Entrevista
Juan José García Escribano: “La polarización ya no es política: es emocional, y está rompiendo la convivencia”
“La extrema derecha no va a llegar: ya está aquí”, alerta el investigador

Juan José García Navarro / L.O.
La polarización se ha convertido en una palabra omnipresente. Está en los debates, en las sobremesas familiares y hasta en los anuncios navideños. Pero ¿qué significa realmente? ¿Por qué crece? ¿Y qué papel juega la Región de Murcia en este fenómeno? El sociólogo Juan José García Escribano, codirector del Centro de Estudios Murciano de Opinión Pública (CEMOP) y uno de los responsables de la V Encuesta Nacional de Polarización Política 2025, lleva años analizando el clima social y político en España. García Escribano participa el próximo miércoles, 18 de febrero, en el ciclo Líneas Rojas 2026, organizado por las Comunidades Cristianas de Base de la Región de Murcia y la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC) de la Diócesis de Cartagena, junto con el también sociólogo y ex secretario general de Cáritas Española, Sebastián Mora. El acto tendrá lugar en la Cámara de Comercio de Murcia (Plaza de San Bartolomé), a las 19:30 horas.
¿Qué queremos decir realmente cuando hablamos de polarización?
La polarización ha existido siempre. Tradicionalmente se movía en el plano ideológico: derecha e izquierda, con sus diferencias y sus conflictos. Pero eso no implicaba que un ciudadano de derechas odiara a uno de izquierdas. Había lealtades cruzadas: uno podía ser de derechas y del Barça, o de izquierdas y del Madrid, y convivir sin problema. Lo nuevo es que esa polarización ha pasado al plano afectivo. Hoy, quien piensa distinto deja de ser un adversario para convertirse en un enemigo. Ya no podemos ni hablar de política en Nochebuena sin que la conversación acabe en tensión. Ese salto a lo personal es lo que hace que la polarización actual sea tan perniciosa. En Estados Unidos, por ejemplo, más del 50 por ciento de demócratas y republicanos no querrían que su hijo se casara con alguien del otro partido. En los años 60 no llegaba al 10 por ciento. Ese dato lo dice todo.
¿Hasta qué punto la precariedad laboral, la falta de expectativas o la incertidumbre vital alimentan esa polarización?
Muchísimo. La polarización es multicausal, pero la situación social es clave. Vivimos desde los años 80 bajo una ideología muy individualista, que ha ido destruyendo el “nosotros” y reforzando un “yo” muy exclusivo. Eso ya predispone a encerrarnos en nuestras propias visiones. A eso se suman las redes sociales, que funcionan como cámaras de eco: solo vemos lo que confirma lo que ya pensamos. El algoritmo nos tiene calados. Lo diferente desaparece, y lo que no encaja se convierte en amenaza. Y luego está la realidad material. Jóvenes con trabajos precarios, alquileres imposibles y un futuro que no pueden imaginar. Personas que trabajan y aun así son pobres. Una generación atrapada en un presente continuo, sin pasado que analizar ni futuro que proyectar. Esa frustración es un caldo de cultivo perfecto para los extremos.
¿Por qué muchos jóvenes y personas precarizadas encuentran en la extrema derecha una supuesta solución?
Porque están desilusionados con la política tradicional. Sienten que los partidos que han gobernado durante décadas no han resuelto sus problemas. Y buscan romper el sistema. Hace diez o quince años, ese papel lo jugó Podemos. Hoy lo ocupa la extrema derecha. La extrema derecha ofrece explicaciones simples para problemas complejos. Blanco y negro. Y eso, en momentos de incertidumbre, es muy seductor. Aunque sean soluciones inviables o directamente falsas —como expulsar inmigrantes, algo imposible y además contraproducente—, el mensaje emocional cala. Las redes sociales amplifican ese discurso emocional, no racional. Y sin una ciudadanía formada críticamente, esos mensajes encuentran un terreno fértil.
En vuestros informes sobre polarización, ¿no os invade la desesperanza al ver este panorama?
Intentamos no caer en ella. Como los médicos, debemos mantener cierta distancia del objeto de estudio. Pero vivimos en esta sociedad, y es difícil aislarse. Aun así, soy de los que creen que siempre se pueden hacer cosas. Mi papel es poner datos sobre la mesa y proponer soluciones. Si alguien las toma en serio, ya es un avance.
Hablemos de soluciones. ¿Por dónde empezar?
Por la educación. Y no hablo solo del sistema educativo, sino de una educación en sentido amplio. España arrastra un modelo basado en la memoria desde el siglo XIX. Necesitamos formar ciudadanos con pensamiento crítico, no repetidores de contenidos. También debemos alfabetizar digitalmente a la población. Las tecnologías, las redes sociales y la inteligencia artificial tienen un enorme potencial positivo, pero también riesgos enormes. Si dejamos que las tecnologías nos usen a nosotros, en lugar de usarlas nosotros, estamos perdidos. Y necesitamos normas. Europa ha avanzado en regulación, pero queda mucho por hacer. Sin regulación, las grandes plataformas imponen su lógica. Por último, hay que devolver seguridad vital a la ciudadanía: vivienda, servicios públicos, estabilidad. Sin eso, la frustración seguirá alimentando los discursos fáciles.
¿Y en la Región de Murcia? ¿Somos diferentes o seguimos la tendencia nacional?
Murcia es muy española. Se parece muchísimo al conjunto del país. A veces incluso vamos un poco por delante: aquí Vox ganó unas elecciones generales antes que en otros lugares. Lo que sí nos caracteriza es un optimismo muy murciano, quizá por el clima, la comida o las redes familiares mediterráneas. Ese optimismo hace que a veces no cuestionemos realidades que son objetivamente peores que en otras regiones: más pobreza, servicios sociales con menos financiación, problemas estructurales como el Mar Menor. En lo político, reproducimos los mismos enfrentamientos que a nivel nacional. Ni siquiera en algo tan grave como el Mar Menor hemos logrado un acuerdo de Región estable. Eso dice mucho.
¿Va a gobernar la extrema derecha?
La extrema derecha ya gobierna en algunos lugares. Su crecimiento es evidente. Su objetivo no es solo condicionar al Partido Popular, sino superarlo. Y el PP, al asumir parte de su discurso, le está haciendo el juego. Como dicen muchos ciudadanos: prefieren el original a la copia. El PSOE también contribuye, con discursos que alimentan el miedo. En las últimas encuestas ya se observa un trasvase directo de votos del PSOE a Vox entre los jóvenes, sin pasar por el PP.
La única manera de frenar a la extrema derecha es aislarla políticamente y demostrar que sus propuestas no tienen consistencia. Si otros partidos ofrecen alternativas viables, la ciudadanía las apoyará. Si no, la extrema derecha seguirá creciendo.
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