07 de abril de 2019
07.04.2019
La Opinión de Murcia
Entrevista
Dibujante y guionista de cómics

Paco Roca: "Creo que, quiera o no, cualquier historia que se me ocurra acabará relacionada con la memoria"

"Vivir de los 'royalties' es difícil, pero tiene su lado bueno: la gente que trabaja en esto lo hace de una forma honesta"

07.04.2019 | 04:00
El dibujante y guionista de cómics valenciano Paco Roca.

El valenciano visita Cartagena como el último de los finalistas del Mandarache, y lo hace por Los surcos del azar, una novela gráfica que cuenta la historia de La Nueve, una compañía integrada casi en su totalidad por españoles y que fue protagonista en la liberación de París durante la Segunda Guerra Mundial.

Esta semana se pone fin a cinco meses de encuentros entre lectores y autores en Cartagena con motivo del Premio Mandarache. En dos semanas comenzarán las votaciones del jurado –los miles de jóvenes que han devorado los títulos propuestos por el Grupo Promotor–, y en mayo, el día 8, se celebrará la gala de clausura de la presente edición y su correspondiente entrega de premios. Pero antes, el dibujante valenciano Paco Roca –Premio Nacional del Cómic por Arrugas (2007) y Goya al Mejor Guion en 2012 por su adaptación a la gran pantalla– defenderá su candidatura por Los surcos del azar (2013) durante una serie de charlas que tendrán lugar entre el martes y el miércoles en la Politécnica, Arqua, el IES El Bohío, la Fundación Caja Mediterráneo y el Aula de Cultura de Cajamurcia, única abierta al público general y que servirá para cerrar su primera jornada en la ciudad a partir de las siete y media de la tarde.

Por situarnos: Cuénteme qué fue La Nueve, cuya historia da lugar a Los surcos del azar.
La Nueve fue una compañía adscrita en la Segunda División Blindada del general Leclerc que, integrada casi en su totalidad por españoles, fue la primera que, en agosto de 1944, desfiló por los Campos Elíseos tras la liberación de París durante la Segunda Guerra Mundial.

Claro, cuando yo un día me encuentro con esta historia, con esas fotos del desfile en las que los blindados llevaban nombres de ciudades españolas, o de batallas de la Guerra Civil ('Ebro', 'Guernica', etc.), me quedo completamente sorprendido, ¿no? ¿Por qué estaban esos españoles allí?, ¿de dónde habían salido? E investigando y hablando con unos y otros llegué a esta historia, la que cuento en Los surcos del azar, la de una gente que no paró nunca de luchar, que salió de nuestro país tras la guerra y pasó por innumerables momentos dramáticos –el paso de Alicante a Argelia a bordo del Stanbrook, campos de refugiados...–, pero que, a pesar de ello, nunca dejaron de luchar contra el fascismo. Para ellos, la Guerra Civil española era la primera fase, o un preámbulo, de la Segunda Guerra Mundial, así que decidieron seguir luchando contra su enemigo: Hitler, Mussolini, y se fueron reenganchando en diferentes ejércitos hasta que entraron en la Francia ocupada por los nazis.

Es una historia increíble, ya no solo por el hecho en sí –unos españoles liberando París–, sino por lo que significan: gente que jamás se rindió y a la que le debemos las democracias que hoy tenemos en Europa.


¿Cuánto hay de ficción y cuánto hay de realidad en Los surcos del azar? ¿Quién es Miguel Ruiz, el hombre cuyo testimonio sirve para construir esta novela gráfica?
Todo lo que sabemos de La Nueve viene, además de por los testimonios de algunos supervivientes, de los diarios de ruta del capitán Raymond Dronne, líder de la compañía. Sus apuntes fueron publicados en Francia en los ochenta, y hay un personaje del que hablaba bastante y hacia el que sentía una gran admiración: Miguel Ruiz, o Miguel Campos, que también se le llamaba así. Dronne lo pintaba como un gran estratega y un tipo muy valiente; un soldado que hacía muchas infiltraciones y actos de sabotaje: a lo mejor se metía en la línea enemiga y se cargaba un Panther. Y tuvo un final bastante novelesco, porque precisamente en una de estas operaciones desapareció y nunca más se supo de él: no se sabía si había muerto, si había desertado... Entonces, me pareció un buen personaje al que hacer una entrevista ficticia; me daba pie a crear toda esta ficción.

