Medio ambiente
Un estudio revela por qué el Mar Menor resistió durante años al exceso de nitratos
Un modelo ecológico liderado por el investigador Ángel Pérez-Ruzafa analiza cómo esta situación altera el equilibrio de la laguna y qué factores permiten su recuperación

Aspecto del Mar Menor en la zona de Los Urritias, Cartagena. / EFE/Marcial Guillén
Un nuevo estudio científico vuelve a situar al Mar Menor en el centro del debate ambiental. La investigación, liderada por el ecólogo marino Ángel Pérez-Ruzafa, catedrático de Ecología de la Universidad de Murcia y presidente del Comité Científico, junto a otros especialistas, propone una mirada más completa sobre cómo las lagunas costeras responden al exceso de nutrientes y qué factores permiten que se recuperen tras una crisis ecológica. El mensaje es claro: el sistema tiene una notable capacidad de adaptación, pero esa resiliencia tiene límites y depende de cómo se gestione el territorio.
El trabajo parte de un problema conocido en la Región de Murcia: la eutrofización. Este término describe el proceso por el que un ecosistema acuático recibe un exceso de nutrientes —principalmente nitrógeno y fósforo procedentes de agricultura, aguas urbanas o escorrentías— que dispara el crecimiento de algas y microorganismos. Cuando esa proliferación es muy intensa, el agua pierde transparencia, disminuye el oxígeno y pueden producirse mortandades de fauna. Es lo que se denomina crisis distrófica, es decir, episodios de colapso ecológico asociados a falta de oxígeno.
Los investigadores recuerdan que el Mar Menor mantuvo durante décadas una combinación poco habitual: alta producción biológica —sobre todo pesquera— y buena calidad del agua. Sin embargo, los cambios agrícolas y la gestión del territorio iniciaron en los años noventa un proceso de enriquecimiento de nutrientes que, tras un largo periodo de resistencia natural, desembocó en la crisis de 2016.
Un ecosistema capaz de resistir… durante un tiempo
Una de las principales conclusiones del estudio es que las lagunas costeras no responden de forma inmediata al exceso de nutrientes. Pueden aguantar años gracias a mecanismos de autorregulación. Ese concepto —autorregulación— se refiere a la capacidad del ecosistema para absorber impactos mediante cambios internos: aumento de ciertos organismos, modificación de las cadenas alimentarias o almacenamiento de nutrientes en sedimentos.

Praderas del Mar Menor / IEO
Según el modelo desarrollado por los científicos, el Mar Menor logró mantener el equilibrio durante casi dos décadas pese al aumento de nitratos. En ese periodo, el control del plancton por medusas y otros organismos y el papel de la vegetación del fondo ayudaron a conservar la transparencia del agua. El estudio explica que, cuando esos mecanismos se saturan, el sistema cambia bruscamente: el control bentónico (del fondo) se rompe, el fitoplancton domina y aparece la crisis.
El modelo que intenta responder a la gran pregunta
La investigación utiliza un modelo de balance de nutrientes, una herramienta que calcula cuánto entra, cuánto sale y cómo se transforma el nitrógeno y el fósforo dentro de la laguna. En otras palabras, funciona como una contabilidad ecológica. Con ese enfoque, los autores analizan tres momentos clave: Antes de la eutrofización, cuando el sistema era pobre en nutrientes pero muy productivo, la fase de resistencia, con aumento de aportes pero equilibrio aparente y el colapso y la recuperación, tras la crisis de 2016. El objetivo era identificar cuánto nutriente puede soportar el ecosistema sin perder su funcionamiento y qué procesos permiten que vuelva a estabilizarse.
La investigación usa un modelo de balance de nutrientes, una 'contabilidad ecológica'
Uno de los hallazgos más relevantes es el papel del sistema bentónico, es decir, la vida del fondo marino: praderas, algas, microorganismos y fauna asociada. Cuando la producción biológica se canaliza hacia ese fondo, el ecosistema mantiene el equilibrio. Parte de los nutrientes se transforman en biomasa, otra se consume en la cadena alimentaria y el exceso se almacena en sedimentos.
En cambio, cuando la producción se desplaza hacia el agua —dominada por fitoplancton— el sistema se vuelve inestable. El estudio describe, por ejemplo, el papel de la alga Caulerpa prolifera como gran acumuladora de nutrientes. Buena parte de lo que capta termina en el sedimento, ralentizando su circulación. Otros organismos, como los microfitobentos (microalgas del fondo), transfieren la mayor parte de los nutrientes directamente a la cadena alimentaria, favoreciendo la producción pesquera.

Gráfica del estudio con las estaciones de muestreo durante las tres fases: preeutrofización, eutrofización y poseutrofización. / L.O.
Una respuesta compleja
Determinar el límite de nutrientes que desencadena una crisis es una de las cuestiones más difíciles en gestión ambiental. Los investigadores señalan que no existe una cifra única. El modelo sugiere que el Mar Menor puede tolerar incrementos significativos de nutrientes si el ecosistema mantiene su estructura y diversidad. Sin embargo, cuando se rompe el equilibrio entre nitrógeno y fósforo o coinciden episodios de calor, lluvias intensas y acumulación de materia orgánica, el riesgo de colapso aumenta. En definitiva, el estudio sostiene que el problema no es solo la cantidad de nutrientes, sino la velocidad a la que llegan y la capacidad del sistema para procesarlos.
Determinar el límite de nitratos que desemboca en una crisis es muy complejo
Tras la crisis, la laguna mostró señales de recuperación: recolonización del fondo, aumento de organismos filtradores y cierta mejora de la producción pesquera. Estos organismos —como gusanos, moluscos o esponjas— actúan como "depuradoras naturales", capturando partículas y ayudando a estabilizar el sistema.
No obstante, los autores advierten de que el equilibrio actual es frágil. El Mar Menor puede alternar periodos de aguas claras con episodios localizados de hipoxia, especialmente en veranos cálidos o tras lluvias torrenciales. La investigación insiste en que la resiliencia —la capacidad de recuperarse— no significa invulnerabilidad.
El trabajo, realizado con participación de la Universidad de Murcia, plantea que la solución no pasa únicamente por reducir nutrientes, aunque eso sea esencial. También es necesario: restaurar hábitats del fondo, mantener la diversidad de especies, favorecer comunidades filtradoras, evitar la homogeneización del ecosistema o mejorar la conexión ecológica con el Mediterráneo. En definitiva, no basta con 'cerrar el grifo', también hay que reforzar la maquinaria natural que procesa lo que entra.
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