10 de noviembre de 2019
10.11.2019
La Opinión de Murcia
Cartagena Jazz Festival

Cartagena Jazz Festival: Sons Of Kemet y Makaya McCraven, encuentros en la tercera fase

La banda de jazz afro-futurista y el visionario baterista protagonizan la tercera noche de jazz en Cartagena

10.11.2019 | 04:00
Hutchings, Tom Skinner, Seb Rochford y Theon Cross componen la banda Sons of Kemet.

Mayaka McCraven y Shabaka Hutchings, líder de Sons of Kemet, son dos de los nombres más destacados de la nueva ola del jazz, y fueron los protagonistas de la tercera jornada del Cartagena Jazz Festival.

Algunos de los mejores talentos del jazz británico más progresivo se encuentran bajo el nombre de Sons Of Kemet, banda de jazz afro-futurista con un poderoso mensaje de unidad intercultural que lidera Hutchings, compositor y saxofonista (también toca el saxo en The Comet Is Coming y Shabaka & The Ancestors, pero reserva la música más muscular y estridente para sus 'hijos') liberando toda su furia junto con Tom Skinner y Seb Rochford, ambos a la batería formando un dúo inigualable, y Theon Cross con la tuba. La sinergia del grupo lo conduce todo, sea cual sea la dirección, pero siempre con un mismo resultado: la histeria de los que escuchan. Y su sonido, explosivamente funky, se siente ilimitado. Una interesante experiencia sensorial.

Shabaka Hutchings rápidamente se está convirtiendo en un nombre familiar fuera de los círculos del jazz, debido en buena parte a su impresionante habilidad para conseguir ser nominado a los premios Mercury. Sons of Kemet (el nombre alude a su fascinación por la antigua cultura egipcia) ya se habían forjado cierta fama con sus directos incendiarios desde su debut, Burn, en 2013. Tienen la fuerza visceral de un grupo de rock, la sensualidad de una banda de ska y una percusión que les proporciona acentos étnicos de no se sabe bien qué procedencia. Es fácil descubrir también una importante libertad de actuación y de pensamiento propia de estilos como el bebop o el descaro del hip hop. En cualquier caso, su propuesta es tan atípica, distante de patrones y formas al uso, que sorprende; tan arriesgada que a veces puede descolocar. Sus grabaciones de estudio son, por norma, mucho más sólidas e interesantes que sus directos, y esta frustrante sensación se dio en un concierto tedioso a veces, por momentos verbenero y con demasiado cartón piedra, sobrado de efectismo y estruendoso todo el rato. Detalles y matices del disco se perdieron en la vorágine afrobeat. A los baterías, enfrascados en lo suyo detrás de Hutchings y Cross, es difícil verlos y discernir quién toca qué; son un par tan en sintonía que pueden montarse casi un carnaval con las polirritmias, añadir sabor afro, o acelerarse hasta el desenfreno.

La sofisticación y buen gusto de sus discos se ahogan en directo; no hubo casi respiro. Aunque esta música rebosa conciencia histórica, hacer saltar a la gente es otra parte igualmente significativa de su razón de ser: esto es jazz y también música de fiesta (desde fuera de la sala sonaba como una discoteca ibicenca a todo volumen). La voz del saxo de Hutchings es como la de un predicador rapero que solivianta a la plebe, transmisor de alegría, rabia, sabiduría y todo lo que hay en medio. Su renuncia al matiz la compensa con su poderío (Kamasi Washington es casi un huelemargaritas comparado con su energía constante). Cortos fraseos, afilados y rabiosos, se convierten en fanfarrias de reggae o en una especie de melodías difícilmente identificables como 'temas', aunque alguna sí se podía cantar siguiendo al saxo y boxeando con el aire.