Pero Los surcos del azar es, digamos, un relato de antimemoria, o, más bien, antitestimonio; es decir, normalmente, una de las cosas que se le achacan a la memoria histórica es que los testimonios nunca son objetivos, y que, por lo tanto, no se puede construir la Historia a partir de ellos. Aquí es al contrario: a partir de los datos ofrecidos por historiadores y expertos, se ha creado la memoria de este personaje, con lo cual estos testimonios están contrastados y son la 'realidad histórica', por decirlo así; lo que se ha puesto en su boca son hechos reales y no los subjetivos.
Lo curioso de todo esto es que todos los intentos que había habido hasta el momento de encontrar a la familia de Miguel nunca habían llevado a ningún sitio; y era un personaje que a los investigadores generaba mucho interés, lógicamente. Pero, tras la publicación de Los surcos del azar, me escribió su nieta para preguntarme dónde podía ella localizar a su abuelo, que su madre nunca había podido conocerlo y quería hablar conmigo antes de decirle nada. Claro, tuve que decirle la verdad: que todo había sido una ficción, pero al menos pude poner en contacto a la familia con Robert S. Coale –el historiador que me ayudó a mí con esta novela– y juntos intentaron reconstruir la vida de Miguel. Al final, la ficción sirvió para llenar los huecos de la realidad.


Llama la atención cómo pinta de color el pasado, mientras el 'presente' , esa charla con Miguel Ruiz, es en blanco y negro. ¿Hay una doble lectura ahí o simplemente era una forma de marcar el cambio de tiempo narrativo?
Sí, las dos cosas. Por un lado marca esa diferencia temporal; marca el presente y el pasado de forma clara, a primera vista. Pero, por otro, también quería dejar claro lo que era el trabajo de campo del investigador –en este caso, de un dibujante de cómic–, y la reconstrucción, el objetivo real de ese proceso. De este modo, esa primera parte está en blanco y negro, con un tipo de dibujo más suelto, como un diario de trabajo, y el pasado es en sí el cómic que este dibujante hará en un futuro: una reconstrucción elaborada con las viñetas bien definidas.

Arrugas, El invierno del dibujante, La casa y, ahora, Los surcos del azar. Le he leído decir que, bueno, como todo niño de su generación, se ha criado con Zipi y Zape, Mortadelo y Filemón, etc., pero en sus obras esa inocencia infantil característica de los tebeos de Escobar e Ibáñez brilla por su ausencia. ¿Hace tiempo que el cómic dejó de ser cosa de niños?
Yo creo que sí. De hecho, en realidad, siempre o casi siempre ha habido un hueco para el público adulto. Ahora casi que hemos pasado al lado contrario: cada vez hay menos cómic destinado a un público infantil, y eso hace que se vayan perdiendo lectores jóvenes... Pero bueno, es verdad que en los últimos años hemos conseguido por fin tener un público más generalista.

Cuando yo empecé a publicar, la mayor parte de la gente que asistía a firmas o salones del cómic cumplía con un perfil muy concreto: aficionados al cómic desde siempre que, igual, habían empezado con Mortadelo y Filemón, habían seguido con Tintín, después los superhéroes, el cómic francés y la novela gráfica, por ejemplo. Ahora tenemos lectores que quizá nunca han leído cómics, o que lo hicieron de pequeños y se han vuelto a enganchar de adultos. Y leen un cómic como podrían leer cualquier otra cosa; esa es la clave. Hay lectores de más de sesenta años, de menos de veinte, hombres y mujeres..., que antes igual tampoco teníamos, ojo: la mayoría de los títulos que se veían antes eran dibujados por hombres y dirigidos a un público masculino, y eso también ha empezado a cambiar.


En su caso, la cuestión de la memoria, en todas sus vertientes –ahí está el alzhéimer en Arrugas y la propia Historia en Los surcos del azar, por poner solo dos ejemplos– es capital. ¿Por qué? ¿Es voluntario o inconsciente?
Es cierto que es un tema que se repite en mi obra... Siempre se dice que hay autores que son de un solo tema; o quizá todos son autores de un solo tema, pero lo van disfrazando. A mí me interesa la memoria, pero no desde la nostalgia esa de que el pasado fue mejor, sino como una especie de búsqueda de la identidad. En El invierno del dibujante, por ejemplo, me centro en esos autores que me hicieron querer ser lector y autor: echar la vista atrás me hace comprenderme mejor como dibujante. En el caso de La casa, lo mismo: mirar a mi padre, a mi hogar, me ayuda a encontrar mi identidad como miembro de mi familia y para saber qué parte de mí debo a la genética y cuál a la educación. En Arrugas, como has dicho, es, más bien, la desmemoria: hasta qué punto una persona sin memoria sigue siendo la misma si se supone que somos lo que hemos vivido. Así que sí, es verdad que la cuestión de la memoria está siempre muy presente en mis novelas, y, respondiendo a tu pregunta, me da la sensación de que, quiera o no, cualquier historia que se me ocurra acabará, de alguna manera, relacionada con la memoria.


