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Salud mental

Suicidio y discapacidad: elefantes en la habitación en una realidad que incomoda

Convivir con dolor crónico, miedo o una sensibilidad extrema condicionan el día a día de un colectivo silenciado por un doble tabú

Suicidio y discapacidad: elefantes en la habitación en una realidad que incomoda | ISRAEL SÁNCHEZ

Suicidio y discapacidad: elefantes en la habitación en una realidad que incomoda | ISRAEL SÁNCHEZ

Javier Vera

Javier Vera

Los trabajos para la prevención del suicidio desde la primera línea de actuación, personificada en profesionales de la psicología, afrontan cada día la diversidad de casos de cada una de las personas que los sufren. Ya sea debido a una discapacidad intelectual o a una enfermedad crónica, el dolor y el miedo se ‘alían’ en ocasiones con una sensibilidad extrema para sumirles en un presente duro y en un futuro incierto.

Y ante esta oscuridad, la luz se abre paso cada vez con más esperanzadora regularidad en jornadas como la celebrada ayer, que contó con la participación de tres de estas profesionales de la psicología para exponer de primera mano una cruda realidad que necesita ser expuesta y abordada, no solo por el bien de sus protagonistas, sino también por el de aquellos que en cualquier momento pueden verse afectados por ella.

Así, la coordinadora del Grupo de Trabajo de Prevención del Suicidio del Colegio de Psicología de la Región de Murcia moderó una mesa técnica en la que participaron Verónica Rodríguez, psicóloga especializada en atención a personas con discapacidad intelectual; Tania Sánchez, psicóloga y neuropsicóloga clínica; y Timanfaya Hernández, psicóloga sanitaria y forense y decana del Colegio Oficial de Psicología de Madrid.

El riesgo de suicidio se eleva hasta el 11% en aquellas personas que sufren una enfermedad neurológica

Dolor, discapacidad y autólisis

La dureza del dolor sufrido va más allá del dolor en sí, pues a quien lo sufre, además, le lleva en ocasiones a desprenderse de su identidad, ya sea en el ámbito laboral, social o personal. «Pocas emociones condicionan tanto como el miedo. El miedo porque está asociado a la supervivencia de las personas, y el dolor genera miedo. Y el miedo genera situaciones muy unidas a que se precipiten pensamientos y acciones muy unidas a lo que es la autólisis», afirma Timanfaya Hernández.

«Cuando se produce una situación de dolor, del dolor cronificado, el miedo nos llega porque no sabemos qué hacer y cuánto se va a dilatar en el tiempo, cuándo va a desaparecer. Se produce realmente un circuito en cuanto a nuestras emociones, en cuanto a nuestros pensamientos y, claro, en cómo respondemos ante el mundo», añade la decana del Colegio Oficial de Psicología de Madrid.

Trabajar con el dolor, cuando afecta a una persona con discapacidad, es trabajar con la vida

Timanfaya Hernández

— Psicóloga sanitaria y forense

La vida, la realidad y la forma en la que te relaciones con el mundo cambia cuando el dolor hace aparición, como ocurre en la gran mayoría de personas que sufren dolor neuropático, aquel que afecta al sistema nervioso. «Trabajar con el dolor, con ese dolor crónico muchas veces, desde el punto de vista psicológico, cuando afecta a una persona con discapacidad, es probablemente trabajar con la vida», concluye Timanfaya Hernández.

Reconfiguración de identidad

El riesgo de suicidio se eleva hasta el 11% en aquellas personas que sufren una enfermedad neurológica, triplicando prácticamente la estadística de aquellos pacientes sanos. Tania Sánchez debe hacer frente en su día a día a la realidad de pacientes con enfermedades neurodegenerativas como el parkinson o la esclerosis múltiple que suponen un peligroso aumento de la ideación suicida: «El aumento significativo de este riesgo se produce durante los tres primeros meses del diagnóstico, y después va disminuyendo, conforme va aprendiendo a convivir con ella. La desesperanza y la incertidumbre que acompaña a estas enfermedades son factores de riesgo muy importantes».

