08 de enero de 2018
08.01.2018

Un excelente quinteto opus 34 de Brahms

07.01.2018 | 19:12

ohannes Brahms (1833-1897) escribió en 1862 el Quinteto en Fa menor op. 34 para dos violines, viola y dos violonchelos; muy pronto, lo convirtió en la Sonata para dos pianos, designada como op. 34b, obra de gran efecto, que se publicaría en 1872; y, poco después, lo reescribió como Quinteto con piano en Fa menor, op. 34, para piano y cuarteto de cuerda, que se estrenó y publicó en 1865. Es la obra camerística más célebre de Brahms, de importancia dentro de la música de cámara, quizás la más importante del siglo XIX en este campo, y forma, junto a los quintetos de Schubert y Dvorák, el tríptico tradicional para esta formación instrumental. Era lógico que centrara la atención de este 'XVIII Concierto Extraordinario de Navidad' del Cuarteto Saravasti ( Gabriel Lauret, violín I, Diego Sanz, violín II, Pedro Sanz, viola, y Enrique Vidal, violonchelo) en la Sala de Cámara del Auditorio regional.

En algunos de sus conciertos, y en la mayoría de estos de Navidad, el cuarteto invita a tocar a colegas de profesión. En éste, y para la obra comentada, se contó con la colaboración de la madrileña Marta Liébana, profesora en Amsterdam, muy buena pianista, sólida y segura, y con la que el cuarteto, sus componentes, y el grupo como tal, se entendieron muy bien, al tiempo que ella mantuvo clara sintonía con el cuarteto. Con un equilibrio muy estable entre el piano y el cuarteto, dos fuerzas autosuficientes, se escuchó perfectamente cada instrumento, con su importancia real, y la pertinente combinación de todos generó un sonido pleno, ensamblado, de calidad y color adecuados (lástima que el piano disponible no fuera mejor), y con su intensidad. Con el poder del primer movimiento, la serenidad del segundo, el medido contraste del tercero y el aquilatado y afirmativo ímpetu del final. Versión seria, convincente, con fuerza, consistencia rítmica y precisión, con un lirismo muy en su sitio, y con una idea cabal de unidad estructural.

En la primera parte, el cuarteto de cuerda había ofrecido el Cuarteto en Re mayor op. 33 nº 6, de Joseph Haydn (1732-1809), limpiamente tocado, transparente, con todos sus detalles, con su carácter; y el Cuarteto en La mayor op. 18 nº 5, de Ludwig van Beethoven (1770-1827), ajustado en forma y hechura, con la bien diseñada línea del 'allegro' inicial, la amabilidad del 'menuetto', la enfocada sencillez del 'andante', o con el promediado brío del 'allegro' final.

Con obras del austríaco Haydn y de los alemanes Beethoven y Brahms, los tres activos en Viena, el programa era largo, y los Saravasti supieron dosificarse para, sin menoscabo de las primeras obras, ni del principio de la última, ya con la pianista, llegar al final sin merma física ni de concentración.

Se ocupó media sala, quizás algo más, y los aplausos del público fueron correspondidos por los cinco muy solventes intérpretes con dos propinas: Liebesleid, del violinista austríaco Fritz Kreisler (1875-1962), en la versión para cuarteto de cuerda de Gabriel Lauret, en la que el piano, tal cual, encajaba perfectamente, y Stille Nacht, del organista y maestro de escuela, también austríaco, Franz Xaver Gruber (1787-1863), igualmente sobre versión para cuarteto de cuerda de Lauret, en la que la pianista dio la impresión de no atenerse estrictamente a nada concreto escrito, que resultó, realmente, muy bien, y afectivo por las fechas, para cerrar este acto.

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