13 de agosto de 2019
13.08.2019
Pintura

Pedro Cano: "Lo bueno puede ser popular"

El sueño del artista es "poder llegar a cuantas más personas mejor", por lo que no descarta volver a colgar 'Siete'

12.08.2019 | 19:32
Pedro Cano: "Lo bueno puede ser popular"

«El mejor regalo que quisiera de la vida es poder seguir trabajando, es lo que más me gusta y con lo único que me encuentro bien». Así de contundente se muestra Pedro Cano, que acaba de celebrar su 75 cumpleaños, pocos días después de clausurar su proyecto individual Siete, albergado durante varios meses en Sala Verónicas.

La personalidad artística de Pedro Cano se define ligada a la huerta, al paisaje del Valle de Ricote y a las laberínticas calles del casco antiguo de Blanca, su localidad natal. Un espacio provisto de colores, de texturas y de referencias a la naturaleza que han impregnado, de forma natural, la obra del autor, que cumplió este fin de semana tres cuartos de siglo. Su último trabajo, Siete –una exposición individual en la que el pintor blanqueño recuperaba el blanco y negro de sus orígenes–, debía coincidir con su aniversario (10 de agosto), aunque finalmente no pudo ser. Hablamos con él sobre este compendio de trípticos –denominados Interno, Espera, Salto, Cargo, Trabajo, Juego y Bicicletas, e inspirados en el ser humano y su carácter de superación, a través de una mirada crítica hacia la situación del mundo actual– y sobre su manera de entender la pintura es una distendida conversación que muestra la peculiar cercanía del artista, cualidad que está presente en sus trabajos.

Le pregunto cómo surgió este proyecto, Siete, recientemente clausurado en la Sala Verónicas de Murcia. «No me gusta trabajar sobre una hoja de papel en blanco por lo que, antes de empezar a pintar, bien en un cuaderno o en hojas de papel, voy buscando camino, tanteando cosas. En esta ocasión, me di cuenta de que tenía varios proyectos en mente, pero no el tiempo para poder realizarlos, porque para cada uno de ellos tendría que haber empleado tres o cuatro años... Así que decidí sacar varias historias», explica.

«La idea fue meter dentro de un tríptico aquello que tenía que haber representado en catorce o quince cuadros (o en veinte). Poco a poco fui configurando los tres elementos más importantes de esas historias para concentrarlos. Las dos obras que decía – Espera y Salto– tienen mucho que ver con lo que está ocurriendo todos los días alrededor de nosotros», señala. Me intereso por el desarrollo de esta idea: «Ahora es más difícil para algunas personas llegar a ciertos sitios, aunque sea solo de paso –comenta–. Es más duro, más complicado y más dramático. Y esto conlleva momentos de desesperación, de angustia, de muerte...».

Cano habla de la inmigración, del «problema del éxodo, porque prácticamente todo el mundo se ha movido», dice. «Yo soy nieto de un pastor que vino desde Albacete, desde la meseta, buscando mejores pastos y al final se quedó aquí y se casó con una mujer de Blanca. Soy nieto de aquel hombre y llevo parte de su nombre [él se llamaba Pedro Antonio]», añade. Y es que Siete recoge, «en esencia, la vida». Su vida.

Nos centramos ahora en la serie Cargo, sobre la que el pintor señala lo siguiente: «Representa una realidad de estereotipos, porque esos trabajos están construidos a partir de fotos, de imágenes que hemos visto en televisión, y es reflejo de estas guerras tremendas que nos acosan. Parece que ahora se alimentan más estas cosas y van surgiendo problemas muy difíciles en cualquier sitio... Quizá si hubiésemos estado más atentos antes de que esto sucediera, habríamos llevado más bienestar a ciertos lugares y tal vez habría menos dificultades», lamenta el artista, que a través de sus obra reflexiona sobre lo que acontece a nuestro alrededor.

Observo otros elementos, como las bicicletas, muy presentes en su trayectoria artística, le digo. «Es un gran homenaje al cine, sobre todo al neorrealismo italiano. Está el interior, con esas dos figuras femeninas y este otro cuadro que recuerda el mundo antiguo, griego. Es un mundo que refleja lo onírico y tiene que ver con la infancia». También Juego, «el primero que hice», afirma. «Fueron niños que vi aquí, en Campoamor [le hemos interrumpido en su tiempo de descanso y nos atiende desde la playa], jugando. Es muy bonito cuando llega la última hora de la tarde y ves cómo salen a jugar, como yo salía allí en Blanca a jugar al arenal. El juego es un elemento maravilloso, sobre todo por la relación que estableces con otras personas».

