20:49

Dos de las voces femeninas que dominan el panorama jazzístico actual protagonizaron este sábado la cuarta jornada del Cartagena Jazz Festival: Stacey Kent y Mélanie De Biasio; dos personales propuestas creadas por mujeres de estilos lejanos, ángel o diablo, de hondo calado.

Stacey Kent, la estrella multi-platino del jazz international, abrió la velada presentando en formato de quinteto su nuevo álbum, el orquestal I know I dream, ante un público extasiado. La voz de Kent evoca con destreza los paisajes ensoñadores de sus influencias, francesas y brasileñas sobre todo. Alentada por el simbiótico acompañamiento de su marido –el músico, arrreglista y compositor Jim Tomlinson–, el repertorio de Kent se mostró elegante, agradable y meticuloso.

Kent es una descendiente natural de una tradición asociada a Astrud Gilberto y Blossom Dearie. Ella y Tomlinson, con un estilo fluido y aterciopelado, poco a poco han ido expandiendo su alcance musical. Tomlinson, cuyo lustroso saxo tenor, discreto y a la vez sofisticado –aires tanto de Stan Getz como de Lester Young se vislumbran en su estilo–, ha añadido la flauta a su arsenal instrumental. Sus aportaciones son inmensas, y el conjunto de ambos es más que la suma de las partes.

Arrancaron con Under Paris skies, versión en inglés de Sous le ciel du Paris, que interpretaron renombrados artistas como Juliette Greco y Édith Piaf. La cantante estadounidense posee una dicción portentosa y un perfecto dominio de varios idiomas. Es la sencillez hecha canto, capaz de hacerlo todo bien sin aparentar esfuerzo. Fraseo elegante, armonioso, tierno, seductor. Actualmente casi nadie le puede hacer sombra. Recuerda a una Julie London más jazzy.

Es cierto que Stacey Kent interpreta jazz, pero lo hace a su manera; es cierto igualmente que pertenece a la escuela clásica de las grandes voces, que utiliza el scat, tiene swing y feeling y una muy buena técnica. Aunque pueda pecar de excesivamente cool, tuvo, gracias a sus músicos, el necesario ingrediente de sosiego para que su voz de protagonista brillara.

Especialmente en los medios tiempos es donde Stacey Kent hizo gala de su excelente voz. Su impecable dicción resaltó aún más cuando interpretó en francés Les eaux de Mars de Jobim, cantando con maduro aplomo, adornada con fraseos que enfatizan las letras, un sonido cálido y cercano, y un toque elegante del vibrato, con el que termina la mayoría de sus líneas. Resulta imposible no deleitarse con los silencios cuando interpreta, en clave jazzística, a Serge Gainsbourg en Les amours perdues, o la intensidad dramática en Photograph de Tom Jobim, al que también cantó en inglés con Quiet nights of quiet stars ( Corcovado). La influencia de los sambas y la bossa nova ocupa ahora más repertorio: ritmos tranquilos que encajan perfectamente en su estilo para las distancias cortas. Y así podríamos seguir con If you go away (versión en inglés de Ne me quitte pas de Jacques Brel), la apasionante y sensacional Summer me, winter me de Johnny Mathis, la festiva Upa neginho de Edu Lobo, más conocida por la versión de Sergio Marques; la curiosidad vintage If I'm lucky, un hit de los 50 del crooner Perry Como, y el regalo final con Stardust del genial Hoagy Carmichael, que interpretara entre otros Nat King Cole. La ejecutó de manera sublime, permitiéndonos creer que estábamos flotando sobre una nube con un ángel, o paseando por la orilla del Sena un día lluvioso junto a Jean Seberg.

Los arreglos permitieron al contrabajista Jeremy Brown y el batería Josh Morrison colorear atmósferas; el pianista Graham Harvey, heredero del talento de Dave Brubeck, se mostró dueño de una afinación excelsa, pero quizás les faltó a veces resonancia emocional en las baladas.

Stacey es suave como un jersey de angora en una tarde fría de invierno, un delicado masaje sonoro. Cuanto más suave canta, más sentimiento expresa. Fue el caso de What you doing the rest of your life, mucho más penetrante a ritmo lento. Alguien aseguró que «escucharla era amarla», y eso ocurre con esta neoyorquina reconvertida en exitosa cantante de jazz clásico e intimista, que suavemente se apropia de la voluntad del público con elegancia, discreción y fragilidad. Dulce, delicada, Stacey consigue emocionar y llegar al corazón.


