15 años después
Aniversario del terremoto de Lorca | El milagro de los regantes
La reconstrucción está repleta de historias protagonizadas en aquellos día por los lorquinos

El milagro de los regantes / María José Ruíz Reverte
María Brunswick
En la capilla del Monasterio de Santa Ana y Santa María Magdalena de las Clarisas, cada 19 de mes se reza por los 'Señores del agua'. Una tradición que viene de lejos y que Sor Rosario, una de las monjas más veteranas, recuerda que se instauró en agradecimiento a la ayuda que prestaron los regantes al convento en un momento determinado de máxima necesidad. Y el terremoto quiso que fueran nuevamente los agricultores, que cada mañana levantan el tablacho, los que obraran el 'milagro' de poner en pie el Monasterio de Clarisas. "No me lo podía creer cuando nos anunciaron, que casi 90.000 regantes de Alicante, Murcia y Almería, iban a subir un céntimo el precio del agua de riego para pagar el arreglo de nuestro convento. Lloré y miré al cielo. De nuevo, los '', venían a salvarnos", cuenta la abadesa del monasterio, la Madre María Jesús.
El entonces presidente del Sindicato Central de Regantes del Acueducto Tajo-Segura, José Manuel Claver, junto al presidente de la Comunidad de Regantes de Lorca, José María Fernández Pallarés, anunciaban la buena nueva a las monjas. Claver expresó la firme decisión del Scrats de ayudar a Lorca y de hacerlo reconstruyendo un inmueble de principio a fin. Así nació la campaña 'Céntimo solidario', por la que 89.000 regantes cedían, por cada metro cúbico de agua que consumían, un céntimo a la causa. Curiosamente, cuando se iniciaron las obras empezó a llover y los pantanos comenzaron a llenarse, como manifestaba el obispo de la Diócesis de Cartagena, monseñor José Manuel Lorca Planes el día en que se llevó a cabo la entrega del templo a las clarisas, mientras que el precio del agua bajaba hasta cinco céntimos.
Los regantes han vuelto una y otra vez al monasterio. Desgraciadamente, dos de los máximos impulsores ya no están, pero se les sigue recordando con mucho cariño. "Ellos obraron el 'milagro', porque nosotras con nuestros trabajos de costura, plancha y de elaboración de bizcochos y empanadas, jamás podríamos haber reunido el dinero suficiente para hacer frente a la reconstrucción de nuestro convento. Y, desde entonces, nuestra comunidad ha ido creciendo en número con constantes incorporaciones de nuevas monjas. Jamás podremos agradecer a los regantes lo que hicieron por nosotras. Rezamos para que puedan ser acreedores de la solidaridad que no dudaron en mostrarnos", añade la Madre María Jesús.
El terremoto, llevó al cierre de todas las iglesias afectadas de una u otra forma, obligando a instalarse carpas para acoger las ceremonias. A las puertas del Santuario Patronal de la Virgen de las Huertas, los niños recibían su Primera Comunión en una escena que se repetía por toda la ciudad. Pasó mucho tiempo hasta que los templos pudieron abrir. Los 'niños del terremoto', los que nacieron en los meses siguientes a la tragedia, recibían las aguas bautismales en lugares poco habituales. Una pequeña, que nació un año después del terremoto, era bautizada junto a las ruinas de la Iglesia de las Clarisas a las puertas de la capilla del cementerio del monasterio. "Es de una familia muy cercana a nosotras. Los bisabuelos de la pequeña, que lleva entre sus nombres el de las dos advocaciones de nuestro convento, Santa Ana y Santa MaríaMagdalena, fueron los que escondieron a la madre superiora y alguna monja más, en momentos convulsos de la historia más reciente de nuestro país. Sus padres expresaron la necesidad imperiosa de que recibiera las aguas bautismales cuanto antes, porque la pequeña tenía una dolencia, y así lo hicimos en una situación un tanto pintoresca", relata la abadesa del monasterio.

De entre los escombros se rescató la imagen de Inmaculada de Roque López / María José Ruíz Reverte
Junto a las ruinas de la capilla, en un andamio, se colocó la imagen de Santa Ana. Los padrinos y los padres se situaron delante de la grúa. A sus espaldas, un cartel advertía: 'Use el casco de seguridad'. En una pequeña mesa de madera, en una bandeja de plata, fue bautizada la pequeña.
