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Agricultura

La contaminación puede llegar al Mar Menor hasta 20 años después

Un grupo internacional de científicos analiza el ciclo del exceso de nitrógeno en la fertilización agrícola, que supone hasta el 70% del usado en el campo

Campos de regadío junto al Mar Menor.

Campos de regadío junto al Mar Menor. / Iván J. Urquízar

Jose Antonio Sánchez

Jose Antonio Sánchez

La responsabilidad no solo está en las manos de los productores. La participación de todos es necesaria, lo que incluye, por supuesto, a los consumidores. Esta es una de las reflexiones que hace un grupo de científicos liderados por Estela Romero, investigadora del Centro de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales (Creaf), y que publica en ‘Science of the Total Environment’ un editorial junto a una serie de artículos en los que se analiza la influencia del nitrógeno agrícola y ganadero en el medio natural.

La reflexión, titulada ‘Nitrógeno en los sistemas agroalimentarios y el medio ambiente: próximos pasos para un futuro sostenible’, hace un repaso por las diferentes investigaciones. Una de ellas usa un modelo comparativo con 127 regiones de Europa con el que, además de constatar la alta especialización de la agricultura en todo el continente, con regiones con altísima producción y una fuerte dependencia del comercio de larga distancia, asegura que el 70% del nitrógeno de los fertilizantes se desperdicia y acaba en el medio ambiente.

Entre las respuestas, el modelo ‘de la granja al tenedor’ propuesto por la FAO, que tendrá efectos positivos como la reducción del 40% de los fertilizantes sintéticos o la caída del 30% del nitrógeno desperdiciado. Medidas que se tienen que llevar a cabo junto a consumidores y productores, aunque estos últimos no suelen ser conscientes del daño que hacen a su entorno. Es lo que dice otro de los estudios, que preguntó a agricultores y ganaderos de Alemania sobre los impactos de los fertilizantes: en muchas ocasiones eran reticentes a creerse que el impacto de sus acciones era tan grande.

«Será muy difícil que ellos cambien si no hay regulaciones más estrictas. Por eso hay que acompañarlo de las medidas que hagan falta», explica Estela Romero. Las medidas restrictivas sí se han establecido en la cuenca vertientes del Mar Menor, con las medidas cautelares impuestas a los regadíos por parte de la Confederación Hidrográfica del Segura, así como por las medidas establecidas en la Ley de Recuperación y Protección del Mar Menor, que actualmente está en revisión en la Asamblea Regional. Obligaciones que han cambiado la forma de producción, pero que no han frenado la contaminación directa a la laguna salada.

Acuífero contaminado

La respuesta a la pregunta de, si ya no se contamina tanto, por qué la situación no ha cambiado, tiene una respuesta científica. El problema se generó durante décadas y, por lo menos, harán falta dos para que los niveles de entradas de nitratos al Mar Menor desciendan, como explica Romero: «El Mar Menor es un clásico ejemplo de las consecuencias del uso desmedido de fertilizantes. Este caso es el centro de un montón de estudios a nivel europeo y ahora están más controladas las entradas de nitrógeno y fertilizantes, pero el problema es que hay mucho acumulado en los acuíferos».

Un giro para el modelo agroalimentario

Proponen medidas para hacer una transición agroecológica que reduzca a la mitad las emisiones a la vez que se alimenta a la población europea. Para implementarlas hay que buscar, dicen, los incentivos correctos.

1. Reducir el consumo desmesurado de carne animal, lo que conlleva un cambio de dieta con la inclusión de la proteína vegetal.

2. Incrementar el consumo de productos de proximidad.

3. Cambios en la fertilización, con una mayor rotación de cultivos que incluyan plantas que fijen el nitrógeno, como es el caso de las leguminosas.

4. Reconectar la agricultura y la ganadería para que los residuos sirvan de abono.

5. Optimizar las cadenas de distribución.

Las masas de agua subterránea, como el acuífero cuaternario que está bajo el Campo de Cartagena y que descarga parte de sus reservas acumuladas al Mar Menor, están contaminados por la presión a la que estuvieron sometidos y estas masas tienen una dinámica mucho más lenta que las aguas superficiales, por eso la transferencia de contaminación se prolonga en el tiempo.

«Es un problema heredado, ya que ahora se calculan mucho mejor las dosis, pero arrastras un problema de décadas», añade la científica, que lo relaciona con un estudio realizaron en el Sena, en París, sobre el retardo en la salida del acuífero de la contaminación que duró más de 20 años. «En los años 90 se implantaron prácticas de buena gestión y se aplicó la normativa de nitratos. Se controló la entrada en superficie, aunque los resultados en el río no se empezaron a ver hasta 2014», apunta.

El Mar Menor es un lugar complejo, porque se da, concluye, una casuística complicada tanto de la dinámica litoral como de la terrestre, con un sistema agrícola «superintensivo» que está pegado. Se han dado mucho pasos adelante, por lo que ahora queda esperar y no enmendar el camino hecho.

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