16 de junio de 2019
16.06.2019
La Opinión de Murcia
Entrevista
Fotógrafo

Carlos Ortuño: "Con la fotografía puedes narrar una historia y, a la vez, encontrarte a ti mismo"

"El color es muy difícil de manejar; y a menudo tiene un gran poder de distracción"

15.06.2019 | 18:20
Carlos Ortuño en Perú.

El murciano se encuentra preparando su próximo trabajo, Myanmar. Jade entre las rocas, un proyecto fotográfico realizado en los montes de Birmania y que presentará en Murcia en octubre en forma de libro y con dos exposiciones. Los beneficios irán destinados al desarrollo de un nuevo proyecto de la Fundación Vicente Ferrer en India.

Nos recibe el responsable de comunicación de la Fnac de Nueva Condomina para acompañarnos al espacio donde una hora después tendrá lugar la conferencia impartida por el fotógrafo murciano Carlos Ortuño, 'Cómo fotografiar a desconocidos', incluida en el ciclo de actividades culturales. De pie, ojeando uno de sus catálogos, encontramos a nuestro interlocutor, que sonríe con apacible agrado al saludarnos. Al cuello lleva anudado un pañuelo de rayas –«Parece un poco snob, pero es necesidad»–, dice en tono de disculpa mientras se aclara la voz y acaricia la tela multicolor.

Aislados ya del ruido y las miradas disimuladas y curiosas de los visitantes, conversamos brevemente sobre las diferentes vertientes de la fotografía –la suya se centra en el retrato–, actividad que le ha reportado más de veinte premios de ámbito nacional. Me fijo en el citado catálogo y le pregunto sobre la importancia de la exposición en un proyecto fotográfico: «Para mí es lo principal», responde, a la vez que me ofrece asiento. Lo hace con la tranquilidad de un observador paciente, de un profesional que convive con sus personajes antes de retratarlos para conseguir el discurso más cercano y fiel a lo que desea narrar.

Junto a sus exposiciones sobre India –en 2013– o Nepal –a beneficio de Médicos sin Fronteras tras el terremoto de abril de 2015– publicó en 2016 su primer libro, Cuba. Algún lugar en el tiempo, y en octubre de este año presentará el segundo, Myanmar. Jade entre las rocas, también con vocación solidaria: lo recaudado irá destinado al desarrollo de un nuevo proyecto de la Fundación Vicente Ferrer en India. Además, las obras que dan sentido a esta publicación podrán contemplarse en gran formato en la sala principal del Casino de Murcia ese mismo mes y, en noviembre, en el Aula de Cultura de El Corte Inglés.

«He hecho doce exposiciones previas, más importantes y menores, sin libro, pero la exposición es fundamental; que se mantenga en un espacio adecuado el mayor tiempo posible y, luego, viajar a diferentes sitios para mostrar tu trabajo. El tamaño de las fotografías –continúa– va a condicionar cómo las percibe el espectador. Y en mi caso, que fotografío a personas, el libro está limitado por el tamaño de la impresión», explica. No obstante, «a veces –señala una imagen que acaba de buscar– utilizo fotografías que contextualizan lo que viene después, ubican al espectador, pero no es la temática general del proyecto. Esta es una vista aérea de La Habana, donde encontramos elementos que facilitan información sobre el lugar, pero el 95% de la atención se centra en la gente que ahí habita».


Fotografías de Ortuño de un proyecto anterior, en Nepal.    

¿Como una secuencia?

Es pasar de una escala general al detalle, a lo concreto. Como venir en avión, acercarse al lugar, ubicarse y después pasar a los primeros planos o a los planos medios.

Me hablaba antes sobre la existencia de dos vertientes en la fotografía, ¿se refiere al estilo?

El fotógrafo en este caso se acerca mucho al personaje; se observa en la captura de los primeros planos. No hay una forma única de fotografiar. Viajo integrándome con mis personajes, viviendo con ellos, viajando con ellos. Es la mejor manera de sacar la fotografía más sincera.

¿Cómo sabe que es sincera?

Fotografío muy poco, normalmente hago una foto. Creo que si una persona se toma su tiempo con los demás se produce una conexión entre ambos. Por ejemplo, si ves a una persona cocinando a través de unas rejas, te acercas y preguntas, conversas con ella, le explicas quién eres, la pretensión que tienes con la fotografía o por qué te interesa la imagen, la primera reacción de esa persona es la sorpresa y dice: «¿Pero qué te interesa de mí? Si no soy nadie». Si le cuentas que, precisamente, te interesa lo cotidiano, el día a día de alguien anónimo, estarás más cerca de establecer una relación sincera que se trasladará a la imagen que captures.

