26 de mayo de 2019
26.05.2019
Entrevista
Arte

Dayra Madrona y MarínGuevara: "La máscara es un elemento externo que nos permite crear una nueva identidad"

"No buscamos tanto un discurso crítico sino algo más sensorial o físico"

26.05.2019 | 04:00
Dayra Madrona y MarínGuevara en el estudio que comparten en Murcia.

Artista. El espacio Progreso 80 alberga la nueva propuesta de la alicantina y el fuentealamero, ‘Personare’ –cuyo significado es ‘sonar a través de’ o resonar–, que parte del concepto de máscara teatral utilizada en la antigua Grecia, una simbología mediante la que los autores expresan cómo los seres humanos gestionamos nuestra propia identidad para adaptarnos a diferentes contextos.

Los artistas plásticos Dayra Madrona (Alicante, 1986) y MarínGuevara (Fuente Álamo, 1979) muestran un trabajo conjunto en el Espacio Progreso 80, bajo el título Personare, una exposición comisariada por Ángel Rodríguez Palacios y centrada en la idea de máscara e identidad del ser humano que se puede visitar hasta el próximo 14 de junio. La muestra combina la pintura de base oscura con contraste cromático de Madrona y las bases luminosas, en blanco y colores flúor, propias de las esculturas de MarínGuevara.

En las obras encontramos elementos recurrentes: rostros y manos, símbolos de esa identidad trasfigurada. Nueve piezas realizadas por la artista alicantina en óleo sobre tabla, lino y algodón, cuyo discurso se ha desarrollado en consonancia con la propuesta escultórica de MarínGuevara: trece cabezas en resina de poliéster, cemento, silicona, resina epoxi, pan de oro y cobre, acompañadas de una instalación. El nexo de unión se mantiene en la combinación de colores y en la coherencia de significados.

En palabras del comisario, se trata de una invitación a "explorar los límites de la realidad y el deseo". Mientras que las esculturas están "veladas en una búsqueda del interior", en la obra de Madrona "la expresividad de las manos aparece rodeada por la fuerza cromática floral".

Conversamos con los artistas en el estudio que comparten en Murcia para conocer el proceso de trabajo que durante meses les ha llevado a modificar, incluso, sus propias rutinas.

¿Cómo surge esta colaboración?
Dayra Madrona: Nuestro interés era hacer un proyecto desde cero, desarrollando una idea que ya rondaba en nuestra cabeza. Habíamos trabajado anteriormente en Madrid pero en aquella colaboración unimos obra creada por separado. En este proyecto hemos generado la idea de forma conjunta y desde el inicio; esa es la diferencia con respecto a trabajos anteriores. Además es la primera vez que expongo en Murcia y mostrar mi obra junto a la de MarínGuevara me parecía una oportunidad bonita.
MarínGuevara: En Madrid producimos la obra para la exposición pero faltaba una preparación conjunta que sí hemos llevado a cabo en esta muestra. Estamos trabajando incluso compartiendo el estudio. No siempre coincidimos en el mismo horario pero el proyecto tiene un contrapunto de color o un nexo de unión.

¿Cómo encajan, a partir de un mismo concepto, dos maneras de trabajo diferentes?
D. M.: Hay una unión en forma, en color y en la idea, obviamente. Su trabajo y el mío pueden llegar a ser independientes porque cada uno tiene su propia firma, pero está pensado para que todo esté ligado y forme un lenguaje unido.
M. G.: La exposición se llama Personare –que significa resonar-, haciendo referencia a la máscara del teatro griego que tiene un agujero en la boca. El sonido de la voz se escucha un poco distorsionado. Hablamos de una especie de eco, de un agujero en la máscara que modulaba la voz y me gustaba esa idea. Lo adaptamos a la exposición porque la obra de Dayra, excepto por los motivos florales que incorpora, representa máscaras.

¿Pueden desarrollar esta idea?
D. M.:
Se refuerza la idea de máscara, de esconder parte del rostro, que es un poco el discurso que proponemos: la transformación de nuestra identidad, la adaptación al entorno, a la sociedad, es lo que intentamos transmitir.
M. G.: Partimos de una serie de esculturas y pinturas usando la máscara como pretexto. Dayra trabajaba en el retrato de un modelo; el cuadro estaba muy bien, me gustaba mucho, pero ella no estaba muy convencida hasta tal punto que un día dijo que no se sentía bien con el cuadro y le tapó parte de la cara, dejando la nariz, un poco de la boca y los ojos.
D. M.: Le puse una máscara, sin proponérmelo. Cuando estaba a punto de darlo por finalizado sabía que no funcionaba. De hecho me sentí bastante mal. Vi que no conectaba con lo que quería expresar. Fue un riesgo.
M. G.: Cambió de forma drástica: de mostrar un rostro a mostrar una mancha, pero ahora tiene mucho más sentido.

