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Laboral

Cómo es trabajar en el infierno

El calor extremo es, en la Región de Murcia, enemigo especialmente de algunos oficios, en los cuales las altas temperaturas ponen cada día al límite la resistencia del cuerpo de los empleados

Ginés Sánchez, cocinero de un asador de pollos, el pasado viernes.

Ginés Sánchez, cocinero de un asador de pollos, el pasado viernes. / Iván Urquízar

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Maxim Polovchuck

Son las nueve de la mañana en el centro de Murcia y el termómetro marca 29 grados. El sol aún no asoma con intensidad. Cuando termina el turno de la mañana, a las dos de la tarde, ya no es tan amigable como hace cinco horas: el mismo termómetro registra ahora 45 grados, 16 más en cuestión de horas. Esta oscilación brutal dentro de un mismo turno de trabajo no es una anomalía puntual, sino el rasgo que define el clima de la Región: la amplitud térmica. Ese cambio brusco de temperaturas durante el día es el que inestabiliza la temperatura corporal, dificulta la aclimatación y facilita los mareos, desmayos y golpes de calor.

Esta no es una sensación aislada de quien camina hoy por el centro de Murcia: es un patrón que atraviesa toda España. Desde el pasado domingo 5 de julio, el país vive instalado en una ola de calor que no da tregua: tres comunidades autónomas con avisos rojos activos y máximas que en el litoral de Murcia han rozado los 40-42 grados.

Según el Sistema de Monitorización de la Mortalidad Diaria (MoMo), mayo de 2026 se cerró ya con 123 muertes atribuidas al calor en todo el país, la cifra más alta de la que se tiene registro para ese mes. Y aunque la Región de Murcia solo ha contabilizado, según datos del Ministerio de Trabajo, 32 episodios laborales relacionados con el exceso de temperatura entre 2023 y 2025 -29 de ellos leves-, esa cifra no cuenta lo que ocurre cada verano a pie de campo, de obra o de monte: el momento exacto en que un cuerpo deja de responder al calor, mucho antes de que se convierta en estadística oficial. Técnicos agrícolas, bomberos forestales, trabajadores de asaderos y tuberos comparten un mismo enemigo invisible pero cada vez más presente, y una misma pregunta de fondo: ¿Quién los protege realmente cuando el termómetro se convierte en el verdadero riesgo laboral de la Región de Murcia?

¿Quién los protege realmente cuando el termómetro pasa a ser el verdadero riesgo laboral ?

Todos se enfrentan a un mismo adversario desde distintos puestos de trabajo y perspectivas: el estrés térmico. Es el mismo fenómeno que documentan organismos como el Instituto Nacional de Seguridad y Salud en el Trabajo (INSST) o la Organización Mundial de la Salud (OMS). El estrés térmico es la carga de calor externa a la que está expuesto un trabajador. No es solo la temperatura ambiental: se juntan las condiciones ambientales del lugar de trabajo, la actividad física realizada y las características de la ropa que se lleva puesta. La OMS recomienda habilitar espacios de descanso para las pausas programadas y beber agua aunque no se tenga sed, para eliminar la sobrecarga térmica acumulada.

Asimismo, en semanas como esta, en las que se encadenan olas de calor y alertas naranjas en la Región, existen leyes que regulan estas situaciones para prevenir mareos y golpes de calor. Según el RDL 4/2023, las empresas están obligadas a implantar medidas preventivas cuando hay alerta naranja o roja por temperaturas, o directamente a reducir la jornada u optar por la jornada intensiva para centrar el trabajo en las horas menos calurosas. La realidad es que la normativa existe sobre el papel, pero su aplicación depende de la "voluntad de cada empresa". ¿Y por qué es importante tratar este tema en la Región de Murcia? Porque su economía depende de sectores muy expuestos al calor -agricultura intensiva, construcción naval, turismo y hostelería, gestión forestal-, y porque la Región de Murcia ya figura entre las que más días de alerta naranja o roja acumula cada verano. Según el INE, la agricultura agrupa el 10,9% del empleo regional, casi el triple que la media nacional (3,7%): Murcia, como "huerta de Europa", concentra uno de cada diez empleos en el campo.

A ese peso agrícola se suma un tejido industrial y de construcción naval -como el astillero de Cartagena- que opera bajo el mismo riesgo térmico o incluso mayor, aunque bajo un marco normativo mucho más difuso. Sindicatos, patronal y academia coinciden en señalar la misma brecha: la que separa la ley del cumplimiento real.

Juan Pedro Cornejo, bombero forestal de la Región de Murcia

Juan Pedro Cornejo, bombero forestal.  | JUAN CARLOS CAVAL

Juan Pedro Cornejo, bombero forestal. / Juan Carlos Caval

"La solución que nos dan es que nos aclimatemos"

Juan Pedro Cornejo lleva veinte años apagando incendios y asegura que la situación "está igual, incluso peor" que hace dos décadas, cuando al menos no se trabajaba con maquinaria pesada en pleno verano. Critica que se realicen labores agrícolas en épocas de peligro medio-alto y en horas punta y propone concentrar ese trabajo en invierno y en horarios menos agresivos.

Un día de mayo basta para ilustrar el problema: la jornada arranca a las 10.30 con motosierra y desbrozadora hasta las 14.15, se retoma a las 16 tras la comida en el propio monte, y sigue con maquinaria hasta las 18, coincidiendo con las horas de más calor. "A las 12 ya empieza a hacer calor, y ya llevas esa hora acumulada", explica. Si un incendio estalla por la tarde, la brigada puede encadenar doce horas seguidas sin descanso, sin que la exposición previa se descuente de la jornada.