«Todas estas cosas son la génesis de la exposición –detalla–. En la historia del blanco y negro ha pasado que estos niños al final parece que son parte de una situación en la que también ha habido esa especie de velo de dolor; con las bicicletas se han narrado aspectos que tienen que ver con una historia de precariedad y de vida difícil. El blanco y negro ha sido el tono que ha dado unidad a la exposición; las siete historias se han unido porque forman parte de un corpus bastante cercano; momentos distintos en la misma historia». Porque, como se había adelantado, «la vida es la protagonista de todo el trabajo. En ellos [los trípticos] aparecen referencias a seres humanos aunque no sean representados explícitamente, como es el caso de las bicicletas: te das cuenta que tienen que ver con la vida».

¿Qué sensaciones ha experimentado al realizar esta muestra?, pregunto. «Pintarla no ha sido fácil porque son cuadros hechos sobre madera y pesan. Los he pintado casi todos al mismo tiempo y hacer un cuadro, moverlo, modificarlo..., ha sido un trabajo bastante difícil, sobre todo porque no había un esquema. Tú vas trabajando y poco a poco ves que hay cosas que tienes que limar. Los elementos tienen que aparecer de otra forma. Un trabajo bastante duro, pero bonito. He tenido una gran necesidad de pintar estos cuadros, posiblemente más que con ninguna otra exposición en mi vida», cuenta.

Hablamos también del contacto con la gente, de la sensación que produce pintar en directo –hasta en dos ocasiones durante el tiempo en que la exposición fue visitable– y de esa necesidad de 'arte efímero'. «Hay mucha gente que ha venido a verme trabajar y me ha preguntado: 'Al final, ¿qué va a quedar de esto?', y les he dicho: 'La pared. Tal y como estaba, pintada de negro'. Yo pedí que me la pintasen de blanco solo para hacer esto. Lo bonito es lo efímero. Hay una historia preciosa del Tíbet donde durante un tiempo dibujan con granitos de arena en una sábana que colocan sobre una mesa: van depositando granos de color y hacen unos dibujos sensacionales, y cuando han terminado, celebran una fiesta, levantan el trapo y todo desaparece. Hay ejemplos fantásticos en España también –sigue–, como las Fallas. Un trabajo de todo un año que en pocas horas se consume. Creo que está muy bien que haya cosas que estén pensadas para eso», afirma.

Y es que para Cano, este tipo de obras son «el placer de hacerlas, y lo único que queda después es la memoria de quien lo ha visto, de quien ha estado mientras se ha hecho, y eso produce unos encuentros preciosos», asegura. «En mi caso, hay gente que ha venido a observar, a recitar textos, a contar historias... Ha sido emocionante, y el trabajo se ha impregnado de todo ese movimiento. Recuerdo la 'Noche de los Museos', que estuve dibujando hasta las doce de la noche, dejando en la memoria de mucha gente, y en la mía propia, algo para siempre», concluye.

«Plantea usted que lo bueno puede ser popular», digo. «Lo bueno puede ser popular –reitera–. Toda la vida he dicho que si mi madre no entendía un cuadro es que yo no lo había hecho bien. Cuando tienes que explicar las cosas demasiado dejan de pertenecer a todos. Es muy importante que el trabajo llegue a todas las personas. Porque la exposición ha tenido experiencias maravillosas, tanto de artistas que han dicho cosas muy potentes como de personas que pasaban por allí o venían del mercado y entraban. Es fundamental volver a hacer cosas accesibles a todo el mundo», concluye, en este sentido.

Por todo ello, por lo vivido, no le importa que, finalmente, Siete no coincidiera con su cumpleaños. «Ha sido un poco antes, pero estoy muy feliz. Naturalmente, lo importante, el mejor regalos que quisiera que me hiciese la vida es poder seguir trabajando, que es lo que más me gusta y con la única cosa que me encuentro bien. Creo que estoy aquí, en el mundo, para pintar, así que me da muchísima alegría no perder el gusto por la pintura. Aunque también es cierto –añade– que si alguna persona de mi entorno ve que no lo estoy haciendo lo suficientemente bien, me gustaría que dijese: 'Pedro, no pintes más'; me encantaría que también eso pasase. Después de intentar durante muchos años hacerlo bien, no quisiera hacer algo que no lo esté..., no querría entrar en ese laberinto», dice.

Por lo pronto, la ilusión del artista es «poder llegar a cuantas más personas mejor. Que los cuadros mirando a la pared no dialogan con nadie...», señala Cano, por lo que no descarta la posibilidad de colgar de nuevo los trípticos de Siete en otro espacio; porque igual la vida de esta muestra no es tan efímera como pensábamos.

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