Patrimonio
Del abandono a la oportunidad: la lección patrimonial de Marchamalo
Hispania Nostra reclama planificación a 30 años y alerta del deterioro del casco histórico de Cartagena y del abandono de los restos de San Esteban

Las salinas de Marchamalo vuelven a producir sal artesanal apta para el consumo tras décadas. / Iván Urquízar
La imagen de las salinas de Marchamalo recuperando vida, tras años de abandono y degradación, sirvió de telón de fondo para la visita del arqueólogo Víctor Antona a Cabo de Palos. Miembro de la Comisión Ejecutiva de Hispania Nostra y portavoz del Comité Científico de la Lista Roja, Antona acudió el pasado martes para entregar uno de los premios que la asociación concede al proyecto de restauración impulsado por Anse y WWF. La ceremonia se convirtió también en una oportunidad para reflexionar sobre el estado del patrimonio cultural en la Región de Murcia y, sobre todo, sobre lo que él considera un problema estructural en todo el país: la falta de planificación a largo plazo.
Desde el primer minuto, Antona rehúye elaborar listas de bienes urgentes. Insiste en que Hispania Nostra no establece comparaciones ni jerarquías entre unos lugares y otros. «El patrimonio es un bien general y común», enfatiza. A su juicio, la prioridad no debe ponerse en señalar casos concretos, sino en construir estrategias duraderas que eviten llegar a situaciones límite.
Aun así, reconoce que la organización ha mirado con preocupación sostenida hacia el Mar Menor, «un bien que estaba en riesgo» y que arrastra problemas «evidentemente serios». Ese deterioro —recuerda— no admite soluciones inmediatas. Forma parte de su reivindicación permanente: la necesidad de pensar el patrimonio no en ciclos de cuatro años, sino en horizontes de décadas. «Lo que hagamos ahora tiene que tener su respuesta en 10, 15, 20, 30 años», insiste.
Hay particulares que nos preguntan cómo liberarse del bien porque no pueden asumirlo
El arqueólogo explica que esa visión a largo plazo es imprescindible en lugares donde la presión urbana y el abandono conviven, como ocurre, a su juicio, en el casco histórico de Cartagena. Antona lamenta la sucesión de solares degradados y edificios en mal estado. En su opinión, la ciudad necesita «un plan integral del casco histórico» que impida que esos espacios se deterioren hasta un punto de no retorno. Por ello, reclama una regulación clara, que concilie la protección patrimonial con el desarrollo urbano y que evite que cada actuación dependa de la decisión puntual sobre un solar concreto.
En su repaso por la Región de Murcia, evoca también el caso de los restos de San Esteban, en Murcia, una excavación que emergió hace más de una década y sigue a la espera de la ejecución del proyecto. Destaca Antona que dejar que un yacimiento permanezca expuesto durante años «carece de sentido», porque multiplica los daños y, con ellos, el coste final de cualquier intervención futura.

Yacimiento de San Esteban en Murcia. / Israel Sánchez
Pese a todo, Antona subraya que existen ejemplos luminosos. El Teatro Romano de Cartagena o la reconstrucción de Lorca tras el terremoto de 2011 son, para él, demostraciones de que «cuando queremos, podemos». Sobre Cartagena, a pesar de sus cuentas pendientes, habla con especial entusiasmo. Lo considera «un éxito rotundo» y un símbolo del potencial transformador que tiene una intervención bien planteada, ejecutada por administraciones coordinadas y equipos técnicos solventes. Recuerda su paso profesional por la ciudad a finales de los años ochenta y asegura que la diferencia con la Cartagena actual «no tiene absolutamente nada que ver».
También en la percepción social, afirma, cabe cierto optimismo. Considera que hoy existe más conciencia que hace una década sobre el papel del patrimonio histórico. No solo como recurso cultural, sino como generador de bienestar y dinamizador económico. El ejemplo del Teatro Romano vuelve a aparecer: quienes viven en su entorno lo valoran, lo disfrutan y reclaman que continúen las excavaciones. Los visitantes, a su vez, se maravillan de la intervención, reforzando la idea de que «proteger el patrimonio es ‘calidad de vida’».
Pero ese avance convive con un obstáculo persistente: la propiedad privada. Analizando los datos de la Lista Roja, Antona identifica en los titulares particulares «la principal fuente de problemas». Hay dos grandes perfiles, explica: individuos que heredan un bien cuyo mantenimiento resulta inasumible, y la Iglesia, que custodia un ingente patrimonio cuyo sostenimiento, en zonas despobladas especialmente, se torna casi imposible. En ese contexto, no es extraño que haya propietarios que pregunten cómo «liberarse de un bien» que no pueden conservar. La solución pasa a menudo por cesiones a ayuntamientos o asociaciones, capaces de movilizar recursos y asegurar su cuidado.
De cara al futuro, Hispania Nostra tiene un reto esencial: generar relevo. Antona reconoce que la asociación trabaja con nuevas tecnologías, pero su prioridad es «llegar a gente más joven» y comprometer a la ciudadanía en la defensa del legado cultural. Recuerda que los edificios sobreviven a varias generaciones y que solo una cadena continua de sensibilidades y cuidados garantiza su permanencia. «Nosotros vivimos muy poco tiempo en comparación con lo que viven los edificios», afirma.
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