¿Es la mejor forma de contar una historia?

Lo es para mí. Además das tiempo a esa persona para que se acostumbre a ti, se relaje y vuelva a su quehacer. Porque si comentas: «¿Le da igual que esté aquí y fotografíe cómo está usted tendiendo la ropa?», te da su permiso y comienzas a fotografiar inmediatamente, la sigues condicionando demasiado. No lo hará de forma natural. Nunca pido una foto, la encuentro o espero con paciencia que se produzca.

¿Qué ocurre entonces?

Espero. Han pasado 20 minutos y sigo sin fotografiar. Pregunto: «¿Le importa que tome notas?», porque siempre estoy cogiendo notas. ¡Llevo un lío con las notas! [Se queja risueño]. La cuestión de dejar pasar el tiempo tiene dos aspectos positivos: la persona no se siente atacada, agobiada, como si fueras un pájaro que llega y le picotea. Y la otra es tener tiempo para, de forma instintiva, pensar qué fotografía quieres, porque se supone que llevas muchos años interiorizando los conocimientos de composición, de narrativa visual, de perspectiva, etc. Si ya has pensado en la fotografía, la capacidad de acierto es aún mayor. Aunque no siempre aciertes debe existir esa intencionalidad.

¿Puede hablarme de ese concepto?

La intencionalidad es esencial. Esa idea de que con la fotografía digital llego a un lugar y hago diez fotos en vertical, otras apaisadas y, tal vez, alguna será buena, no vale. Es posible que tengas el hallazgo de encontrar una fotografía que como foto única sea buena, pero el reportaje no lo será, porque precisa de intencionalidad, de una idea, de algo que pretendías; no debe ser obra de la casualidad.

¿Una idea previa o definida que configura el proyecto?

Sí, definida y con una intención, aunque luego cambie. Fui a Cuba con una idea muy clara, con permisos para fotografiar en color fábricas, comisarías y hospitales.

Pero se decidió por el blanco y negro.

Fue llegar y darme cuenta de que fotografiar en color era un error. Enseguida pensé en Juan Manuel Díaz Burgos, a quien admiro por su trabajo y valoro sus consejos como amigo. Para lo que quería contar había un problema: los colores de Cuba o de La Habana son básicamente los mismos que los de nuestra cultura, no añaden información relevante. Me explico: el color de India, por ejemplo, aporta información sobre su forma de vivir, narrativa a través del color, como el azul de Jodhpur, que está relacionado con lo sagrado, con la mística. En India tengo dos proyectos, uno en color y otro en blanco y negro, porque con cada uno tengo intención de contar algo diferente. Además, el color, psicológicamente, es muy difícil de manejar; y a menudo tiene un gran poder de distracción. La idea, en este caso, es que el espectador se centre en el personaje.

Dígame, ¿su fotografía es documental?

Sí, pero casi más antropológica porque describo los comportamientos, aunque también puede ser costumbrista. El significado no está cerrado porque, en definitiva, estoy contando mi viaje.

¿Piensa usted en lo que puede provocar en el espectador?

En efecto, tengo mucha intención. Por ejemplo, en estas fotografías de campesinos el campo de visión que proporciona la distancia focal del objetivo de 24 milímetros es importante; para que ellos ocupen todo el encuadre hay que estar muy cerca. Esto provoca que la fotografía sea inmersiva y te adentres en la historia sintiendo que estás allí. Cuando ves al personaje sientes que le puedes tocar la cara. También suelo fotografiar a la altura de los ojos. Yo quiero que la conversación entre quien habita la fotografía y el espectador sea de tú a tú.


Fotografía de Ortuño, en India. 

¿Qué caracteriza su estilo?

La cercanía física con los retratados, la mirada tranquila, el uso de angulares, la empatía mostrada con esas personas. La gente a veces reconoce mis fotografías. Ese es el mayor halago. Son tus distancias focales, tus formas, procesado; poco a poco se va reconociendo el sello del autor.

¿Y cuándo sabe que un proyecto está finalizado?

Lo sabes. Creo que siempre puedes volver al mismo lugar y encontrar motivos para fotografiar, pero es lógico que unos trabajos inspiran más que otros. Fotografiar a una única persona te daría una historia inmensa si quieres ahondar. Había una idea muy romántica sobre el poder del fotógrafo de reflejar el alma de la persona a la que fotografía. Pero si no nos conocemos ni a nosotros mismos... ¿A veces una fotografía puede tener mucho de quién la está mirando y, a la vez, puede contar tanto del que hay delante...

