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"La guerrilla mató a mi esposo y a mi hijo en Colombia y ahora, en Murcia, temo que me quiten a mi nieta"
Nidia, de 70 años, lleva tres meses viviendo en la capital de la Región con la pequeña, "lo único que me queda de mi muchacho", y ha pedido asilo: espera que Servicios Sociales no le retire la custodia de la menor

Nidia y su nieta, en un parque que hay cerca de su casa en la ciudad de Murcia. / Israel Sánchez
«Me vine a España a buscar otra vida, otro rumbo: mis anhelos son salir adelante y trabajar, porque uno tiene que ganarse sus cositas». Así se expresa Nidia, de 70 años de edad, una mujer residente desde hace tres meses en Murcia, ciudad a la que llegó desde su Colombia natal, huyendo de la violencia. Una crueldad, la de su tierra, que le arrebató primero a su esposo y después a su hijo, un joven cuya vida fue segada cuando contaba con tan solo 21 años de edad y era padre de una niña que aún no había cumplido los dos.
Por el bienestar de esa niña, ahora una preadolescente que ya cuenta con 10 años, decidió la septuagenaria cruzar el charco. Sin embargo, Nidia tiene un temor: que los Servicios Sociales consideren que sus condiciones humildes no sean las óptimas para criar a la menor. «La guerrilla mató a mi esposo y a mi hijo y ahora temo que me quiten a mi nieta», manifiesta, en declaración a La Opinión.
La septuagenaria trabaja limpiando casas y cobra en negro porque aún no tiene la ‘hoja blanca’
Nidia atiende a este periódico «en un huequito» de los que saca para ella, porque entre ocuparse de la pequeña (su prioridad) y los empleos que le van saliendo, limpiando casas, no tiene demasiado tiempo para sí. «Trabajo por turnos, me llaman y lo hago», detalla la mujer, que, de momento, no tiene papeles, por lo que se ve obligada a cobrar en negro.
«Este martes tengo cita para pedir el asilo, la ‘hoja blanca’», comenta. Se refiere al primer documento provisional que se entrega en España tras pedir protección internacional y acredita que la solicitud está en trámite. A Nidia le valdrá para estar legalmente en España, obtener el NIE, acceder a sanidad y, a partir del sexto mes, le permitirá trabajar.

Abuela y nieta reciben a La Opinión en un parque de La Paz, cerca de su vivienda. / Israel Sánchez
Abuela y nieta reciben a La Opinión en un parque de La Paz, cerca de su vivienda. En estos momentos, comparten piso con un matrimonio en esta zona de la capital de la Región. En el domicilio «tengo un cuarto grande, para la niña y para mí», afirma Nidia, que acaricia con afecto el cabello de su nieta mientras habla. «Tengo miedo, porque me han dicho que me la podrían quitar si no tenía las comodidades que debería tener, como tener un cuarto para ella», apostilla, con temor, para añadir que «ella siempre duerme conmigo porque es temerosa, la niña toda la vida ha dormido conmigo».
Nidia es consciente de que «la vida es difícil», como manifiesta, aunque Murcia es un oasis, teniendo en cuenta que «en Colombia hay mucha delincuencia». «Me vine para ver otra vida», reitera.
"La mamá es una muchacha de la calle, borracha y drogada, me dijo que no quería saber nada de la niña"
Lo más importante es que «la niña está estupendamente, le va la mar de bien», subraya, orgullosa. La menor está escolarizada en el municipio, asiste a las clases y va bien en los exámenes. «La tengo con la psicóloga por las tardes, en apoyo», apunta la abuela. La razón: la historia que hay detrás, la de su padre, al que apenas llegó a conocer, y la su madre, que la abandonó, explica Nidia.
«A mi hijo lo mataron y la mamá es una muchacha de la calle que se mantiene borracha y en malas condiciones», remarca la abuela. «La niña me la dejó, me dijo que no quería saber nada de ella», rememora sobre la progenitora, su nuera, una mujer que continúa viviendo en Colombia. «A la niña le tocó verla borracha y drogada», asegura Nidia.
Para proteger a la niña
Proteger a la pequeña fue el impulso que la llevó a hacer las maletas y buscarse la vida a miles de kilómetros. «Por eso me alejé de esas cosas, para que la niña no saque los caminos de la mamá», destaca.
Sin embargo, mucho antes de que su nieta existiese y se convirtiese en la luz de su vida, Nidia ya arrastraba una tragedia. «El duelo es el precio que pagamos por amar», enunció el escritor Jean Paul Richter. En el caso de la septuagenaria, el duelo es doble: primero, por su marido; años después, por su hijo.
Buscamos evitar un nuevo desarraigo traumático para la menor
«Me mataron a mi esposo», recuerda, «la guerrilla me lo mató, delante de mi hijo y delante de mí». Fue entonces cuando «salimos, amenazados, de Caicedonia y nos fuimos para Cali», significa la mujer, que, en el jardín de la ciudad de Murcia que es ahora su casa, luce una camiseta blanca con el nombre de Jesús donde la primera ‘s’ forma el madero central de lo que sería una cruz.
En aquel momento «mi hijo tenía 12 años. No pudo estudiar, me tocó meterlo a trabajar», evoca, al tiempo que relata que «yo también trabajaba» para salir ambos adelante. Tras el asesinato del cabeza de familia, madre e hijo pasaban los días casi escondidos. El muchacho fue saliendo, socializando en su nueva localidad de residencia, y conoció a la que sería la madre de su hija. «Un día me dijo que estaba cansado de esconderse, aburrido, me dijo: ‘Yo voy para el pueblo’. Y le habían dicho que no volviera a bajar al pueblo, que lo matarían. Tenía 21 años y la niña tenía año y medio». No volvió.
Casi una década después de aquello, Nidia espera regularizar pronto su situación y admite que siente «miedo» a que la separen de su nieta «porque es lo único que me quedó de mi muchacho». Tras recoger a la menor de la escuela, esta vecina se va a echar la tarde en un trabajo. Al día siguiente, por la mañana, irá a otro. «Todo por la niña», sentencia. Todo por amor.
"Mantener la unidad familiar"
El abogado Valentín Fernández, cuyo despacho se ocupa de los intereses de Nidia y su nieta, subraya que ambas «llegaron a España huyendo de una situación extrema», puesto que «el padre de la menor fue asesinado en su país y la madre, afectada por una grave adicción a las drogas, protagonizaba episodios de violencia contra su propia hija».

Valentín Fernández, abogado. / L.O.
«Ante ese riesgo vital, fue la abuela quien tomó la decisión de proteger a la menor y traerla a España, donde actualmente ambas se encuentran como solicitantes de protección internacional, cumpliendo con los requisitos legales para ello», manifiesta el letrado.
Apunta que «durante el procedimiento de asilo, la intervención de Servicios Sociales tiene como finalidad prioritaria garantizar el interés superior de la menor, siendo la separación familiar una medida de último recurso», aunque «a pesar de ello, los Servicios Sociales están valorando retirar la custodia de la niña a su abuela, argumentando falta de estabilidad».
«Nuestra intervención jurídica busca evitar un nuevo desarraigo traumático para la menor, quien ya ha sufrido una historia de violencia y pérdida», destaca, y lamenta «las barreras administrativas». «Mantener la unidad familiar es la opción más segura y humana».
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