17 de enero de 2018
17.01.2018
La Opinión de Murcia
Entrevista
Escritor

Juan Carlos Méndez: "La literatura no está para dar ejemplos morales, sino para asomarnos a nuestros abismos"

"Necesitaba un respiro y mirar el rostro afable, luminoso, musical, alegre y solar de mi país", explica el venezolano

17.01.2018 | 04:00
El escritor venezolano Juan Carlos Méndez Guédez.

Primero de los finalistas del Mandarache que visita Cartagena. Lo hace con El baile de madame Kalalú debajo del brazo y cinco citas con los lectores en día y medio. Hoy estará con los alumnos de la UPCT, en Arqua con los chicos de la Libreta y en Cajamurcia para público general.

Como su protagonista, Juan Carlos Méndez Guédez (Barquisimeto, Venezuela, 1967) está obsesionado con la belleza. Emma –que es quien conduce El baile de madame Kalalú– la interpreta como arte, como grandes cuadros, o incluso joyas; él, en cambio, habla de Cervantes, de Larra, de Delibes, de esa belleza que igual no se está sabiendo transmitir a los jóvenes lectores entre fechas y esquemas teóricos. A buen seguro que parte de su estancia en Cartagena como finalista del Premio Mandarache –estará hoy desde las diez y media en el Paraninfo de la UPCT, a partir de las cinco en el Museo Arqua, y a las siete y media en la Fundación Cajamurcia en un encuentro abierto al público en general– la dedicará a concienciar a los ´chicos´ de esa belleza que guardan las letras; al fin y al cabo, de eso trata el Mandarache.

P Para empezar, y sin más preámbulos: ya que llega a Cartagena para defender su candidatura al Premio Mandarache, hábleme de El baile de madame Kalalú, ¿qué se van a encontrar, o qué se han encontrado, los lectores entre sus páginas?
R El baile de madame Kalalú es una novela que se pretende celebratoria, alegre, que presenta la historia de una mujer en busca de la belleza; una belleza que socialmente le ha sido negada por el entorno en el que se crió, un lugar [un barrio de Caracas]donde el acceso al arte, a las joyas, estaba limitado. Pero descubre que no puede vivir sin ella, sin esa belleza. Ella es una mujer de armas tomar y, por distintas razones, acaba dirigiendo una organización criminal que roba joyas y obras de arte porque dice que la belleza está mal distribuida y ella se encarga de moverla de su lugar; esa es su excusa.

P La novela se desarrolla casi como un soliloquio de la protagonista, Emma, en una institución psiquiátrica y narrándole sus aventuras a una monja en coma. Un poco Cinco horas con Mario, ¿no?
R Sí. Es muy interesante que lo preguntes porque esa asociación la hicieron los lectores con posterioridad, y la verdad es que es una novela que me gustó muchísimo y creo que han acertado al encontrar ese nexo. Pero lo cierto es que cuando escribí El baile de madame Kalalú tenía presente otros libros, por ejemplo, El lamento de Portnoy, de Philip Roth, que trata la confesión de un personaje a su psicoanalista. Me gustaba esa idea, la de la confesión, y, bueno, de algún modo empecé a trabajarla. Pero me pareció que más que un psicoanalista debía ser un personaje particular, una monja en coma, porque, como dice en un momento de la novela, ella es una mujer que ha hablado muy poco –porque su tía y su madre no paraban–, y consigue en esa monja el interlocutor ideal para poder relatar su vida, sus aventuras como ladrona, como mujer que se enamora y que se desenamora, que intenta sobreponerse a las dificultades. Así que sí, está ese nexo con Delibes –que me hace muy feliz– y con esta novela de Philip Roth; y es que creo que una de las cosas estupendas de escribir es que cuando uno está trabajando le acompañan, ya sea consciente o inconscientemente, muchos autores que te susurran sus palabras.

P Se lo preguntaba también porque en este caso, como Delibes, da protagonismo a una voz femenina. Leía en su blog que esto tiene su razón de ser, que es un tema que le interesaba particularmente al escribir este libro.
R Yo fui criado por aproximadamente unas 22 mujeres –mi madre, mis tías, mis primas...–, y viví en un mundo muy femenino donde yo era el único hombre; un mundo de mucha protección, de mucha ternura y con figuras paternas ausentes, algo común en Venezuela. Y eso generó una empatía importante y complicidad con las mujeres; y también un conocimiento que descubrí con el tiempo y por el que hoy es muy común que las mujeres me cuenten con naturalidad sus cosas y alimenten mi imaginación. Es un tema que ya había trabajado más o menos con anterioridad, pero esta vez sentí la necesidad de que esta ladrona de guante blanco fuese una mujer, me resultaba más interesante. Fíjate, todos los libros apuntan a los hechos vitales, pero también parte de la biografía de uno son los libros que se leen, el cine que se ve, la música que se escucha; y, en este sentido, hay una película mexicana que se llama Danzón que va sobre una mujer que lo único interesante que hace en su vida es bailar una vez a la semana con un señor, y ese señor desaparece de repente. La película va de el momento en que empieza a buscar a este hombre, y es una historia que también estaba gravitando cuando escribí El baile de madame Kalalú.