Esa niña, hacía su Primera Comunión años después en la restaurada Iglesia de las Clarisas, pero la pandemia obligó a que lo hiciera con mascarilla, porque los 'niños del terremoto', son también los 'niños de la pandemia'.
Aquel día sonó una pequeña campana en señal de alegría. Una campana que repicaba como si de una niña traviesa se tratara. Lo hacía a 'tirón de cuerda', sin mecanismo alguno. Presidía un armatoste que Pascual Mora Pérez y su hijo Alberto habían ideado a las puertas de los pequeños salones donde se celebraba misa diaria, pero donde también vivían las monjas clarisas mientras se reconstruía su convento. 'Juanita', la pequeña campana del viejo monasterio de la calle Álamo y Lope Gisbert, cayó del campanario cuando este se resquebrajó, pero no sufrió daño alguno. Entonces, Lorca estaba en un silencio absoluto. No se oían las risas y gritos de los niños, porque no había pequeños en las calles.
Alguno de los ‘niños del terremoto’ fueron bautizados entre ruinas mientras las iglesias se reconstruían
Era una mañana, bien temprano, cuando 'Juanita' comenzó a repicar. Poco antes, otra campana, 'despertó' de su sueño. Era la de la torre campanario de la iglesia de San Francisco. La hizo sonar, a golpe de badajo, un joven albañil que trabajaba en las obras del templo. Pedrucho, como lo conocían todos, aseguraba entonces que estaba harto de tanto silencio y que echaba de menos escuchar las campanas de San Francisco. Y, dicho y hecho, Pedro Mena Mateo se alzó hasta lo más alto del templo, y comenzó a hacer sonar a San Pedro uno de los bronces del campanario. La emoción le embargó y no pudo reprimir las lágrimas al recordar todo lo sucedido en los últimos meses. Desde la calle Nogalte, Corredera, Cuesta de San Francisco y Alfonso X el Sabio, los viandantes miraban hasta lo más alto sorprendidos, mientras aplaudían el gesto del joven.
San Francisco, la sede religiosa de la Hermandad de Labradores, Paso Azul, fue el primer campanario en alzar su voz, aunque de forma testimonial. Le siguió 'Juanita' desde el Monasterio de Clarisas, pero en poco tiempo se sumaron los bronces de San Mateo, el Carmen, San Patricio, la Capilla del Rosario, Santiago… No pasó mucho hasta que la ciudad volvía a desperezarse cada mañana con el sonido de sus campanas que anuncian las horas, y que repicaron y voltearon con alegría cuando los templos volvieron a ser consagrados.
Campanas que se hacen presentes, sobre todo, en el casco antiguo, donde convergen los sonidos de la antigua colegial de San Patricio, Santiago, Capilla del Rosario, San Mateo, San Francisco y de Nuestra Señora del Carmen. Y a lo lejos, también se sienten, cuando el viento acompaña, las del Monasterio de Clarisas, San Cristóbal y San José. Más lejos quedan las de Cristo Rey, en La Viña.
En algunos de esos templos se dejaron 'cicatrices' como recuerdo del terremoto. En la mayoría de las ocasiones no por decisión propia, sino por las dificultades de resolver los desplazamientos originados por los movimientos sísmicos de aquel día. Esos pequeños detalles son advertidos cada día por los guías que acompañan a los turistas que recorren la ciudad.
Entre los más visibles, los de la Torre del Espolón. Algunos muros del monumento del Castillo se desplazaron entre 15 a 20 centímetros. En la cúpula de la Capilla del Rosario, sede religiosa del Paso Blanco, también hay un pequeño recuerdo del terremoto que la pericia de los técnicos en iluminación y pintores lograron que pasase lo más desapercibido posible. Y en San Patricio, en una de las ventanas de la fachada principal, se observa un pequeño resalto producido por el zarandeo de los movimientos sísmicos de aquel día.
Estas huellas, cicatrices del terremoto, llaman la atención de los visitantes que llegaron a la ciudad desde pocas horas después de suceder la tragedia. La curiosidad llevó a muchos a recorrer Lorca durante el proceso de reconstrucción. Esas visitas fueron gestionadas a través de la campaña, 'Lorca, abierta por restauración', que pretendía dar respuesta a ese interés, pero a la vez, evitar que la ciudad se alejara de los itinerarios turísticos en un momento que se precisaba más que nunca que el foco informativo continuara recordando lo sucedido para lograr que el proceso de reconstrucción llegara hasta el final.
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