15 de julio de 2019
15.07.2019
La Opinión de Murcia
Jazz San Javier

Jazzmeia Horn, el futuro del jazz

La cantante estuvo maravillosa y sofisticada en el Parque Almansa, en una noche en la que también actuaron Bill Evans y The Spy Killers

15.07.2019 | 20:03
Jazzmeia Horn, durante su actuación en San Javier.

No hay nada como un concierto que te deja sin palabras, con la boca abierta de admiración, exultante, eufórico. Es exactamente lo que hicieron Jazzmeia Horn –asombrosa en virtuosismo y creatividad– y su banda estelar, a la que se sumó como invitado el saxofonista Irwin Hall, que vino con Melody Gardot, en el Jazz San Javier.

Jazzmeia, nacida en Dallas, residente en NYC, y ganadora en 2015 de la competición internacional de jazz del Instituto Thelonious Monk, publicó un poderoso álbum debut en 2017, A social call, que le supuso una nominación a los Grammy, e incluía su emocionante versión de Betty Carter Tight, con la que cerró su concierto. Esos scats eran dignos de presenciar. El verdadero espectáculo fue su destreza técnica, su sobrenatural versatilidad interpretativa. Cada nota la proyectaba con una calidad tonal nueva mientras impecablemente se abría paso en su amplio registro vocal. La perfecta entonación impresionaba aún más, dada la velocidad a la que saltaba entre tonos y registros. No necesitó nada más que su voz para embelesar al público. Ni big band ni solos instrumentales; ¿era una trompeta, un saxofón? No, eran las vocalizaciones deliberadas, bellas y libres de Horn.

Su estilo se centraba más en el timbre y en la sensación de cada sílaba que en la inventiva melódica (muy notable también). Y era una delicia contemplar sus gestos, sus movimientos acordes con cada expresión vocal mientras devolvía la vida a standards del jazz.

Jazzmenia comenzó lanzándose a un scat libre en Please do something de Betty Carter, su principal influencia. El título A social call, aparte de la resonancia política, es un guiño al álbum Social call (1955) de Betty Carter, su gran influencia. En Willow weep for me (standard de Ann Ronell interpretado, entre otros, por Billie Holiday) demostró sentirse muy cómoda, por cómo se conducía, cómo expresaba cada sílaba; de hecho, en su fraseo durante la ardiente interpretación, asumió más riesgos en un simple estribillo que otras vocalistas en toda su carrera. Nunca ha ocultado sus principales influencias –Sarah Vaughan y Betty Carter–, pero Louis Armstrong y Clifford Brown también venían a la mente. "¿Conocéis a Clifford Brown?", preguntó al público antes de acometer He's my guy, cuya interpretación más famosa fue la que hizo Sarah Vaughan con Clifford Brown, y en la que mantuvo un duelo de scat con el saxofonista, retirándose para apoyarse en el piano como lo hiciera Lady Day (lo tiene bien estudiado, da la impresión). En Time (un poema musicado), Hall cambió a la flauta travesera, mientras ella recitaba una parte con mucha delicadeza.

Las influencias de Jazzmeia Horn son muy audibles. Betty Carter está en el centro de su tono, su scat y su elección de canciones, como Tight, que interpretó en el bis. Su rango vocal es amplio, los tonos altos más comunes en el pop de, por ejemplo, Whitney Houston o el jazz de Amy Winehouse (a quien puede recordar además por su peinado –turbante a lo Marge Simpson– o más bien peinado 'beehive' de los 60) fluyen sin esfuerzo, pero igualmente llega a los tonos más profundos de su voz.

