08 de abril de 2018
08.04.2018
Historias de celuloide

La estrella de cristal

Su figura etérea no destilaba el erotismo invasivo que proliferó en Hollywood. Dotó a sus actuaciones de una naturalidad exquisita, aunque no encajaran siempre del todo en su perfil

10.04.2018 | 17:12
Una imagen icónica de Audrey Hepburn.

La desaparición de Audrey Hepburn hace un cuarto de siglo no ha detenido la creciente fascinación popular por uno de los iconos más venerados de la era dorada de Hollywood, la princesa de cuentos de hadas de Vacaciones en Roma y la joven bohemia de Desayuno con diamantes.

Audrey Hepburn (Bruselas, 1929/Suiza, 1993), de cuyo fallecimiento se cumplió recientemente su vigésimo quinto aniversario, nunca fue una star al uso, ni su personalidad –tocada por un halo intransferible de finezza, misterio y distinción–, podría homologarse con la de ninguna otra de las grandes divas que compartieron con ella glamour y popularidad durante más de dos décadas de carrera frente a las cámaras. A diferencia de muchas de sus compañeras de profesión, su figura grácil, etérea y desprovista de cualquier artificio, no destilaba ese erotismo invasivo que tanto proliferó en Hollywood durante las décadas de los sesenta y setenta a través de figuras tan turbadoras y rotundas como Ava Gardner, Susan Hayward, Marilyn Monroe, Jane Russell, Hedy Lamarr, Kim Novak, Dorothy Malone, Elizabeth Taylor, Lana Turner, Lauren Bacall, Rita Hayworth, Jane Fonda, Anita Ekberg, Carroll Baker, Sophia Loren o Maria Félix.

Su capacidad de seducción, por el contrario, emanaba de una mirada limpia y enormemente expresiva, a través de la cual mostraba, con precisión y sutileza, los matices más imperceptibles de sus personajes. El gran poeta romántico inglés John Keats escribió: «La belleza es la verdad, la verdad es la belleza»; y Hepburn era la viva prueba de ello, pues verla en cualquiera de sus numerosas películas era ver cómo la belleza y la verdad se revelaban a cada instante de manera particularmente resplandeciente, sin aditivos ni estériles complacencias.

Fue la frágil y romántica princesa de cuento de hadas que cae rendida ante los encantos del veterano Gregory Peck en Vacaciones en Roma (Roman Holiday, 1953), de William Wyler, la comedia sentimental que le proporcionó su único Oscar y que afianzó su carrera profesional en la industria multinacional. Recorrió, junto al intérprete británico Albert Finney, los senderos agridulces de un matrimonio en declive en Dos en la carretera (Two for the Road, 1966), de Stanley Donen, una de las miradas más inclementes que nos ha ofrecido nunca el cine sobre la irreversibilidad de ciertas crisis emocionales, sacudidas por la rutina, el resentimiento y el silencio.

También experimentó el profundo pesar por la pérdida de un gran amor en Guerra y paz (War and Peace, 1956), de King Vidor, en compañía de quien sería su primer esposo, el actor estadounidense Mel Ferrer. Renunció a los bienes terrenales para consagrarse a una vida de austeridad, recogimiento y entrega en Historia de una monja (The Nuns´s Story, 1959), de Fred Zinnemann, compartiendo reparto con un Peter Finch en perfecto estado de gracia. Encarnó a una ingenua y solitaria soñadora en el mítico filme de Blake Edwards Desayuno con diamantes (Breakfast at Tiffany´s, 1961), cuyo protagonismo compartió con George Peppard, un joven actor de Detroit dotado de un indiscutible atractivo personal, pero que quedó virtualmente laminado por la contundente personalidad de la actriz. Compartió aventuras, dolor y sacrificios en los oscuros bosques de Sherwood con Sean Connery en la bella y crepuscular Robin y Mariam (Robin and Mariam, 1976), de Richard Lester; y saboreó las mieles del lujo y la distinción en My Fair Lady (My Fair Lady, 1964), del maestro George Cukor, junto al intérprete británico Rex Harrison, en un musical que hizo historia.

Aunque no siempre salió bien parada de sus trances sentimentales, su bella e impoluta imagen quedaba a salvo de cualquier deterioro físico o moral gracias a su proverbial capacidad para ser ella misma en cualquier circunstancia de la vida, virtud que supo conservar hasta el fin de sus días y que le sirvió para inyectarle a sus personajes la credibilidad necesaria que les hiciera trascender más allá de la mera ceremonia de la representación.

Supo dotar todas sus interpretaciones de una naturalidad exquisita, a pesar de las aparentes limitaciones que imponía su magra y esbelta figura a la hora de encajar personajes que distaban mucho de su propio perfil. Pero finalmente, y contra todo pronóstico, su figura acabó cautivando a los productores que vieron con satisfacción cómo una joven actriz flacucha y de mirada pusilánime se instalaba con fuerza en un mundo dominado por un erotismo graso y exuberante.

Había nacido una estrella, una atípica y rutilante estrella que dejaría su huella en el cine de los cincuenta y sesenta como una señal imborrable de su potente capacidad interpretativa. Así pues, su prestigio fue en aumento a medida que sus trabajos adquirían mayor complejidad y desaparecía paulatinamente el perfil almibarado de sus primeras experiencias profesionales en el cine inglés, con títulos tan olvidables como Young Wives´ Tale (1951), de Henry Cass, Secret People (1952), de Thorold Dickinson o Monte Carlo Baby (1953), de Jean Boyer.

Batutas

Bajo batutas tan prestigiosas como las de Huston, Vidor, Edwards, Donen, Bogdanovich, Quine, Litvak, Zinnemann o Young, su estrella brilló con destellos inigualables en el firmamento de Hollywood hasta el extremo de eclipsar a figuras de mucho mayor recorrido profesional que, hasta su llegada, habían reinado libremente en las pantallas de todo el mundo, robándoles un liderazgo que habían ostentado, con sobrados méritos, durante varias décadas. Logró, en resumidas cuentas, el milagro de eso tan extraño y volátil a lo que llamamos seducción.

Aunque los misterios de la seducción son tantos y tan diversos que establecer teorías sobre sus orígenes no sólo sería una misión imposible, sino que contribuiría, además, a menguar sus efectos balsámicos sobre el espectador. Para explicar lo que es realmente la seducción bastaría con mostrar la frágil, dulce y tonificante imagen de Audrey Hepburn, y salir así de cualquier duda al respecto. Fue, por eso, una de las figuras más influyentes en los gustos estéticos de la cruda y desencantada sociedad de la posguerra, aunque tardaría algún tiempo en imponerse como patrón de comportamiento, pues su figura no representaba en modo alguno el modelo anatómico más apropiado para una generación que acababa de dejar las penurias de una guerra particularmente cruenta y devastadora.

De ahí que su innata elegancia se convirtiera muy pronto en un espejo para multitud de mujeres que soñaban con aligerar sus esponjosos talles e instaurar un nuevo y desmitificador concepto de la belleza femenina.

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