10 de febrero de 2019
10.02.2019
Arte

Un caravaqueño en la corte de Isabel II

Durante su etapa como pintor de cámara de la reina, potenció su obra de corte historicista, aunque sobre todo destacó en el retrato

10.02.2019 | 04:00
Carlos G. Navarro, comisario de la muestra de Rafael Tegeo en Madrid.

Rafael Tegeo llevó a cabo su primera formación artística en Murcia, trasladándose después a Madrid para estudiar en la Academia de Bellas Artes de San Fernando. Allí se educó en la pintura neoclásica de la mano del alicantino José Aparicio. Trabajó, además, ayudando a Fernando Brambilla, italiano afincado en España y pintor de cámara del rey Fernando VII. De esta forma, Tegeo se familiarizó con la pintura decorativa y de paisaje, temáticas que serían fundamentales para sus obras posteriores.

En 1822 viajó a Roma por su cuenta, donde permaneció hasta 1827. Estos años le reportaron influencias de los grandes maestros del Cinquecento, así como las vías del Neoclasicismo tardío italiano. De este periodo destaca el cuadro ya citado de La Virgen del jilguero, una de las piezas singulares de la exposición.

A su vuelta a España en 1828, fue nombrado miembro honorario de la Real Academia de San Fernando, en la que ostentó distintos cargos a lo largo de su carrera. Precisamente, con motivo de su ingreso, Tegeo realizó otra de sus grandes obras, en esta ocasión de carácter mitológico: Hércules y Anteo.

La década de los treinta del siglo XIX fueron los años de esplendor del artista, en los que realizaría decoraciones para el Casino de la Reina y el Palacio Real de Madrid. En estos mismos años recibe importantes encargos del infante Sebastián Gabriel, para el que ejecuta varias obras, tanto religiosas como mitológicas, éstas últimas presentes en la exposición: Antíloco lleva a Aquiles la noticia del combate sobre el cadáver de Patroclo (colección particular) y Diomedes, asistido por Minerva, hiere a Marte (Museo de Bellas Artes de Murcia). Junto a ellas se puede ver también otra obra mitológica fundamental dentro de la producción del caravaqueño, Combate de lapitas y centauros, que se expone en el Museo del Romanticismo antes de pasar a formar parte, por donación comprometida por su propietario, de la colección del Museo del Prado.

Al mismo tiempo, Tegeo se impuso como uno de los retratistas de mayor fama en la imperante sociedad burguesa del romanticismo español. Con una concepción capaz de integrar la tradición dieciochesca, sus retratos al aire libre fueron sin duda los más apreciados, conjugando en ellos una profunda atención a la dimensión psicológica de los modelos.

En 1846 fue nombrado pintor de cámara de la reina Isabel II. A su servicio retomó su actividad como pintor de composiciones históricas. Para su esposo realizó una de sus obras más destacadas, el Episodio de la Conquista de Málaga (Colecciones Reales de Patrimonio Nacional). Esta obra, redescubierta en 1992 y que no se ha vuelto a mostrar al público desde entonces, protagoniza, junto con el resto de los hitos del artista dentro de ese género, una sala consagrada a la pintura de historia, que recorre toda su trayectoria.

Famoso en su tiempo, Tegeo fue la víctima perfecta, durante los años siguientes, de los prejuicios del gusto de historiadores del arte y coleccionistas, que relegaron su figura hasta caer en el olvido. Es tiempo ya de que el pintor recobre el sitio que le corresponde entre los maestros de la pintura española del siglo XIX.

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