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Un hombre sereno sobre un campo de minas
Cien años después de su creación, la Confederación Hidrográfica del Segura sigue siendo una institución esencial y, a la vez, poco conocida por la ciudadanía. Su labor técnica y constante ha modelado el territorio, garantizando el uso racional del agua

Mario Urrea es el actual presidente de la CHS, cargo que ocupa desde agosto de 2018. / Israel Sánchez
La Confederación Hidrográfica del Segura cumple un siglo de vida con una paradoja a cuestas: es una de las instituciones públicas más antiguas y decisivas del sureste español y, al mismo tiempo, una gran desconocida para buena parte de la ciudadanía murciana. Su historia ha transcurrido casi siempre lejos del foco, entre expedientes técnicos, planos, obras hidráulicas y decisiones que, sin hacer ruido, condicionan la vida cotidiana de millones de personas.
Creada en 1926, al amparo del Real Decreto-Ley que dio origen a las primeras confederaciones hidrográficas españolas, la del Segura nació con una idea radical para su tiempo: gestionar el agua desde la lógica natural de la cuenca y no desde las fronteras administrativas. Aquel modelo, pionero en Europa, integró en un mismo organismo al Estado y a los usuarios.
Un siglo después, esa intuición sigue siendo su columna vertebral. «No ha habido que inventar otra cosa», viene a decir su actual presidente, Mario Urrea, convencido de que la fortaleza del sistema reside precisamente en haber sabido adaptarse sin romperse.
Desde su asamblea inaugural en el año 1927, la Confederación del Segura asumió un territorio marcado por la irregularidad extrema: largos periodos de estiaje, lluvias torrenciales concentradas en pocas horas y una escasez estructural de recursos que ha condicionado históricamente el desarrollo del sureste. Gobernar el agua en el Segura nunca fue una tarea cómoda. Más bien, un ejercicio permanente de equilibrio entre necesidades, límites y expectativas.
A lo largo de este siglo, la CHS ha acompañado la evolución de la política hidráulica española. De los grandes impulsos iniciales a las infraestructuras se pasó, con el tiempo, a una visión más compleja, donde la planificación, la protección ambiental y el interés general ganaron protagonismo. «Seguimos siendo confederación de cuenca porque es la mejor manera de entender el agua», insiste Urrea, subrayando esa continuidad como una virtud más que como una inercia.
Hoy, la Confederación es mucho más que obras. Gestiona usos, controla la calidad del agua, protege ecosistemas acuáticos, vigila vertidos y garantiza la seguridad de presas y cauces. Un trabajo técnico, constante y poco visible, pero imprescindible para que el agua llegue en cantidad y calidad suficientes a hogares, campos y ciudades. «Somos bastante más que ‘los señores del agua’», ironiza el presidente, consciente de la distancia que aún existe entre la institución y la percepción ciudadana.
Aquí se habla, se discute y se negocia. La gobernanza no es concepto: se practica cada día con los usuarios del agua
La planificación hidrológica se ha convertido en uno de los grandes ejes de su actividad. Documentos exigentes, complejos, que ordenan el sistema y proyectan escenarios en una cuenca crónicamente deficitaria donde cada hectómetro cuenta. Junto a ellos, la cultura de la prevención ha ido ganando peso. La Confederación del Segura fue pionera en la elaboración de planes de sequía y en la incorporación temprana de indicadores para anticipar situaciones críticas. Anticiparse, más que reaccionar, forma parte ya de su manera de trabajar.
También la gestión del riesgo de inundaciones ha evolucionado hacia una visión más integral. A las infraestructuras se han sumado el mantenimiento de cauces, el análisis del territorio y una aplicación estricta de la legalidad. «Nuestra obligación es proteger el dominio público hidráulico, incluso cuando eso no siempre se entiende», asume Urrea, consciente de que la prevención rara vez genera aplausos inmediatos.
Este trabajo se despliega sobre una cuenca extensa y diversa, con ríos regulados, ramblas, acuíferos y zonas húmedas que requieren atención permanente. La Confederación actúa como árbitro y garante del interés general, autorizando, controlando y, cuando es necesario, sancionando. Una labor discreta que sostiene la seguridad y el equilibrio del territorio.
Uno de los rasgos más singulares de la CHS sigue siendo la integración de los usuarios en sus órganos de gobierno. Comunidades de regantes, abastecimientos urbanos y otros actores participan en los procesos de decisión. La gobernanza, en este caso, no es un concepto abstracto. Se practica. «Aquí se habla, se discute y se negocia», explica Urrea, reivindicando esos espacios como el lugar natural donde deben construirse los acuerdos, lejos del estéril ruido político.
La institución ha sabido adaptarse sin renunciar a su esencia. La reutilización de aguas regeneradas —en la que la cuenca del Segura es referente nacional y europeo—, la desalación como complemento estructural y la mejora continua de los sistemas de planificación son fruto de una innovación forzada por la necesidad.
En los últimos años, la CHS ha avanzado también en transparencia y administración electrónica. El reto, mirando al futuro, es dar un salto cualitativo. Convertirse, en palabras de su presidente, en «una confederación plenamente del siglo XXI», capaz de ser mucho más ágil, más comprensible y más cercana.
Porque detrás de la sigla CHS hay personas. Cerca de cuatrocientos profesionales que sostienen el funcionamiento diario de la institución. Un engranaje humano que, como recuerda Urrea, «se levanta cada día para que el agua llegue y el territorio esté protegido».
El centenario se convierte así en una ocasión para abrir puertas y explicar qué es la CHS y por qué su trabajo resulta decisivo. Cien años después de su creación, el modelo de gestión por cuencas no solo permanece: sostiene, día a día, el equilibrio de un territorio que ha aprendido a convivir con la escasez.
Un hombre sereno sobre un campo de minas
Mario Andrés Urrea Mallebrera no llegó a la presidencia de la CHS como un observador externo. Llegó desde dentro. Funcionario de carrera, ingeniero y profundo conocedor de la institución, su trayectoria está marcada por una relación prolongada y técnica con la casa que hoy dirige. Para Urrea, coincidir al frente de la CHS con su centenario ha sido, más que un hito profesional, un privilegio personal. Desde esa mirada interna, reivindica la continuidad de un modelo que ha demostrado su solidez a lo largo del tiempo, pero también la necesidad de ese salto cualitativo para afrontar el futuro. Tecnología al servicio de la simplificación administrativa y una relación más rica y cercana con la ciudadanía forman parte de su visión.Su estilo elegante y calmado, que no pierde a pesar de la batalla por el agua y la polémica reducción de aportaciones del Trasvase Tajo-Segura y de los acuíferos para 2027, se apoya en el diálogo y la razón. Cree en la gobernanza real, en la negociación dentro de los órganos de la Confederación y en el valor del consenso técnico frente al ruido externo. Defiende una institución abierta, pedagógica, capaz de explicarse mejor y de acercarse a colegios, universidades y ciudadanos. Entre planos, indicadores y proyectos, Urrea mantiene una debilidad especial: la Casa del Agua de Santomera. Un espacio llamado a convertirse en centro de interpretación, memoria y futuro de la Confederación. Su legado, espera, no se medirá solo en obras, sino en haber contribuido a dejar una institución más preparada y fiel a su razón de ser: servir al territorio desde el rigor y el interés general.
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