21 de noviembre de 2009
21.11.2009
Obituario

Miguel Payá, entregado a su familia y amigos

Daba igual que fuera de política, de fútbol, de toros o de arte: su juicio siempre era ponderado
y documentado

21.11.2009 | 10:14
Miguel Payá, en una imagen captada en la última Feria de Septiembre

Conocí a Miguel Payá en torno a una mesa a comienzos de los años 80. Sería la primera de las muchas veces que la mesa y el mantel sirvieron para cimentar la amistad y el cariño. El grupo de amigos se autodenominó 'El puchero feliz', y de la mano del gastrónomo Ismael Galiana y de otro yeclano (Miguel vino a Murcia desde el Altiplano) como José Ignacio Gras, se dedicó a reivindicar la gastronomía regional, que entonces comenzaba a maridarse con la 'nouvelle cousine', de la que luego Miguel abominó, convirtiéndose en un defensor a ultranza de la cocina autóctona sin aditivos ni 'moderneces'.

Han pasado casi treinta años desde entonces y ahora me veo en el trance de decirle adiós, emborronando unas líneas que estoy seguro no estarán a la altura de una persona de la calidad humana y la inteligencia que atesoraba Miguel, que en la madrugada de ayer viernes nos dejó huérfanos a su familia y muchos amigos, al abandonar esta vida que él supo apurar hasta el último instante.

Pero su presencia, su cercanía, su afecto, nos van a seguir acompañando en la memoria, que nos retrotrae al último franquismo y a un Miguel activista en la Universidad con su idealismo por las causas justas que lo acompañará siempre. O a su estancia en París donde sobrevivió, como un 'clochard' en los pasillos del metro como tantos otros españoles que anhelaban la libertad.

Regresó Miguel a España y colaboró desde la concejalía de Festejos del Ayuntamiento de Murcia en la revitalización de nuestros festejos tradicionales y en la aparición de otros nuevos, que transformaron radicalmente el concepto de las fiestas de la mano de José Manuel Garrido.
Desde entonces, Miguel ejerció su trabajo en el Ayuntamiento de Murcia, del que era jefe de servicio, con el 'sello' de la casa, o sea imponiendo su forma de ser: dedicación sin tasa, profesionalidad al máximo y muchas, muchas dosis de sentido común. En su despedida ayer así lo resumían Miguel Ángel Cámara y Miguel Cascales: un ejemplo de un servidor público.

Su trabajo como funcionario municipal tan sólo se vio interrumpido durante los tres años en los que tuve la enorme suerte de compartir con Miguel una tarea apasionante: colaborar en la organización de una Exposición Universal.

Bajo el magisterio de Alfonso Riera, recién nombrado director de la División de Actividades Culturales de la Expo´92, nos marchamos a Sevilla un grupo de murcianos entre los que se encontraba Miguel, estrecho colaborador de Alfonso y amigo del alma desde entonces. Teresa Vilaseca, Pepe Ibáñez, y más tarde Ana Alberca, fuimos convocados por Alfonso y Miguel para acometer un reto profesional que nos unió aún más para siempre.

En un trabajo con fecha de caducidad, donde había que hacer las cosas bien, pero muy rápidas, la brillantez de Alfonso Riera tuvo el contrapunto adecuado en la mesura y el buen juicio de Miguel. Fueron años de esfuerzo y también de momentos felices junto a nuestros hijos, entonces niños.

Pero el mejor Miguel estaba aún por descubrir. La vuelta a Murcia nos ofreció a una persona aún más entregada a su familia y a sus amigos. Apasionado de la lectura, agudo observador de la realidad, intelectual sin afectación, Miguel nos ha regalado años que nadie nos robará. Daba igual que fuera de política, de fútbol, de toros o de arte: el juicio de Miguel siempre era ponderado y documentado.

Cuando hace dos años le diagnosticaron su enfermedad, Miguel la afrontó con entereza y gallardía. Sus muchas cualidades se forjaron aún más en los momentos difíciles y su curiosidad por todo cuanto le rodeaba permaneció intacta.

Aún la semana pasada quiso conocer el renovado Casino y allí fueron los amigos con él, los mismos que el pasado lunes compartimos un café en la Plaza del Romea en lo que intuimos su despedida.

A Marien, su querida esposa, y a Alberto y Rocío, sus amados hijos, les queda ahora un hueco imposible de llenar. Pero es en estos momentos de dolor cuando debe prevalecer el recuerdo de su esposo y padre, como lo que fue: un hombre que desde la inteligencia y el conocimiento aprendió que lo más importante en la vida son aquellos que te quieren y te rodean. Como lo habéis hecho, Marien, Alberto y Rocío, hasta su último aliento.

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