Otro factor de riesgo a tener en cuenta en estos casos es la soledad, incluso cuando se dispone de una red de apoyo sólida. «Muchas veces el paciente tiene una red de apoyo importante, familiares y amigos a su lado, pero vive su sufrimiento de soledad. Esa dificultad para expresar lo que se siente te lleva a sentirte solo», añade la neuropsicóloga clínica.

Quien tiene una enfermedad puede vivir su vida de forma diferente a quien se considera enfermo

Tania Sánchez

— Psicóloga y neuropsicóloga clínica

Los protocolos de acción cobran entonces una importancia capital. La comunicación directa entre el neurólogo y el servicio de psicología en asociaciones y centros sanitarios permiten un contacto fluido y capaz de priorizar casos en función de su urgencia que puede «salvar vidas».

Un signo de alarma que tampoco puede pasar desapercibido en pacientes con enfermedades neurodegenerativas que pueden acabar en casos de autólisis o intentos de suicidio es la propia consideración del paciente como enfermo, más allá de «tener una enfermedad». «Quien tiene una enfermedad tiene la capacidad de vivir su vida de forma diferente a quien se considera enfermo».

Cuando se diagnostica una enfermedad y tenemos una pérdida, «incluso del espíritu», se produce una biografía interrumpida, una crisis de identidad. Y es que a nivel neurológico, la identidad está ‘presente’ en una red conocida como default network, ubicada en regiones temporales y paritales del cerebro, que se desactiva y se altera cuando una persona empieza a tener síntomas depresivos. «Esa desconexión produce dificultad para integrar una nueva situación en mi vida, sentimientos de alineación o pérdida y una mayor vulnerabilidad o ideación suicida. No solamente el transitar con un diagnóstico y esa idea catastrófica, sino que además en mi cerebro pasan cosas que no me permiten adaptarme a mi nueva situación», explica Tania Sánchez.

La capacidad de reconstruir esa nueva narrativa, de reconfigurar la identidad, no solamente va a hacer disminuir directamente los síntomas depresivos, sino que «le va a dar la oportunidad al paciente de que se imagine viviendo, y no sobreviviendo».

Entre el estigma y la invisibilidad

¿Por qué muchas veces las señales de alarma que presentan las personas con discapacidad intelectual pasan desapercibidas? Los problemas de comunicación o interpretación hacen más necesario que nunca hablar de la realidad de un colectivo estigmatizado, como denuncia Verónica Rodríguez. «Hay muchas cuestiones que invisibilizan a personas con discapacidad intelectual, porque nos tenemos que adaptar nosotros también a la enfermedad mental en su forma de comunicación y en sus propias necesidades».

La discapacidad intelectual no protege frente al sufrimiento, ni al riesgo de la acción suicida

Verónica Rodríguez

— Psicóloga especializada en atención a personas con discapacidad intelectual

«No hablar de discapacidad intelectual y suicidio significa negar la evidencia, no visibilizar su existencia, y eso acaba por negar apoyos, recursos y derechos a las personas que la sufren». Tan necesario como acabar con esos mitos que acompañan a estos dos grandes elefantes en la habitación, como que las personas con discapacidad intelectual no comprenden la muerte o el suicidio.

Valorar el riesgo, si hay ideación suicida o acceso a los medios para llevarlo a cabo. Decidir el nivel de supervisión que necesita la persona y mantener una coordinación que asegure un buen apoyo. Construir una intervención integrada, respetuosa y centrada en el paciente. Todos ellos factores protectores que se suman a la importancia de preguntar de manera clara y directa.

«Imaginemos qué significa vivir con sensibilidad extrema en un mundo diseñado para otros. La discapacidad intelectual no protege frente al sufrimiento, ni al riesgo de la acción suicida. Urge visibilizar, agregar datos y tratarlos con sensibilidad para superar el estigma e invisibilidad con un firme compromiso ético. La prevención es posible y empieza con visibilizar lo invisible», concluye Verónica Rodríguez.

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