Pintando al fresco
Aquellos tiempos
Les voy a contar a ustedes cómo era un día en la vida de un niño de 10 años en 1953

Ilustración de Leonard Beard. / L. O.
Hoy les voy a contar a ustedes cómo era un día en la vida de un niño de 10 años en 1953. Voy a referirme concretamente a un chaval muy cercano a mí, cercanísimo, diría yo, tanto que podría escribir este artículo en primera persona, pero es que, lo tengo comprobado, la primera persona no va bien en las columnas de los periódicos, no queda propia. Así que optemos por el ‘él’ y a ver si conseguimos entretener.
Se trata de un chaval listo, flaco y espigado. Su familia, como el noventa por ciento de los habitantes de la ciudad del sureste en la que vive, es pobre. Su padre tiene un oficio en el que se mata a trabajar a diario, pero el sueldo da para poco. Aunque han pasado las terribles penurias de los años cuarenta, en plena postguerra, los cincuenta todavía no despegan con un mínimo bienestar para gran parte de la sociedad. El chico, pues, se levanta por la mañana a las ocho. Su madre ya ha ido a uno de los puestos de la ciudad donde cada mañana reparten leche americana (aunque España se había quedado fuera del Plan Marshall con el que USA ayudó a Europa a resurgir de la Segunda Guerra Mundial, nos llegaba su leche en polvo, que cada mañana preparaban en sitios de caridad al que acudían madres con una botella y se la llenaban). La verdad es que a nuestro muchacho de hoy le daba un poco de asco esa leche, pero se la bebía con sopas de pan dentro. Era lo que había.
Es menester describir la ropa del chico para ir al colegio, todo muy limpio, eso sí, pero con este aspecto: pantalones con parches en el culo hechos con retales de otras prendas, incluso de otro color, camiseta de felpa, camisa normalmente heredada del padre cuando se había puesto vieja que obviamente le estaba muy grande, jersey de lana o algo parecido. Solía el chaval llevar las rodillas llenas de costras de las diferentes heridas provocadas por las caídas en los juegos con sus amigos. En el pelo, algún piojo, aunque estos muy perseguidos por las madres, que les ponían una sustancia para matarlos que olía fatal.
El chico iba al colegio, en este caso, uno de monjas que daban unas bofetadas como panes, aunque él recibía pocas porque era estudioso. Sin embargo, a su hermano lo embreaban a diario porque era pelín bicho. El horario escolar era de 9.00 a 12.00 horas por la mañana, y, en cuanto salía, iba a su casa, cogía un saco y se iba a los montes cercanos a la ciudad a recoger yerba para darle de comer a los conejos que criaba en la terraza de su casa. Él era el absoluto encargado de este tema y debía cumplir con él a rajatabla. Estos animales, en una ciudad, eran un complemento alimentario para onomásticos y fiestas, y casi todo el mundo en su barrio tenía un espacio en los balcones o en las terrazas con conejos o gallinas.
Por la tarde, clase, en mayo, santo rosario. A las seis el chico podía salir a jugaral fútbol con sus amigos en la calle, con una pelota hecha con papeles de periódico y cuerdas, o se iban a pescar al puerto. La carnada la preparaban con pan mojado y algo más, lo que encontraban por la casa, o pillaban ‘bichos-bola’, que a veces funcionaban bien con los raspallones. En ciertas épocas entraban en el puerto algunas grandes masas de palometas y se pescaba casi una cena. El mújol, aunque picaba, normalmente no se podía comer porque tenía sabor al petróleo que flotaba siempre en el puerto.
Por la noche, llegaba la hora de la cena, que consistía siempre en un bocadillo de pan y lo que hubiera. La sobrasada era muy popular, pero también se llevaban mucho los de patatas fritas, los de morcilla y los de tocino cortado en trocitos pequeños. Casi siempre se cenaba en la calle, sentado en un portal con los amigos, todos con su bocata. Cuando uno aparecía con el de tortilla provocaba envidias.
Y pronto, a dormir, compartiendo cama con un hermano. Así eran aquellos tiempos y así se los he contado.
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