Veo una atracción por el mundo rural.

Sí, sobre las vestimentas, los pequeños pueblos, los campesinos. Me atrae, y no por el sentido romántico del mundo artesanal y rural, sino porque me retrotrae a mi infancia. Viví en la huerta; mi abuelo era vigilante del regadío y mi padre, en cierto modo, heredó esa pasión. Era su forma de relajarse. Me dejé enamorar por la naturaleza gracias a mi padre y creo que eso está ahí. Esta pregunta hecha hace algunos años no habría tenido la misma respuesta, pero ahora veo esa influencia en mis trabajos.

¿Es una mirada a su infancia?

Sí, y he observado que, en mis fotos, me detengo en los juegos; aparecen niños jugando a las canicas o con un patinete hecho con una tabla y cuatro ruedas. También cementerios, porque en ellos se encuentra una parte de la vida, que es la muerte. Hay un cambio cultural muy importante en la forma de afrontarla en los diferentes lugares del mundo. Es algo que me impactó y aterró; la tuve muy presente al ver morir a mis abuelos y tal vez me ha marcado la forma de afrontarlo.

Parece que su personalidad está presente en las historias que cuenta.

Sí, está muy presente. Creo que al final uno se va encontrando en la foto que crea. También me di cuenta que en diferentes sitios –Nepal, Vietnam, Camboya– fotografiaba desde arriba a las personas que estaban jugando; las convertía en anónimas y focalizaba la atención en sus pensamientos. No me di cuenta entonces. No sé qué significa, pero volvemos a la infancia, a los juegos de mesa; siempre llevo un tablero de damas en el coche y con mi padre jugaba a ellas largas tardes.

Pregunta obligada, ¿qué es para usted la fotografía?

Una forma de expresión y autoconocimiento. Puedes narrar una historia a alguien y, a la vez, encontrarte a ti mismo, hablar contigo, mirarte a un espejo psicológico, saber más de ti. Y así va ocurriendo. Es algo progresivo, pausado, que permite meditar y es un vehículo, como las artes en general. La fotografía puede ser muchas cosas, puede documentar, tener un uso científico, pero para mí tiene un fin más próximo a lo artístico; es una expresión, una forma de comunicación. Estás creando la fotografía y, en cierto modo, estás en ella.

¿Se suelen encontrar elementos inesperados?

¡Claro! Para bien y para mal. En ocasiones encuentras la magia de una fotografía sin haber visto su profundidad en el momento de la captura y también puedes enamorarte de una fotografía por lo que has vivido para conseguirla, dejarte arrastrar sin ser objetivo y comprobar, finalmente, que no es tan buena.

Colabora en causas benéficas.

Con la Fundación Vicente Ferrer hemos construido tres colegios en el sur de India, gracias a la venta de los libros y las fotografías, y junto a muchos colaboradores. Este año iniciamos un proyecto nuevo, centrado en mujeres y niñas, también en la India. Además, colaboramos con Médicos sin Fronteras y con otras organizaciones sin ánimo de lucro.

¿Su próxima exposición?

El proyecto Myanmar, que podrá visitarse en octubre en la sala principal del Casino de Murcia y, en noviembre, en el Aula de Cultura de El Corte Inglés. También está prevista la presentación del libro aquí, en Fnac, coincidiendo con la muestra, e incluimos una proyección audiovisual que completa el trabajo.

¿Qué recoge este proyecto?

En Myanmar (Birmania), que ha estado cerrada al mundo sesenta años por una dictadura, hemos convivido en las montañas con campesinos de pequeñas aldeas que se encuentran a varios días a pie de cualquier núcleo urbano; lugares en los que nunca habían visto a alguien foráneo, lo que despertó gran curiosidad hacia nosotros por parte de estas personas. Ellos viven sin electricidad, se bañan en los ríos, se alimentan de la caza y lo que da la tierra y están perfectamente integrados en la naturaleza, respetándola como un igual al que necesitan. De esta convivencia nace un trabajo muy cercano.

¿Puede adelantarnos alguna característica?

En estas imágenes el color no solo forma el contenido, sino que lo crea y conduce nuestras emociones por los encuadres de las fotografías. No ha cambiado la mirada, pues el reportaje está muy próximo al trabajo realizado en Cuba, aunque el contenido cultural es muy diferente y las fotografías están llenas de una lírica muy poética. De hecho, para este libro vamos a contar con dos poetas que completarán esa visión evocadora de las imágenes con sus obras, que son Charo Guarino y Ewal Carrión.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook