29 de junio de 2019
29.06.2019
La Opinión de Murcia
Jazz San Javier

Jazz San Javier: The Waterboys presentan sus demonios interiores

The Waterboys y Fernando Rubio & The Inner Demons brillaron este viernes en la primera noche de conciertos de la XXII edición del Festival Jazz de San Javier

29.06.2019 | 21:33
Mike Scott, al frente de The Waterboys, durante su actuación.

El impactante concierto de unos magnéticos Waterboys levantó el telón de la XXII edición del Jazz San Javier y entusiasmó a sus seguidores. Con Mike Scott al frente luciendo sombrero Stetson, el grupo demostró que no solo conserva su encanto, sino que brilla por derecho propio. Recién publicado su nuevo álbum (Where the action is), la ocasión se presentaba idónea para volver a ver a The Waterboys en directo, aunque dio la impresión de que muchos compraron la entrada solo para escuchar The whole of the moon, el conocido single de 1985.

Durante la primera mitad de la actuación, el ritmo se mantuvo alto, con varios temas del nuevo álbum intercalados entre material menos reciente, y algunos interludios instrumentales en los que citaba a sus músicos favoritos, como Neil Young. "Así que esto es un festival de jazz. Comenzamos con un número de jazz: Memories of monk", dijo a modo de presentación un arrogante Mike Scott; el batería dio varios golpes, y fin de la pieza: una muestra más de su humor, que no faltó a lo largo de la noche. "Vamos a dar a San Javier la oportunidad de pasarlo bien bailando", anunció, y abrieron lanzándose a tumba abierta con un chute de adrenalina: el tema titular del nuevo álbum, un guiño a Let's go baby de Robert Parker, comienzo energético donde los haya. Scott atacó los primeros acordes incitando a la participación entusiasta del público, que bajó a ocupar el foso.

Centrándose en Where the action is, sonaron canciones como London Mick –homenaje a Mick Jones de los Clash–, o la sensual Right side of heartbreak –un tema funky soul en el que Mike se desembarazó de la guitarra–; luego llegó When ye go away, del álbum Fisherman blues –esta vez Mike agarró la acústica de 12 cuerdas– y continuó una coda en plan jiga folky-celta que arrancó el violinista. La frenética Medicine bow (de This is the sea) llegó como un vendaval, y después Mike se quedaría solo con el violinista en The pan within. El resto de la banda volvió para tocar In my time on Earth, sobre las dificultades de la vida.

No faltó The whole of the moon, claro, imponente y conmovedora, sin esperar al final, como si Mike quisiera quitársela de en medio cuanto antes (no habría salido vivo de allí si no la tocaba). La interpretó de forma deconstruida y autoparódica. Bromeando sentado el piano, antes de iniciarla sacó de una bolsa unas gafas, un foulard, hizo como que se limaba las uñas y hasta simuló liarse un 'mai'. Otro día contaré sobre su empecinamiento en tomarse una sopa bien caliente, en plena ola de calor africana, que llevó locos a la organización.

Como siempre, Mike Scott sonó a todo volumen, respaldado por Ralston y Salmin, mientras Wickham y Brother Paul proporcionaban los riffs y los solos. All the things she gave me (con cita al hammond de Booker T and the MG) y If the answer is yeah pasaron como una exhalación antes de que Scott se sentara por primera vez al piano y dejara caer A girl called Johnny, que el personal reconoció de inmediato. De nuevo a la guitarra, comentó con la banda: "Huele a marihuana€ Alguien está fumando marihuana", antes de ponerse con la nostálgica Ladbroke grove symphony (sobre recuerdos de su etapa más bohemia en Londres).