Sobre el papel, la empresa fija un límite de 38 grados para retirar a la brigada a base; en la práctica, el umbral se diluye en cuanto se declara un incendio, y no tiene en cuenta que la sensación térmica puede superar ampliamente la temperatura real. Cuando el bombero y sus compañeros trasladaron su malestar por trabajar con el mono de protección subido en pleno calor, la respuesta de la empresa fue tajante: "Que ahora se suban los monos hasta arriba". La única recomendación institucional frente al calor extremo, resume con ironía, es "aclimatarse" — acostumbrar el cuerpo, en lugar de reducir la exposición. Para Cornejo, el problema no es un pico puntual de calor, sino la acumulación: "El estrés térmico es acumulativo, se acumula durante la semana".

María José Giménez Vera, técnica agrícola en Torre Pacheco

María José Giménez Vera, técnica  agrícola en Agroquímicos ATP.  | L. O.

María José Giménez Vera, técnica agrícola en Agroquímicos ATP. | L. O.

"Antes no se tenía tan en cuenta el calor en el campo"

Son las 12 del mediodía en Torre Pacheco y el termómetro marca 36 grados. Para María José Giménez Vera, técnica agrícola con veinte años de oficio, esa hora es una frontera invisible: a partir de ahí, "es más complicado de llevar" para quienes trabajan al raso, aunque en los invernaderos la sensación térmica sea algo más soportable.

Giménez asegura que "antes se trabajaban ocho horas, o más si eras autónomo. No se tenía tan en cuenta el calor". Hoy los agricultores empiezan a recoger pimiento a las 6.30 de la mañana y, si a las 12 el calor aprieta, mandan a la gente a casa, retomando la tarea —si hace falta— a partir de las 4 o las 5 de la tarde. Su recomendación frente al calor se resume en "hidratación constante y protección solar".

Su marido, Jesús Esteban Ramos, también técnico agrícola, tiene una jornada distinta —de 7.00 a 14.00 horas— marcada por el ir y venir constante entre invernaderos y fincas. Es esa repetición, más que el calor en sí, lo que más desgasta: "Cada vez pierdes fuerza, pierdes ganas de seguir", admite. A diferencia de otros compañeros del sector, destaca que su empresa "es muy flexible" a la hora de acortar la jornada.

Antonio José Palacios, tubero en un astillero de Cartagena

Antonio José Palacios, tubero en un astillero de Cartagena.  | JUAN CARLOS CAVAL

Antonio José Palacios, tubero en un astillero de Cartagena. / Juan Carlos Caval

"Todos los días hay gente mareada en el astillero"

Lleva años trabajando como tubero en un astillero de Cartagena y es miembro del comité de empresa. Pueden llegar a enfrentarse a los 50, 60 e incluso 70 grados, una temperatura que sufre no solo el soldador, sino todo el que trabaja alrededor. A eso se suma el trabajo en espacios confinados: dentro del submarino, con tanques donde se aplican tratamientos térmicos con cambios bruscos de temperatura, es imprescindible entrar con un ventilador —"si no, no puedes estar"— y aun así se sale exhausto tras un par de horas.

Fuera del submarino la cosa no mejora: antes de empezar la jornada ya se va "chorreando", con el equipo obligatorio —pantalón y camisa de manga larga, casco, guantes, botas— al que los soldadores suman chaqueta de cuero y una capucha llamada ‘verdugo’.

Sobre los avisos naranjas y rojos de la Aemet es escéptico: la empresa mide la temperatura, pero "sigue siendo la misma situación". Las pocas concesiones logradas —bebida isotónica, algún ventilador— no llegaron por iniciativa de la dirección, sino a fuerza de insistencia sindical: "Nos lo han dado a regañadientes, a cuentagotas". Cada soldador decide por sí mismo cuándo parar. "Aquí todos los días hay gente mareada", asegura, aunque no ha habido, dice, "ningún susto gordo" Lanza una propuesta con ironía: que quienes legislan se pasen un verano trabajando ahí dentro. "Jugarse los riñones de los demás es muy fácil cuando no son los tuyos".

Ginés Sánchez, cocinero en un asador de pollos de Cartagena

Ginés Sánchez,  en el asadero de pollos La Fuente, en Cartagena.  | IVÁN URQUÍZAR

Ginés Sánchez, en el asadero de pollos La Fuente, en Cartagena. / Iván Urquízar

"A la plancha del asadero se suma lo que está cayendo fuera"

En la cocina de un negocio familiar de comida para llevar, el termómetro no perdona. Cuando fuera se rozan los 40 grados, dentro hay que sumar "unos 10, 12 grados más". Ginés Sánchez, el cocinero del asador de pollos La Fuente, en Cartagena, ha normalizado una sensación que a cualquier visitante ocasional le resultaría sofocante. "Es un calor fuerte", admite, y matiza que a veces se pasa peor en una obra a la intemperie que junto al asador.

No hay tregua ni pico horario: el calor "es constante" durante toda la jornada, dice, más allá de que la ventilación y los extractores funcionen correctamente.

"Al calor de la plancha se suma el que hace fuera", aunque para él la verdadera fatiga no viene del calor sino del ritmo de gente de ese día. El negocio no distingue protocolos de verano frente a los de invierno. En la práctica cada empleado regula su propio descanso: turnos de hidratación cada dos horas, agua y bebidas siempre disponibles, y libertad para salir a "tomar un poco el aire" cuando lo necesitan. Fue precisamente ese margen de autogestión lo que, según cuenta, evitó que ningún compañero llegara a sufrir un golpe de calor o mareo, con una única excepción: una trabajadora recién incorporada que "no estaba acostumbrada". La empresa sí cumple con la obligación de realizar un estudio de estrés térmico anual en los meses de más calor.

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