¿Qué le ocurrió?
D. M.:
Tuve la necesidad de romperlo, de cambiar ese rostro, tapar esa identidad, y eso explica parte del discurso de este proyecto. No percibía una conexión entre la obra y yo. Había elementos característicos de mi trabajo pero justo la parte del rostro, que es la más fuerte, quizá aquella que mejor describe a una figura humana, era la que menos me convencía.
M. G.: Esa es la anécdota y el concepto de la exposición. Partí de ese incidente, aunque mi obra es más premeditada. Todas las piezas que hay en la exposición son variaciones de otros modelados y se originan desde la misma figura, como ocurría en algunas obras de Cuchara, mi exposición anterior.

¿Y si hablamos de las obras?
M. G.:
Las esculturas, aunque son totalmente diferentes, se elaboran a partir de la misma cara, pero están tapadas con distintos materiales. Para hacer el molde de algunas obras de esta serie envolví la figura con cinta aislante, di la forma que quise; la base ya la tenía y propuse un vendaje plástico. A otras les añadí una malla. Después me he limitado a experimentar con distintos materiales (resina de poliéster o resina epoxi, cemento...) para tapar. No hay un rostro definido, o sí; en unos más que en otros, pero todos están bajo una malla, bajo una máscara. Me gustaba la idea de conservar partes del rostro y sugerir o anular otras.
D. M.: Las pinturas están trabajadas con óleo, spray, acrílico y detalles en pan de cobre, todos ellos sobre soportes de algodón, lino belga y tabla. La intervención ha sido progresiva, capa sobre capa, experimentando con el empaste, las veladuras, el lavado y otras técnicas pictóricas. Lo que más me interesa es el diálogo que se establece con la ejecución de estos materiales, las formas y el contraste cromático.

¿Qué quieren contar?
M. G.: El hecho de que hagamos una exposición centrada en personas dentro de máscaras es bastante significativo. Hemos experimentado con un concepto que nos interesa.
D. M.: Esa adaptación o transformación de la identidad o del rostro para encajar, de alguna manera, en la sociedad. Volvemos a ese concepto, que ya lo hemos trabajado con anterioridad. La máscara es un elemento externo que transforma y crea otra nueva identidad que puede servir para adecuarse a algo concreto: a un entorno, a una sociedad, a un momento, a una emoción. Pueden ser muchas cosas. Y esa misma adaptación se puede convertir en una identidad nueva. En mi caso, es lo que he ido sintiendo conforme he ido trabajando las obras.

¿A veces nos escondemos tras una máscara para poder encajar? ¿Es una automanipulación?
M. G.:
En las redes sociales todos somos avatares y damos una imagen que queremos transmitir o no somos en realidad; son máscaras también. Nos modificamos ante los demás. Soy crítico pero no hago esta obra con intención crítica, sino siendo coherente conmigo mismo, con la máscara con que me identifico y asumo como propia, no es mi intención enseñar a nadie que se está ocultando tras un avatar o una máscara.
D. M.: En ese caso no es que haya una intención crítica hacia nada en particular sino una sensación que percibo mientras voy desarrollando el trabajo. Incluso me puedo sentir partícipe de esa idea o de esa emoción y, simplemente, lo estoy proyectando con la obra y, después, llegar a una reflexión o conclusión más profunda. No parto de una idea tan clara con una crítica específica. Es cierto que trabajamos en consonancia con el lenguaje propio de la obra pero, a veces, la obra da una respuesta diferente. Conforme voy componiendo la pintura me está transmitiendo un lenguaje propio y hay una parte que no controlo y puedo verme proyectada en eso, extraer un lenguaje nuevo o una serie de conclusiones de forma inconsciente.

¿Cuál es el significado de los colores?
D. M.:
MarínGuevara tiene una paleta cromática muy personal, se identifica muy rápidamente al igual que la mía. Directamente supimos que ambas podían funcionar en un proyecto, porque yo trabajo con tonos muy oscuros y contrastados y él con tonos muy claros e igualmente contrastados. Se va generando así un tercer contraste que pensamos sería muy potente. Nuestro concepto también giró en torno a esa paleta cromática como registro personal. Desarrollamos la idea de esos colores y los ordenamos dentro del lado más experimental que tenemos, pero hubo un poco más de intención en esta parte del proyecto, aunque sin descartar lo aleatorio, que en nosotros tiene un fuerte componente. Sabíamos desde el principio que iba a unir bien.
M. G.: Hemos ido haciendo la obra buscando colores comunes de forma continua. Cuando alguien visite la exposición notará enseguida que hay coherencia cromática, los colores de todas las obras se complementan. Por ejemplo, hay tres pequeñas esculturas que se exhiben emparejadas junto a tres cuadros de pequeño formato de Dayra. Está todo pensado.

¿Qué pretenden provocar en el espectador?
D. M.:
La idea fue hacer un proyecto libre y no buscamos nada específico en el espectador. Solo ser fieles a nuestro estilo, a nuestro camino, y unir nuestras ideas sin sentirnos condicionados por nada. Queríamos tener alas para este proyecto y disfrutarlo.
D. M.: Estoy de acuerdo con Dayra; normalmente no pretendo provocar nada en un hipotético espectador, solo intento ser crítico y exigente conmigo mismo y con mi trabajo. Y en este punto tenemos que agradecer la excelente labor de Juan Martínez Lax que ha puesto a nuestra disposición la sala para crear un proyecto pensado para la galería, con opción de ser modificado, ampliado y adaptado a nuevos espacios.