El contrapunto lo proporciona la tuba gigante de Cross, simplemente una maravilla, demostrando una sorprendente articulación en sus solos, implacables riffs y dominio del rango en la gran bocina que usa tan ligeramente; con frecuencia se separa de la sección rítmica (el lugar de la tuba como bajo) para coprotagonizar disonancias. Se hace eco de los sonidos espaciosos del dub reggae; discute con Hutchings, llama, responde y durante un rato arrastra la melodía, que se vuelve amenazante como la música de Tiburón y que en uno de sus solos abstractos puede recordar la sintonía de El hombre y la Tierra, moviéndose orgulloso como un gallo de corral por el escenario.

Your queen is a reptile es el título del álbum conceptual que presentaban, aunque buena parte del repertorio lo dedicaron a canciones sin título de su próximo álbum. Las composiciones llevan las palabras «My queen is», a las que se les añaden los nombres de mujeres icónicas a quienes se les rinde tributo, como la activista Angela Davis (pareció que simulaban un orgasmo sónico) o la abuela del propio Hutchings, Ada Eastman. Musicalmente, los temas recorrían diversos estilos (funk, free jazz, avant-jazz ), yendo desde atmósferas impredecibles a elementos de la música clásica y del calypso. Con la visión más futurista del tiempo y el ritmo, todo se fundía en los metales y las percusiones, que alcanzaron su clímax en la ceremonial Afrofuturism (¿Homenaje Sun Ra Arkestra y su música del espacio?). El Miles Davis más desatado, el Ornette Coleman más libérrimo y el Sun Ra más terrenal inspiraron este frenesí un tanto naif de disonancias cósmicas, cuya visión radical puede pecar de simplista; se podía alcanzar el éxtasis o largarse por la puerta directamente. Espectaculares, pero con reparos.

El ritmo es la espina dorsal

El jazz se encuentra en estado de fermentación ahora mismo. Últimamente el ingrediente más fértil es la batería, y, como en la explosión de acid-jazz de los 90, el ritmo es la espina dorsal del nuevo sonido. El baterista, compositor y productor visionario Makaya McCraven representa la cultura global del jazz en una época de rejuvenecimiento de un sonido denominado por él mismo 'música de ritmo orgánico'. Bebop, hip-hop, R&B discurren por las composiciones de este músico nacido en París, criado en Massachusetts, donde estudió jazz, y desarrollado musicalmente en Chicago. Su último disco, Universal beings, es una de las propuestas más estimulantes del momento en la escena internacional; se escuchan influencias del productor de hip-hop J. Dilla y del visionario de la electrónica Aphex Twin apuntalando una propulsión que se siente medio natural, medio electrónica. Su música tiene más de texturas, patrones y desarrollos que de la típica ortodoxia jazzística a base de exposición de tema y solos; sin embargo, hubo algo de esta ortodoxia. Ya lo decía Duke Ellington: «El jazz es como un árbol frondoso que se contamina de todo lo que tocan sus ramas, pero en el que siempre es posible seguir el camino de vuelta a las raíces».

Universal beings (en los créditos figura Shabaka Hutchings) probablemente será considerado en años venideros como un documento clave de las relaciones entre el jazz y el hip-hop. El concierto ofreció la oportunidad de comprender mejor su metodología. Los paisajes atmosféricos se entrelazaban con improvisaciones bruscas, que McCraven impulsaba con sus ritmos pro-baile.

Empezó con una pieza atmosférica, golpeando suavemente los platillos, sumándose el piano con obstinato y el resto del quinteto, y tocaron una deliciosa mezcla de temas de Universal beings y de Where we come from. Mcraven desplegó múltiples matices en su batería, fluyendo del hip hop tambaleante y lento a un jazz más rápido y libre. También se mostró espontáneo y versátil: su toque ligero y su cambiante patrón rítmico mantuvieron al público embelesado, y a la sección rítmica en alerta constante. Sus composiciones también alardeaban de un estilo desarrollado, apasionante en los ritmos cruzados –mientras mezclaba afrobeat, exploración cósmica, hip-hop, brasileña y una pizca de straight-ahead–, que desembocaron en mantra. Un collage cósmico lleno de groove. Miles Davis ni siquiera quería llamarlo jazz. Encuentros en la tercera fase.

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