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Menores

Negociar entre padres e hijos: cómo reducir el uso del móvil este verano

El empleo de pantallas y dispositivos digitales entre niños y adolescentes puede incrementarse hasta un 30% durante la temporada estival

La adicción de los niños a las pantallas preocupa a los expertos.

La adicción de los niños a las pantallas preocupa a los expertos. / EPE

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Gonzalo Cano

Gonzalo Cano

Ha pasado más de un mes desde que los colegios cerraron las puertas, lo que se tradujo en un incremento del tiempo libre de niños y adolescentes. Una época que puede acarrear un uso excesivo de los dispositivos tecnológicos: «Ocurre igual que los fines de semana, pero amplificado, porque se juntan varios factores como la falta de rutina y de hábitos», explica Carlos Valls, profesor e investigador principal del Grupo ‘Psicología y Neuropsicología aplicada’ de la UCAM, quien añade que «en ocasiones hay un menor control parental, algo que se puede agravar en familias con falta de recursos».

El investigador señala que «lo más beneficioso es intentar mantener hábitos y rutinas durante todo el año para evitar posibles desajustes en el uso del móvil».

En muy poco tiempo, el menor pasa del ritmo de los estudios a un largo periodo de ocio que, si no se gestiona, puede terminar en un uso abusivo de los dispositivos digitales. Según apunta Carlos Valls, el problema en sí no es solo el uso que el menor hace de las pantallas, sino cómo está creado el contenido: «La tecnología puede poseer muchos beneficios. Sin embargo, muchas de las aplicaciones están diseñadas para dar recompensas inmediatas y de tipo pasivo; es decir, gratificación rápida a cambio de poco esfuerzo».

El psicólogo establece que en la infancia y adolescencia esto tiene una implicación «especialmente potente» debido a la maduración del cerebro: «El sistema de recompensa es muy sensible en estas edades y lleva al adolescente a buscar experiencias gratificantes e inmediatas. Asimismo, el sistema de control, en la corteza prefrontal, aún no es capaz de inhibir ese deseo casi irrefrenable».

¿Cuánto tiempo de exposición es recomendable?

Carlos Valls hace hincapié en que no existe una cifra mágica, pero «algunos expertos señalan que nada antes de los 2 años; entre los 2 y los 5 máximo una hora, pero supervisada y, hasta los 12, unas dos horas». El caso de los adolescentes es diferente. Valls defiende que la clave sería valorar «el impacto funcional que tiene en ellos, no solo a la hora de responder a obligaciones, sino en la repercusión en su descanso y desarrollo».

Respecto a los padres que trabajan en verano, Valls reconoce que «se trata de un problema porque no hay posibilidad de control claro», aunque pone de manifiesto cómo «hoy en día existen muchas apps de control parental de gran utilidad». Sin embargo, esa es una respuesta «sencilla», ya que «lo mejor es utilizar herramientas más indirectas». El investigador propone ocupar la mente del niño con otro tipo de actividades, como el deporte o las relaciones con otras personas: «Lo importante es que haga algo que le guste y que sea lúdico», subraya.

El profesor de la UCAM reitera la importancia de crear hábitos: «Cuando desaparecen las rutinas, disminuye la supervisión y, en ocasiones, se reduce también el sostén social o familiar del menor; es fácil que ese disfrute pasivo e inmediato ocupe un gran espacio en su tiempo libre».

¿Ira o solo aburrimiento?

Algunos de los conflictos familiares en el periodo estival se producen al retirar la pantalla, instante en el que los menores pueden reaccionar con enfado. Frente a quienes califican esta respuesta como un síndrome de abstinencia, Valls pide cautela: «En la mayoría de los casos es aburrimiento o una mezcla de sentimientos negativos normales cuando se interrumpe una actividad placentera».

Para diferenciar el mero ocio veraniego de un problema con impacto en la salud mental, el psicólogo de la Católica aconseja observar el nivel de interferencia en la vida diaria del menor: «Si el niño deja de responder o no a sus responsabilidades, por pequeñas que sean, o a las cosas que anteriormente le generaban interés, como los planes familiares o con amigos».

A la hora de proponer soluciones, Valls expresa cómo «las imposiciones unilaterales suelen desencadenar conflictos» y plantea como solución la negociación conjunta y la búsqueda de acuerdos compartidos entre padres e hijos: «el principal consejo que les daría a los padres es que tengan en cuenta que a nadie le gustan las imposiciones. Se trata de buscar el diálogo». El psicólogo señala cómo «muchas veces pensamos que con quitarle el móvil al niño es suficiente, pero solo le creamos sentimientos negativos». Se trata de «incluir al menor en la toma de decisiones».

El investigador de la UCAM argumenta que uno de los pilares «básicos» es el ejemplo que tienen que dar los padres: «Muchas veces somos los adultos los que no podemos estar delante de una persona sin mirar el móvil; es lo que se conoce como phubbing». Valls reconoce que «es algo que no hacemos solo con los demás, sino también con nuestros hijos. Si ellos ven eso desde pequeños, lo asimilarán como algo normal y ahí es donde, poco a poco, esa bola tecnológica va aumentando», concluye.

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