¿En cuántos proyectos han colaborado de manera conjunta?
M. G.:
Este es el tercero. En Zaragoza participamos en un proyecto comisariado sobre el cuento Alicia en el país de las maravillas y todos los artistas hicimos una interpretación muy libre. Nosotros trabajamos juntos y mostramos nuestra instalación en una habitación cerrada. La instalación estaba formada por dos cuadros grandes –Alicia blanca y Alicia negra- donde el montaje fue muy importante. Coloqué delante de cada uno de los cuadros de Dayra dos placas de metacrilato del mismo tamaño que sus obras con cientos de magdalenas de resina de poliéster, porque Alicia se transforma en un momento determinado al comer este dulce. Y ese rollo de la transformación, de convertirse en un doble o en una modificación de sí misma es algo que sirvió de inspiración a una instalación extraña, pero que nos gustó mucho.

¿Podemos decir que es dejar una pista al otro, un hilo para continuar?
D. M.:
A veces, al llegar al estudio nos encontrábamos avances o piezas nuevas que estaba desarrollando el otro y se producía sorpresa, eso motivaba.

¿Y la sorpresa dentro de la propia obra?
D. M.:
El factor sorpresa siempre está presente en todo lo que hago. Hay un conocimiento del proceso pero siempre existe un factor aleatorio o un lenguaje que no esperas, no se tiene tanta conciencia de ello y eso a veces me ha hecho cambiar un registro o un discurso completo porque me ha parecido más interesante que lo que yo tenía en mente. Si me ha gustado el resultado, después lo he usado para otras cosas. Partiendo de ese factor sorpresa, de no saber cómo reaccionará la obra, surge algo controlado, una técnica, un efecto, un discurso o composición llevado a algo más consciente y eso me ayuda a seguir evolucionando a nivel profesional o pictórico. Es muy experimental.

¿Y en el caso de MarínGuevara, con qué experimenta?
M. G.:
Con algunos materiales; he probado ciertos cambios de color. También algunos materiales nuevos con respecto a series de obras anteriores, como la resina epoxi o los preparados ácidos de oxidación rápida. Me siguen interesando los acabados plásticos industriales.

¿Sigue su propia línea, que ya expuso en Mazarrón de forma individual con Cuchara?
M. G.:
Tengo claro qué materiales y qué acabados me gustan y los continúo utilizando. Han cambiado las formas o los colores pero el material sigue siendo el mismo, en su mayor parte. De hecho, en este momento estoy trabajando en un busto en pan de cobre, como algunas de las obras de esta exposición y como la de Cuchara que mencionas.

¿Están presentes sus experiencias personales?
M. G.:
Supongo que sí. Pero cuando lo necesito, me expreso con quien tengo que hacerlo, pero en el arte no tengo esa intención tan clara. Al final sí tiene que ver mucho conmigo. Pero no lo hago para trabajarme, autoconocerme y eso. No quiero convertirlo en ese discurso. Seguramente todo lo que hacemos sea autobiográfico. En la forma de expresarnos está nuestro pasado, nuestros traumas, nuestra personalidad. Todo lo que hago ahora tiene que ver con mi forma de ser pero no tengo intención terapéutica. Cuando convertimos el arte en terapéutico le resta valor, lo banaliza. No me gusta, me chirría, insisto en diferenciarlo. Aunque he de decir que me reconozco en la obra.

¿Cuáles son sus fuentes de inspiración?
M. G.:
La música o el cine, por ejemplo. Me inspira eso más que ver otra escultura. Hay cosas que te despiertan cierta sensibilidad estética. No tiene por qué ser otro arte, cualquier cosa que te pase o veas. Va más por ahí.
D. M.: En mi caso, una fotografía, un elemento en la calle, una persona que está hablando conmigo, una canción; no tiene por qué ser algo visual, un sonido me puede generar una imagen.

¿Por qué el rostro se muestra sesgado?
M. G.:
Hablamos de un proyecto sobre máscaras. Hemos usado cabezas y manos.
D. M.: Las manos son otra opción a esa identidad, otro elemento, otra parte de nuestro cuerpo, pero creo que se nos olvida. Son un lenguaje o generan un lenguaje que identifica a una persona y se pueden utilizar como engaño, como máscara.

La exposición, ¿se presenta como una experiencia para el espectador?
D. M.:
Exacto. Queremos que la gente lo sienta, lo viva, perciba, se emocione de alguna manera, para bien o para mal. No buscamos tanto un discurso crítico sino algo más sensorial o físico.

¿Por qué una combinación de formatos?
D. M.:
El formato también comunica mucho. Mientras las piezas pequeñas invitan al acercamiento del espectador, los grandes formatos invitan a observar de lejos. El recorrido visual por la exposición está pensado.

¿Habrá un nuevo proyecto conjunto?
M. G.:
Seguramente sí. Ahora mismo no nos planteamos nada, pero en un tiempo lo pensaremos.
D. M.: Es algo que surge de forma natural, si algo nos convence, nos inspira, lo planteamos y lo hacemos.

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