Ciencia
Eloy Peña: "Es improbable que un asteroide choque contra la Tierra en los próximos 100 años… de los que hoy conocemos"
Aunque el riesgo de colisión de 2024 YR4 contra nuestro planeta prácticamente se ha disipado, su hallazgo y la alarma inicial evidenciaron el limitado margen de maniobra de la humanidad ante grandes rocas espaciales

El astrofísico cartagenero Eloy Peña Asensio, en el Politécnico de Milán. / Irina San Sebastián
La del pasado 27 de diciembre parecía una noche como otra cualquiera. Pero en la oscuridad del cielo austral se ocultaba una potencial amenaza para la Tierra de la cual dio cuenta el observatorio El Sauce (Chile), perteneciente a la red Atlas de la Universidad de Hawái. El asteroide 2024 YR4 encendió todas las alarmas de la comunidad científica al alcanzar un 3,1% de opciones de impactar contra nuestro planeta en 2032, el mayor porcentaje desde que hay registros. Aunque al ajustar las órbitas tras los cálculos preliminares, la cifra descendió hasta prácticamente disipar el peligro. Aun así, existen miles de rocas de diferentes tamaños en las proximidades del Sol y de la Tierra que, de alterar su trayectoria, podrían poner en apuros a la humanidad.
«Es improbable que un asteroide choque contra la Tierra en los próximos 100 años… de los que hoy conocemos», matiza el astrofísico cartagenero Eloy Peña Asensio, adscrito al Politécnico de Milán y coordinador, junto a Elisa Simó Soler, del libro Defensa planetaria, una aproximación interdisciplinar a la amenaza de impacto cósmico (Dykinson, 2023), financiado por los gobiernos murciano y valenciano. Un concepto, el de «defensa planetaria», de sobra conocido en universidades y centros de investigación desde hace varias décadas, pero que al grueso de la población sigue sonándole a ficción. «La gente tendrá que incorporarlo a sus vidas», adelanta el doctor Peña Asensio, al ser un campo que aborda la seguridad en términos planetarios de aquellas contingencias que nos ponen en riesgo como especie. En el futuro, además de asteroides, abarcará «tormentas solares, radiación cósmica, cambio climático…».
Por la excentricidad de su órbita, podría venir del cinturón de asteroides entre Marte y Júpiter
Del «visitante» de las últimas navidades, las preguntas superan a las respuestas. Astrónomos y astrofísicos trabajan para desvelar sus características y aprender más sobre dichos objetos. Incluso la NASA se plantea usar el telescopio espacial James Webb para ello. Eso sí, por la excentricidad de su órbita podría venir del cinturón de asteroides entre Marte y Júpiter, y cuya desviación hacia el interior del Sistema Solar hasta la Tierra sea debido al encuentro con otro elemento o a «una perturbación orbital con algún planeta», explica Peña Asensio. Asimismo, se desconoce su composición y si es una «pila de escombros» o un «cuerpo monolítico». Sin embargo, estiman que tiene entre 40 y 90 metros.
Un peligro real
Las expectativas de colisión superiores al 3%, como las de 2024 YR4 hace unos días, son tomadas como una amenaza seria pese al elevado porcentaje de que no suceda nada. Prueba de ello es que la ONU activó por primera vez el protocolo de defensa planetaria y se sentó con expertos en la materia, quienes llegaron a barajar planes de acción específicos, cuenta el joven doctor. No en vano, un asteroide de 100 metros a una velocidad de 13 kilómetros por segundo podría arrasar enormes extensiones de terreno o crear tsunamis si se precipita sobre el océano.
El problema de bólidos similares a 2024 YR4, agrega Peña Asensio, no sería tanto el golpe contra el suelo —«buena parte se desintegraría en la atmósfera», asegura—, sino el calor durante la entrada y las ondas que originaría, como golpes de sonido que romperían cristales y tumbarían paredes y personas. «La temperatura se vería incrementada, con posibilidad de víctimas mortales», lamenta. Unos efectos que se dejarían ver a grandes distancias de la zona cero.