Para los bises sorprendieron con una robusta versión de Jumpin' Jack Flash, en la que Wickham cambió su violín por una guitarra. Esa canción representa para Mike el gran momento de Keith Richards, uno de sus músicos favoritos, que en un segundo fruncía los labios, estiraba el brazo, se agachaba, extraía un acorde de su guitarra y definía para siempre la arrogancia y el hedonismo del rocanrol. De hecho, Mister charisma, del álbum Out of all this blue, trata de Keef con admiración, y seguramente su actitud es lo que buscaba Mike Scott para rematar este concierto, enérgico y nada pretencioso, de una banda que ha pasado por numerosas formaciones desde que fue creada en Edinburgo en 1983.
El indómito Steve Wickham, el Paganini del rock, pegando botes con levita y sombrero, su violín distorsionado en el papel de guitarra solista, mostró su enorme brillantez al violín. Por su parte, el extravagante Brother Paul, con actitud teatral y aspecto de Bitelchús mientras tarareaba las melodías, sintetizó lo mejor del country y el rock –como corresponde a un músico que afirma tener su alma en Memphis y su culo en Nashville–; deslumbró al hammond. Geniales también el batería Ralph Salmins y el bajista Aongus Ralston, una firme sección rítmica, pero no trajeron a las coristas.

Para la despedida quedó Fisherman's blues (¿alguien esperaba otra cosa?), apoteosis de un concierto que fue un disfrute por los cuatro costados, una experiencia tonificante que demostró sin paliativos la magnificencia de los Waterboys como banda que ha sobrevivido de manera impresionante al paso del tiempo, y continúa triunfando.


Lluvia de meteoros

Fernando Rubio y sus Inner Demons abrieron este primer programa doble del festival. Cheap chinese guitar, su segundo disco, les ha hecho tocar la gloria. Resultó una ocasión especial para conocer el verdadero calibre de este músico, único en ofrecer melodías cegadoras de la mejor escuela del rock de raíz, del 'Americana', capaz de congelar el tiempo en algún punto de aquella transición que en su momento nos llevó con naturalidad de Buffalo Springfield a Dylan y The Band. Y es que, como él mismo nos explicó al presentárnoslo, lo que importa es que la canción te pellizque el corazón: "Make my soul sing along again". De eso va la titular y, por extensión, el disco, donde Rubio muestra su exquisito timbre y su sensibilidad con acertado criterio y gusto creativo, propios de un músico maduro que sabe lo que quiere y cómo. Su reconocible, cálida y expresiva voz lució especialmente en las piezas souleras.

Los Inner Demons suenan muy estimulantes; músicos provenientes de Ferroblues, Los Marañones o Bantastic Fand, reforzados por una excelente segunda voz femenina, secundan perfectamente a Rubio en la recreación del sonido Americana, la clase de material que desconcierta a los consumidores habituales de pop-fabricado, y saben dar equilibrio emocional a sus conciertos. De eso se trata, así que te dejas sumergir sin remisión, y una vez dentro no puedes, no quieres salir, y esperas la lluvia de meteoros.

Fernando Rubio vive el presente sin renunciar a un pasado musical marcado en su piel. Ha entregado una pequeña obra maestra, y está disfrutando de este gran momento creativo, maravillosamente sencillo, deliciosamente intemporal, pura artesanía de altos vuelos. Le ha salido un disco luminoso y acogedor, del que ahora todo el mundo se deshace en elogios y que nos hace más llevaderas las nieves invernales. Demuestra que lo suyo no es flor de un día y sí una fusión de excitantes influencias que ganan cuando vomita sus demonios interiores sobre las tablas.

No hubo trampa ni cartón; todos los factores se aliaron para conseguir una noche especial (incluido el cumpleaños de Joaquín Talismán): público entregado y respetuoso, magnífico sonido y una acertada selección de repertorio.
Con presencia y actitud de crooner de vieja escuela, Rubio interpretó su cancionero, comunicativo, dominando los tempos. "Se acabaron las contemplaciones. 'Free your mind and your ass will follow'" (libera la mente y el culo te seguirá), dijo antes de acometer Back on the move, de su disco anterior Tides, que también se hace imprescindible escuchar. Un lujo, un concierto cercano de esos que no se olvidan.

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