Pintando al fresco
Caras queridas

MADRID, 07/03/2026.- El exministro José Luis Ábalos en el banquillo de los acusados este martes en el primer día del juicio contra él, contra su exasesor Koldo García y contra el empresario Víctor de Aldama en el Tribunal Supremo por el caso de las mascarillas, una presunta trama de corrupción para lucrarse con material sanitario durante la pandemia. EFE/J.J. Guillén POOL. POOL / J.J. Guillén / EFE
Esta semana, con el juicio a Dávalos y a Koldo, ha saltado a los medios de comunicación el tema de las señoras mantenidas por su pareja, y, por mantenida, quiero expresar que el presunto exministro que está siendo actualmente juzgado se encargaba económicamente de la manutención, la vivienda, el veterinario del gato, los gastos generales de estas mujeres, e incluso de conseguir un trabajo de broma, donde pagaban pero no había que trabajar, siendo lo máximo que se les exigía leer libros de trenes que es un oficio que suele estar muy mal pagado, pero que es este caso daba para mucho.
Aunque, como es natural, los medios de comunicación han tratado de ser lo más correctos posible a la hora de contar los intríngulis de estas relaciones del ministro con las señoras, alguno se ha permitido la libertad de llamarlas ‘amantes’, claro está que por ser él casado no las podían llamar ‘novias’. Pero lo cierto es que, a mis cortas luces, la expresión ‘amante’ no refleja bien la relación que este señor mantenía con ellas. Un o una amante es una persona comprometida en una relación con un hombre o mujer casada, pero no tiene por qué haber además una aportación económica por parte del señor. A este tipo de relación en el que un hombre casado se lía con una mujer y le paga los gastos, se le ha llamado siempre «tener una querida», aunque la expresión está en desuso, y también se utilizaba en masculino, para decir, por ejemplo, «Juanita, como tiene mucha pasta, se ha echado un querido más joven que su marido».
Ustedes son muy jóvenes, pero los de mi generación vivimos una época en la que el oficio de querida estaba bastante extendido. Siendo yo un crío, en el segundo piso de mi casa vivía una querida. Se llamaba María y era muy buena persona. Como es natural, vivía sola, y a veces le decía a mi madre que si mi hermano y yo, de unos 4 y 6 años respectivamente, podíamos bajar a jugar a su casa un rato y así le hacíamos compañía. A cambio nos daba de merendar y eso que se ahorraba mi madre, que no estaban los tiempos para despreciar meriendas gratis, aunque estuviesen pagadas con el dinero del pecado. Cuando venía el querido –un hombre de casi sesenta años, casado por supuesto, que se llamaba don José-, mi madre nos encerraba en casa no vaya a ser que se nos ocurriera llamar a la casa de María. En la misma calle, vivía otra querida que se llamaba Isabel, y todos los vecinos lo sabían. Ellas no salían nunca a la puerta de las casas a hablar con las vecinas en las tardes de verano, pero la gente las trataba con normalidad, porque era época de mucha pobreza, y aquello era una especie de oficio. Hasta un cura que pasaba a menudo por la calle, si cruzaba con María o a Isabel , las saludaba, con gesto algo adusto pero comprensivo, y les dirigía alguna frase de este tipo: «A ver hija mía cuando te veo por el confesionario». Ellas le sonreían y decían: «Alguna vez será, don Pedro», y se metían en su casa.
Por si algún lector de esto, al ver las sesiones del juicio de Ábalos, se le ocurre la idea de echarse una querida, debe tener en cuenta que es muy distinto hacerlo siendo ministro que dedicándose a cualquier otra profesión. Por lo que estamos viendo en el juicio, es un tema caro. Y, si se trata de una querida que no tiene trabajo y pone como condición para el sexo extraconyugal que le busque un empleo donde le paguen un sueldo sin trabajar, la cosa se complica mucho más. En cualquier caso, no hay que envidiar al ministro. Para mantener a las queridas, ha tenido que hacer, presuntamente, tráfico de influencias, cohecho, malversación de fondos públicos, falsedad documental, etc. Es decir, estar todo el día liado o mandando a alguien a ocuparse del tema. Es el problema de los políticos puteros. Qué pereza. No creo que merezca la pena.
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