Según la NASA, un asteroide de un kilómetro infligiría un daño global 'medio', con 1.000 millones de damnificados
«No es apropiado comparar 2024 YR4 con Chicxulub, el que acabó con los dinosaurios», precisa el cartagenero, pues el caído sobre el golfo de México hace 66 millones de años contaba con 10 kilómetros. A partir de ese tamaño, la extinción masiva queda garantizada. Según la NASA, un asteroide de tan solo 300 metros ya infligiría una alta destrucción a nivel regional, con 500.000 damnificados; si es de un kilómetro, daño global «medio», con 1.000 millones. «Es cuestión de estadística, puede pasar en cualquier momento», añade Peña Asensio. Si bien es cierto que la frecuencia de tales eventos se suele augurar en tiempo geológico, cada miles o millones de años.
Tampoco se asemeja a Apofis. Con casi medio kilómetro, y descartado su encontronazo con la Tierra en un siglo, aunque pasará cerca en 2029, se comenta que sus descubridores lo bautizaron así por el villano de la serie Stargate SG-1. «2024 YR4 se parece al de Tunguska, de 1908», asevera el astrofísico. Sin tocar suelo, desoló 2.150 kilómetros cuadrados de taiga siberiana.
Para el hallado en diciembre, su aterrizaje se preveía en un área de la franja imaginaria comprendida entre el norte de Sudamérica y el centro del continente africano, lo cual atisbaba una evacuación histórica. «Por desgracia, al no afectar a EE UU, China o Europa, tal vez no hubiese despertado el interés de sus agencias espaciales en tratar de neutralizarlo», admite con tristeza el investigador.
Escasa preparación
Pero ¿el ‘homo sapiens’ se encuentra listo a fin de liquidar esta clase de amenazas? Con «nuestra tecnología» y de «aunar esfuerzos», apunta Peña Asensio, algo se podría hacer con los asteroides de 50 metros, «nada si son como Apofis o se miden en kilómetros, no seríamos capaces». «Por eso mismo», continúa, «es muy necesario que invirtamos en defensa planetaria para afrontar un desafío que pasará fijo, es pura estadística», reitera.
Las técnicas para desviar o neutralizar estos cuerpos celestes siguen en pañales
La protección ante rocas espaciales de magnitud se sustenta, principalmente, sobre dos pilares: las observaciones astronómicas y las técnicas —en pañales— para desviarlas o eliminarlas. Calentar los asteroides con láseres para la sublimación de volátiles, acoplarles motores, remolcarlos o aplicarles pintura reflectante para que la radiación solar haga su labor, todo con el objetivo de que varíe su dirección, son ideas no testadas. De hecho, de los nueve simulacros realizados por la NASA, solo se evitó la catástrofe bombardeándolos con armamento nuclear.
No obstante, la iniciativa DART demostró en 2022 que era viable modificar el itinerario de uno de estos cuerpos: estrellaron una pequeña nave —impactador cinético— a 24.000 kilómetros por hora contra la superficie de Dimorphos. La sonda Hera de la Agencia Espacial Europea (ESA) viaja ahora hacia el citado asteroide binario para «comprobar su reconfiguración, el cráter producido y cómo ha quedado su órbita para pulir modelos y predecir la efectividad de futuras misiones de desvíos de asteroides», afirma Peña Asensio, quien forma parte del equipo científico de Hera. «Que en 2025 todavía estemos a mitad del primer experimento de defensa planetaria… La humanidad podríamos hacerlo mejor, sinceramente», valora.
Igualmente, recuerda que, pese a desvanecerse el nerviosismo por 2024 YR4, «transita una órbita peligrosa para la Tierra» y proseguirán sus acercamientos al menos hasta 2074. «En el Politécnico de Milán hemos comenzado a diseñar un dispositivo de lanzamiento rápido para inspeccionarlo con mayor detenimiento en 2028», incide, insistiendo en que «ya no debería suponer ningún peligro para nuestro planeta».
Una «cura de humildad»
El objeto estelar 2024 YR4 es una «dosis de realidad», una «cura de humildad para los que piensan que la ciencia no sirve de nada», define Peña Asensio. «Quienes nos dedicamos a esto venimos alertando desde hace tiempo», subraya. Y critica que, cuando suenan las sirenas, «todo el mundo quiere soluciones inmediatas» sin dotar a los investigadores de los recursos necesarios. «Hemos de reflexionar qué mundo deseamos defender y sabernos una especie más allá de naciones, entender que existe codependencia con el resto de individuos y con el planeta», discurre, «porque nuestro entorno cósmico puede ser muy violento».
Y es que, como dijo el astrónomo y divulgador Carl Sagan, la Tierra no deja de ser «un punto azul pálido» en la oscura inmensidad del espacio, a merced de sus elementos.
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