La belleza sombría de la cantante Mélanie De Biasio puso el cierre a este doble programa femenino. Vino con una banda nueva, distinta a la que le acompañó hace cinco años (ya no están los dos teclistas de antes: los sustituye otro que controla no menos de cinco instrumentos; el bajista alterna entre bajo acústico, bajo eléctrico y guitarra eléctrica; también había un baterista). Esta banda sonó más áspera. Antes, con dos teclistas, resultaba armónicamente más sutil, y francamente más interesante.

Ella también parecía distinta en cierto modo. Todavía compone canciones a lo Brel de abandono y decepción en relaciones sin amor; pero, aunque su música es ahora más lóbrega si cabe, sonreía de vez cuando, como sugiriendo que la envolvente oscuridad de las canciones es solo una pose. Su actuación fue muy teatral, como siempre, sofisticada pero espasmódica, con poses simiescas, gestos extraños y elocuentes de la mano derecha sujetando la flauta como si fuera un cetro, andares de bailarina en puntas recordando a Prélude à l'après-midi d'un faune de Debussy, y la cuarta pared intacta. De Biasio, una Peggy Lee de gris oscuro envuelta en un ambiente de sótano propio de la Velvet, está preparada para un reconocimiento más amplio.

El sonido de De Biasio, tan distintivo, es el resultado de restricciones autoimpuestas, un minimalismo que surge de reducir cambios de acordes y casi prescindir de los solos, todo discretamente apuntalado por la batería. Cuando Mélanie toca la flauta, es a menudo una breve secuencia de notas largas y graves. La idea es mantener un ambiente intenso, onírico, de pesadilla a veces, como en Brother, una lenta y sombría marcha fúnebre que va aumentando en intensidad, o And my heart goes on, de una tristeza implacable –la podría haber compuesto David Sylvian de Japan–, en un tono solemne que se vio roto por unos aplausos inoportunos.

Hubo sorpresas también. La preciosa One time tenía mucho de balada convencional; a Melanie la acompañaba solo el pianista, mientras él y el bajista aportaban sutiles armonías vocales. Siguió I feel you, respaldada solo con percusión. La batería era el complemento de De Biasio, el corazón de su alma. Y todo lo intensificaba una meticulosa iluminación que aportaba un ambiente de escalofrío, tipo Angelo Badalamenti para David Lynch.

Mélanie De Biasio es única en su especie. Desde que publicó su primer álbum, se habla de ella predominantemente en un contexto de jazz, pero en su concierto demostró que hay mucho más. Recurrió sobre todo al último álbum, Lilies (2017), confirmándolo como su mejor trabajo hasta ahora: una colección de canciones seductoras con el nivel justo de misterio e intriga. Comenzó con Let me love you y un sonido severamente controlado. En su estilo vocal, y con su respiración, quizás haya matices de Nina Simone y Sade, pero los arreglos sencillos y los adornos sutiles son igualmente importantes para establecer su sonido. Brother sobre todo se despliega lenta y deliberadamente, y en su apertura suena casi a post-rock.

Hay algo como secreto, casi ilícito, en las canciones, que se construyen lenta y poderosamente. Gold junkies acelera relativamente, dominada por los susurros de su intensa voz. Poco a poco se lleva al público a su terreno con la belleza oscura de Afro blue, que mereció extensos aplausos.

De Biasio es muy convincente como intérprete; es fácil asumir la desesperación que expresa, por ejemplo, en All my worlds. Empezó con un monótono dron de órgano y se internó en territorios más oscuros y abstractos. Con su continuo chasquear de dedos afilaba los bordes de la música. En los momentos más descarados, recordaba a Peggy Lee cantando Fever, tremendamente sensual.

Recurrió a su álbum No deal más avanzado el concierto, con The flow y el tema titular. Terminó entre luces tenues, enigmática y sugerente, con una versión de I'm gonna leave you (Nina Simone), que confirma su estilo musical, claramente definido, pero que también merece ser escuchado fuera de terminologías restrictivas. La han llamado la Billie Holiday belga por la profundidad y emoción que transmite su voz, y una parte del público quedó inmediatamente seducido por esa música oscura y desconcertante, aunque hermosa y cautivadora, que hace brotar las heridas y las penas. Elegante mezcla de jazz con reminiscencias trip hop (versión Portishead), melancólica, lenta, suave. Esta voz, seguro, tiene algo extraordinario, una belleza inquietante.

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