Aparte de su increíble sentido del tiempo, su excepcional rango de voz y su bello timbre, en este audaz concierto de Jazzmeia Horn fue muy llamativa la sensación de alegría y vitalidad que generaba. Quedó bien expuesto en algunos standards como Skylark, de John Mercer, que han interpretado desde Aretha a Ella Fitzgerald, siempre en busca del riesgo y de lo inesperado, alegre y temeraria: Insufló nueva vida a Night and day usando el falsete, interactuando mediante scats con el batería, y cortó la respiración con sus improvisaciones. Hizo cantar al público "I love myself. When I love myself I can love someone else" ('me quiero a mí misma. Cuando me quiero a mí misma puedo querer a otros'). Su voz acrobática era como un misil. La banda, que ella lidera con rápidos gestos de manos y chasqueando los dedos, era un importante apoyo que le permitía flotar. Con su excepcional nivel de conocimientos y técnica, se agradecía también algo de contención; en los momentos de serenidad fue donde más fluyó la emoción. "Peace€ Paz y amor". Así se despidió, deliciosa, maravillosa, sofisticada... Una diosa. Al margen de notas biográficas y desarrollos curriculares, lo que parece cierto es que Horn ha sabido en poco tiempo, y pese a su juventud, catalizar y atraer la atención del público y, por supuesto, de la crítica. Es el futuro del jazz.

Todo groove

El saxofonista de EE UU Bill Evans, habitual del festival, un músico sin complejos que se reinventa continuamente, protagonizó la segunda parte del programa. Esta vez –creo que la sexta– vino con The Spy Killers, una banda en la que destaca el espectacular baterista alemán Wolfgang Haffner. Sorprendieron con la manera fresca y alegre en que dinamitan la fusión jazz.

Evans es un artista elegante, impulsivo a veces; Wolfgang Haffner (ha tocado con Chaka Khan, Passport) nunca pierde de vista el groove; el vibrante bajista Gary Grainger (acompañó a John Scofield) impulsa, golpea y aporta segundas voces a la flotante narrativa de Evans. Y el cuarto hombre resultó ser una caja de sorpresas: el joven Simon Oslender al Hammond ("una estrella en ascenso", dijo Evans al presentarlo. "¡Y solo tiene 21 años!"). Nunca toca solo notas, melodías o acordes, sino que hace emerger sonidos admirables de su B3. Con esos mimbres, el cuarteto desplegó una inmensa alegría al tocar; incluso cuando los ritmos se complicaban con inteligentes y cartesianos giros dramáticos, ellos hacían que todo pareciera facilísimo. Evans se preguntaba "Where is my soul?" en Bones from the ground, de estilo americana, que empezó al piano y cantando (me recordó a Mark Knopfler, además de la voz, por el pañuelo en la cabeza).

Entraron fuerte, sin cortarse, sabiendo muy bien a lo que venían. Son músicos de muy alto nivel que se deleitan en el ir y venir de las notas entre los dedos y sus instrumentos. Difícilmente esto es susceptible de ser razonado; es mejor dejarse llevar. Evans dirige y ordena, marca los tiempos y los compases. Haffner marca el ritmo con la batería, ya sea improvisando con los platos o volviendo a la melodía en un abrir y cerrar de ojos con la sencilla ayuda de 4 golpes al bombo. Un monstruo del calibre de Gary Grainger estaba al bajo sacando sonidos en un viaje espectacular por toda una gama de estilos, demostrando versatilidad y talento.

No es preciso señalar que Evans es ecléctico, 'fusionista', y su técnica es perfecta. Tocó tenor y soprano, teclados, cantó alguna pieza (mucho registro vocal, la verdad, no tiene), equilibra como instrumentista ambas habilidades, y sabe en qué proporción administrarlas, buscando el sonido limpio. De forma abluesada hizo Love is working overdrive, que escribió para Randy Brecker. El momento más festivo lo protagonizó el batería en Spykillers! marcándose un pequeño solo con martillos de juguete (de esos del entierro de la sardina). Se levantó de la batería, llegó hasta la parte delantera del escenario y los tocó sobre su muslo. Con tipos como ellos es todo groove.

El bis fue Cool Eddie, de la Soulbop Band con Randy Brecker. "Para bailar". La tocó la última vez que estuvo en San Javier, recordó. Un concierto de jazz-blues-fusión dirigido tanto al estómago como a las neuronas. Interesante, variado y divertido.

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