P Sí, porque el libro también cuenta la búsqueda de un amor perdido. Sin embargo, habla de una mujer fuerte, combativa, independiente y, dice, «que no espera a nadie». ¿Hay ahí un mensaje feminista?
R Sí, es una mujer que se vale por sí misma porque es lo que yo conocí en ese entorno en el que me crié; es el tipo de mujer que me rodeaba, y que no sé si eran feministas, pero desde luego no les quedaba más remedio que ser así. Digo que no sé si lo eran porque muchas veces no tenían una preparación intelectual para ello. Y Emma es una mujer a la que le encantan los hombres, pero que no se va a someter a ninguno de ellos. Y te diré una cosa: creo que son esas relaciones, de respeto mutuo, las que está reflejando la literatura contemporánea.

P Seguimos hablamos de Emma, si le parece. En El baile de Madame Kalalú nos presenta a una mujer que es cabecilla de una organización criminal y a la que, incluso, le cargan tres asesinatos. Sin embargo, se nos presenta también como un personaje entrañable y con el que el lector puede llegar a generar cierta empatía.
R Esta es una de las cosas más maravillosas de la ficción. Mira: Patricia Highsmith habla de personajes verdaderamente oscuros, pero a los que al final las cosas les salen bien. La literatura nos permite aproximarnos y asomarnos a mundos que en la vida cotidiana no compartiríamos. En este caso, me interesaba que los lectores se asomaran a la idea de este personaje que roba con gran elegancia y sin sangre de por medio y que se identifiquen con ella y vean, pese a todo, su lado fulguroso, luminoso. La literatura no está para dar ejemplos morales, sino para asomarnos a nuestros abismos.

P En el libro también se habla de la locura; o, al menos, esta aparece como telón de fondo con esa historia que cuenta la protagonista y que no sabes si es del todo verdad –y que la protagonista esté en un psiquiátrico, aunque sea para evitar la acusación de asesinato, no ayuda–. Digamos que juega en el límite entre la locura y la cordura.
R El libro central de nuestra tradición, que es El Quijote, es el de un personaje que se mueve entre ambos mundos. Somos hijos de esa novela y de esa historia, y la ficción es una forma de profundización en la realidad, pero también en esos otros caminos. Entonces, por un lado tenemos el tema ´quijotesco´ (¿Estás o no estás en la realidad?); por otro lado hay un juego con códigos de la telenovela, con las desgracias que le ocurren a sus personajes. En este caso quise jugar en concreto con el psiquiátrico, un lugar que, curiosamente, y pese a ser lo que es, es un sitio donde se siente a salvo. Es un mundo delirante y extremo, pero creo que Emma se esfuerza en demostrar que ella entiende la diferencia entre un mundo y otro; entre qué es una persona mentalmente sana y qué no lo es. Es también una manera de ver como la vida de ella estuvo marcada por un pariente que realmente tenía un trastorno psiquiátrico; un reconocimiento amoroso a una persona que, estando enferma, hizo lo imposible porque ella no se viera afectada (el padre).

P También es un libro en el que hace patria, patria de su Venezuela natal, y en concreto de Caracas, de donde es la protagonista. ¿Era importante para usted mostrar un cara de Venezuela distinta –casi siempre a través de la música– a la que nos tienen acostumbrados los medios de comunicación últimamente?
R Las ciudades y las gentes tienen muchos rostros. Venía de escribir Los maletines, un retrato crudo de Venezuela, y necesitaba un respiro y mirar el rostro afable, el rostro luminoso, musical, alegre y solar de mi país. Ha sido un respiro para mí y para los lectores, en este caso a través de un personaje que ha viajado y que tiene más sencillo identificarse con la parte lúdica que los que están allí viviendo esa terrible realidad.

P No sé si ha participado anteriormente en algún certamen de este tipo, pero ¿qué le parece el Proyecto Mandarache, donde, como sabe, son los jóvenes lectores los que van a decidir el ganador del premio?
R Es una experiencia espléndida. Aquí tendré que echar mano del lugar común de todos los autores que han tenido la suerte de pasar por aquí cuando dicen que ser finalista es ya un premio, pero es que es verdad. Que se hayan activado todos esos lectores, que tengan la novela y que recibas la lectura de estos chicos es invalorable. Además, yo soy escritor, pero vivo de ser gestor cultural, y no puedo dejar de pensar que es una actividad cultural fantástica, bien llevada, bien planificada, con gran comunicación... Me parece admirable, y yo se que lo han dicho muchos autores antes, pero es una experiencia para exportar. Y como escritor encantado y feliz de participar. Yo normalmente enero me lo tomo con cierta melancolía cuando acaban las fiestas, pero ahora estoy como si hubiera tomado un montón de café, alegre e impaciente.

P Hablando de jóvenes lectores, y ya para terminar, ¿cómo ve la situación de la lectura, aquí en España, entre los jóvenes? La mayoría de los escritores son muy pesimistas en este sentido...
R Lo popular es lanzar discursos apocalípticos y poner a parir a los chicos y decir que no leen, que son indolentes. Pero los chicos son el reflejo de la sociedad que los adultos creamos, y proyectamos nuestras propias miserias sobre ellos. De hecho, creo que leen bastante más de lo que creemos, pero lo hacen por otras vías, por otros caminos –cuando están con el teléfono, por ejemplo, muchas veces están leyendo aunque no lo sepan–. ¿Entonces cuál es el problema? Yo lo veo en los adultos: no sé si la educación que reciben respecto a la literatura es la adecuada. Lo bonito es leer a Larra, no aprender la fecha de su muerte o de sus obras; y así, entonces, quizá un día tengan la necesidad de saber lo que era el costumbrismo. Pero, primero, la belleza. En resumen, la situación no es tan desesperada, pero podemos hacer mucho más.

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