Creo que es absurdo casi preguntar la opinión que le merece la cuestión de la memoria histórica. No obstante, ¿hay cierto compromiso por su parte a la hora de recuperar esta historia? ¿En cierto modo Los surcos del azar estuvieron motivados por el debate que hay ahora mismo sobre la mesa?
Sin duda. Mira, al hilo de lo que acabamos de hablar, una de las cosas que más me motivaban a la hora de hacer el cómic era intentar comprenderme como parte de una sociedad tan peculiar como la española. Aquí se ha politizado el tema de la memoria hasta unos límites difíciles de entender. Georges Orwell decía que quien controla el presente controla el pasado y quien controla el pasado controlará el futuro. En este sentido, está claro que, durante la dictadura, Franco controló el presente y manipuló el pasado para justificar y reafirmar su posición, pero es que esto es algo que también estamos viendo durante la democracia continuamente: tanto la derecha como la izquierda manipulan la memoria para posicionarse, y yo creo que con eso perdemos todos... No tiene ningún sentido que partidos de derechas nieguen determinadas cosas, o que no se posicionen en contra de la dictadura o que vean regímenes fascistas en cualquier sitio menos cuando les toca de cerca; o que exista una Fundación Francisco Franco o que no nos pongamos de acuerdo para sacarle del Valle de los Caídos. Y esto ocurre porque la izquierda está en un sitio y la derecha, por contraste, en el opuesto.

Las heridas se cierran poniendo las cosas en su sitio. Cuando todo se manipula es difícil exponer un argumento claro... Uniéndolo con La Nueve, esta historia tendría que ser algo con lo que todos deberíamos estar de acuerdo, ¿no? Lo mires por donde lo mires, son héroes nacionales..., ¡o internacionales! Y ni tan siquiera en eso podemos ponernos de acuerdo... Mira, en Valencia, que es donde yo vivo, se decidió hace no mucho quitar el nombre de una calle dedicada a un militar franquista y poner en su lugar el de Amado Granell, el subteniente de La Nueve; y me pareció perfecto, claro. Pero, sin embargo, no tardé en escuchar comentarios que hablaban de «revanchismo», y mientras sigamos con ese argumento es que algo no ha quedado claro. No es lo mismo un militar golpista que uno que lucha por la democracia, y si algo tan básico como eso puede estar manipulado significa que estamos en una situación bastante precaria en cuanto a memoria histórica.


Son muchos los escritores con los que hablo y que me dicen que son muy pocos los que viven de hacer novelas. ¿Y del cómic? Desde luego, en España, y más allá de los que trabajan para Marvel y DC, si hay alguien que puede vivir de esto imagino que es usted...
[Risas] Lo primero de todo, decir que, a la gente que vive de los superhéroes, total respeto, pero es verdad que ellos no dependen de los royalties: son gente contratada por la editorial, con lo cual no están tan expuestos a cómo termine funcionando el cómic una vez salga al mercado. Pero, si hablamos de los que vivimos de los royalties, sí, vivir de ellos es tan difícil en el mundo del cómic como en el de la literatura, o el de la música. En general, todo lo que sea vivir de las ventas... [Risas]. Seguramente, los escritores que viven de sus libros se pueden contar con los dedos de una mano; la mayoría completa sus ingresos con otras cosas: su artículo en prensa, sus clases en la universidad... Y en el mundo del cómic ocurre lo mismo: muchos autores también hacen ilustración, o dan clases y charlas, pero es lo normal si te dedicas a la cultura. Ojalá la gente comprase más, pero es el mercado que tenemos... Para lo malo y para lo bueno, ojo, porque también tiene su parte positiva: la gente que trabaja en esto lo hace de una forma honesta, no para enriquecerse, y creo que eso es un seguro. Yo, por ejemplo, vivo de los royalties, de todo lo que genera mi obra, pero hago lo que me apetece; no hago cómics por encargo, y si necesito un extra, hago ilustración.


Bueno, esta semana viene a Cartagena a reunirse con sus lectores y defender la candidatura de Los surcos del azar al Premio Mandarache. ¿Conocía el certamen?
Pues la verdad es que no lo conocía hasta ahora, pero me parece un gran certamen, sobre todo por cómo está montado. Al final, no es un reconocimiento simbólico o económico, sino que supone una edición y su distribución, que es, sin duda, el mejor premio que se le puede dar a un autor, que lo que quiere es que su obra llegue al mayor número de personas posibles. Y, en este caso, encima, a un público al que quizá nunca llegaría por los cauces habituales.


Va a ser la primera vez que el festival dedique este premio a una novela gráfica, un género que da la sensación que, durante muchos años, igual no se ha tomado todo lo en serio que debería en este país. ¿Cree que ya tiene el reconocimiento que merece?
Bueno, yo creo que los que estamos dentro tenemos claro que es un medio tan digno como cualquier otro, pero es verdad que de puertas para fuera hemos tenido que trabajar mucho para romper esos prejuicios instalados en cierta élite cultural por los cuales entendían que todo lo que iba con dibujos era inferior. Pero creo que el cómic se va normalizando: como te decía, cada vez tenemos un publico más generalista, y las novelas gráficas ya no solo se encuentran en tiendas especializadas, e incluso hay cómics en museos y cada dos por tres se hacen adaptaciones para la gran pantalla. Así que casos como el del Mandarache son una muestra de cómo debería ser. O, digo más: no habría que hacer distinciones, un año lo puede ganar un libro y, al otro, una novela gráfica, siempre y cuando se ajuste a lo que el jurado considere premiable. Creo que ese es el camino.

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