Agricultura
Los cultivos energéticos no despegan en la Región de Murcia por la incertidumbre hídrica
Los recortes que planea el Ministerio, el coste del agua o la volatilidad productiva complican que la bioenergía se consolide como nueva vía de negocio agrario

Paisaje lleno de girasoles ubicado en un municipio del Campo de Cartagena. / Loyola Pérez de Villegas
La agricultura murciana mira hacia la bioenergía como una posible vía de diversificación, pero la incertidumbre sobre el agua vuelve a actuar como freno. La idea de los llamados cultivos energéticos —plantas destinadas a producir biomasa, biocarburantes o electricidad— aparece en informes y estrategias europeas como una oportunidad económica y climática. Sin embargo, en la Región la escasez hídrica, el aumento de costes y las decisiones del Estado sobre la disponibilidad de recursos marcan el paso de un sector que teme perder nuevas oportunidades antes incluso de poder explorarlas.
El debate se produce en un momento especialmente delicado: el anuncio de nuevos recortes en el Trasvase Tajo-Segura, el cierre de acuíferos sobreexplotados y el elevado precio del agua desalada se suman a un contexto de volatilidad productiva. Paradójicamente, todo ello ocurre pese a que las reservas nacionales han alcanzado niveles históricamente altos, lo que ha intensificado la sensación de estar acosados y perseguidos entre agricultores y organizaciones agrarias murcianas.
En ese escenario, el secretario de Agricultura de la Unión de Pequeños Agricultores y Ganaderos (UPA) en Murcia, Antonio Moreno, considera que la bioenergía "es una oportunidad de futuro", pero advierte de que su implantación como negocio agrícola regional es "complicada". Según explica, hasta 2020 existía un impulso creciente de estos cultivos, frenado después por la pandemia y por la guerra en Ucrania, que obligó a priorizar la producción de cereales para alimentación humana y animal.
Murcia, mejor posicionada para transformar biomasa que para producirla
Moreno señala que la principal barrera es la rentabilidad. Los cultivos agroenergéticos —como camelina, carinata, sorgo o colza— suelen ser herbáceos de secano y dependen de la regularidad de las cosechas. En Murcia, donde la pluviometría es irregular, la producción puede ser muy inestable. "De cada tres años, uno se recolecta; así es prácticamente inviable plantearlo como negocio", explica el responsable de UPA.
El dirigente agrario insiste en que la Región está mejor posicionada para transformar biomasa que para producirla. El entorno industrial del Valle de Escombreras ofrece capacidad para procesar materias primas, pero no garantiza suministro local continuo. Y en la industria de biocombustibles, advierte, la maquinaria no se detiene: si falta producto, se importa.
La posibilidad de recurrir al regadío tampoco despeja dudas. Moreno apunta que asegurar la cosecha requeriría agua adicional y eleva el coste hasta niveles que diluyen cualquier margen. En una frase que se repite en el sector, afirma que el agua "vale más cara que el coñac", lo que obliga a descartar cultivos con valor añadido incierto.
Contratos, una posibilidad
El modelo que podría cambiar la situación pasa por contratos estables con empresas energéticas o agroindustriales, similares a acuerdos de largo plazo existentes en otros territorios con determinados cultivos. Esos compromisos permitirían al agricultor invertir con cierta seguridad. Sin ellos, la bioenergía corre el riesgo de convertirse en una demanda adicional de recursos, no en una oportunidad real.
La situación podría cambiar si hay contratos estables con empresas energéticas
En zonas con dotaciones bajas de riego, algunos agricultores ven incluso más factible implantar cultivos energéticos que producciones hortícolas intensivas, pero siempre que exista una remuneración suficiente y continuidad productiva. De lo contrario, el coste hídrico absorbe la rentabilidad.
Así, la bioenergía aparece en Murcia como una promesa condicionada. El potencial existe —por la transición energética, por la capacidad industrial y por el papel creciente de la biomasa—, pero el factor agua sigue siendo determinante. La falta de certidumbre hídrica no solo limita lo que hoy se produce: también condiciona lo que podría producirse mañana.
ASAJA Murcia reclama incentivos
"Con investigación y apoyos públicos podemos subirnos a ese tren"
La nueva estrategia europea de bioeconomía refuerza el papel de la agricultura como proveedor de biomasa y como motor de nuevas cadenas industriales, una línea que organizaciones agrarias consideran clave para el futuro del medio rural. Desde Asaja Murcia se valora positivamente el enfoque comunitario, que reconoce al campo como pieza esencial para la sostenibilidad, la competitividad y la producción de materiales y energía renovable.
La hoja de ruta europea apuesta por impulsar biorrefinerías integradas capaces de transformar residuos y subproductos agrícolas en nuevos productos, generar empleo y aumentar el valor añadido en el territorio. Para la organización, el énfasis en la producción doméstica de biomasa y en la economía circular abre un espacio de crecimiento para agricultores y cooperativas.
No obstante, Asaja advierte de que el desarrollo de la bioeconomía exigirá reglas de competencia equilibradas. Por ello, reclama controles más estrictos sobre importaciones de productos biobasados que no cumplen los estándares europeos y pide que la remuneración a los agricultores refleje su aportación ambiental y productiva.
El secretario general de la organización, Alfonso Gálvez, sostiene que la Región podría incorporarse a esta transición si se dan las condiciones adecuadas. A su juicio, "con investigación aplicada, innovación, apoyos públicos, un plan específico e incentivos podemos subirnos a este tren", una idea que sintetiza la posición del sector: oportunidad sí, pero con acompañamiento institucional. La estrategia también pone el foco en el aprovechamiento de residuos agrícolas y forestales, un ámbito que podría favorecer el desarrollo de proyectos locales ligados a la industria energética, química o de materiales. Para Asaja, ese enfoque evita que la bioeconomía se limite a aumentar la demanda de recursos y la convierte en una palanca de desarrollo territorial. En cualquier caso, la transición hacia modelos bioeconómicos debe tener en cuenta la realidad productiva del campo.
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